viernes, 27 de abril de 2012

No hay corazón que aguante


 En 1979 el doctor Gerald Hobbes tenía 47 años y ya casi se había quedado calvo, aunque su espalda recta y su contextura delgada le daban un porte saludable. Dictaba clases todas las semanas y dirigía junto con dos profesores adjuntos los lineamientos de la cátedra de Física de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de California, intentando siempre estar al tanto de los últimos avances tecnológicos. El énfasis estaba puesto en toda clase de adelantos de la ingeniería, pero principalmente sobre todo aquello que estuviese relacionado con la informática, y esto se debía en gran parte a la insistencia de Hobbes acerca de la importancia de las computadoras para el futuro de la sociedad moderna.

Hobbes era un experto en Física y en Sociología, combinación extraña aún hoy día para un científico. Sus ensayos habían sido esgrimidos por el Decano de la Facultad, Edmund Haysen, ante el Congreso, consiguiendo así fondos que resultaron esenciales para la creación del departamento de Tecnología Aplicada. Según Hobbes, cualquier gasto que colocara a una institución a la vanguardia de la tecnología era una apuesta segura, ya que cada descubrimiento solo podía atraer más inversiones. Gracias a una combinación de fondos públicos y privados, la universidad de California contaba con Echelon, una computadora que ocupaba un piso entero del pabellón principal, de las más potentes en todo el mundo, aún cuando no tuviese ni de cerca la capacidad del más débil procesador actualmente a la venta.

Hobbes era un tipo realmente meticuloso, y en eso habrían estado de acuerdo todos sus compañeros. Nunca hablaba de su vida privada con ellos, les decía que era mucho más interesante priorizar las discusiones académicas. Por lo general se mantenía sereno y reservado, pero hacía falta que alguien menospreciase la importancia de las computadoras para que se ofuscara visiblemente y pasase a exponer uno por uno los principios por los cuales el humano progresivamente se haría más y más dependiente de ellas, hasta que no pudiésemos pensar como es que pudimos vivir antes de su invención. Su razonamiento era tan sólido que si uno prestaba solamente atención a sus palabras, difícil era no sentirse invadido por su futurismo. Hobbes tenía varios acérrimos adeptos entre sus alumnos. Pero su irritación era tan visible que era foco de algunas bromas entre sus colegas, que en los almuerzos o en las conversaciones de pasillo dejaban escapar comentarios chabacanos sobre mujeres robots obedientes, inteligencia artificial para opinar sobre deportes, y cosas por el estilo. Hobbes a veces no advertía la intención a tiempo y se enfrascaba argumentando, y cuando se disponía a concluir sus ideas con alguna sentencia, se cambiaba el tema de conversación o alguien hacía algún chiste que lo ponía en ridículo. Hobbes nunca podía tomarse a risa esos momentos, simplemente miraba hacia abajo con un suspiro de resignación, y mientras limpiaba sus gafas con su pañuelo, pensaba en que la Historia le daría la razón.


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En agosto de ese año el doctor Hobbes presentó un proyecto de estudio al recientemente creado departamento de Tecnología Aplicada. En un cuidadoso informe de 42 páginas, Hobbes defendía la idea de que el departamento le proporcionase fondos a fin de adquirir dos máquinas de cómputo de mediana potencia y incluyendo la paga del personal para administrarlas durante 6 meses, en un experimento que ilustraría en abstracto un principio esencial de la interacción humana, imprescindible para el entendimiento de la sociedad moderna: el amor.

No es que el decano Haysen creyese efectivamente en el efecto positivo que el experimento de Hobbes pudiese tener sobre la institución, en realidad no pudo leerlo más de una vez, y por momentos le pareció extravagante, pero le debía a él en buena parte el éxito de sus gestiones por un presupuesto que cualquier universidad del mundo habría envidiado. Lo llamó por teléfono y asintió con fingida gravedad a las explicaciones de Hobbes acerca de la importancia del estudio, y cuando la cosa se empezó a volver confusa y de vuelo filosófico, le dijo que no se preocupara, que era cosa hecha. Al día siguiente solicitó personalmente a los miembros de la junta departamental que no obstaculizaran la designación de los fondos para el experimento sobre “el amor”.

Normalmente los asistentes en los experimentos de toda universidad se seleccionan entre los alumnos más aplicados de las asignaturas relacionadas, que resultan becados. De haber sido así, Hobbes habría dispuesto de muchos voluntarios. Pero se había vuelto desconfiado, y había solicitado estrictamente que sus asistentes fuesen dos técnicos graduados provenientes de Suecia, donde había realizado un posgrado de especialización en Informática y en donde había granjeado algunas amistades. Haysen no se opuso a este pedido porque después de todo Hobbes merecía eso y mucho más. Por otro lado, el sueldo pretendido para los suecos no era nada del otro mundo, parecían más interesados en el proyecto por gratitud hacia Hobbes que otra cosa.

Las máquinas tardaron 2 meses en llegar desde su planta de fabricación en Colorado. Ni bien estuvieron instaladas en un espacioso cuarto destinado para el experimento, Hobbes dio instrucciones precisas al personal que habían dispuesto a su cargo y todo se puso en marcha.


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Para Hobbes el cerebro no era en esencia muy distinto a una computadora, según pensaba él ambos procesan información. Uno ya podía suponer a priori que a ello se debía la necesidad de dos computadoras en vez de una para el experimento (tal vez por eso no solicitó usar a Echelon, no debía ser idónea para la tarea), pero no quedaba claro en su informe preliminar cómo es que la naturaleza del amor sería desgajada. En vez de eso, uno se encontraba numerosas listas de consignas para las diversas tareas a que las máquinas serían sometidas, haciendo énfasis en la inviabilidad práctica de realizar manualmente los cálculos que ellas podrían realizar en segundos.

Víktor y Alice,  los dos técnicos contratados, eran una pareja de Ingenieros especializados en electrónica y en física aplicada. Tenían que atender principalmente a dos cosas: por un lado, supervisar el correcto funcionamiento de las computadoras, la estabilidad de la alimentación eléctrica, etc.; por el otro, recopilar la información que las máquinas imprimían con cada tarea, largas hojas de reportes plagadas de números y caracteres difíciles de entender hasta para muchos docentes de la facultad. Cada reporte era archivado cuidadosamente con la fecha y las especificaciones relativas a la tarea correspondiente. Al final de cada reporte, Hobbes elaboraba informes en los que pretendía ir sacando en limpio los resultados. Su tono era críptico, por lo que difícilmente alguien que no fuera él o los suecos habría entendido algo de ellos.

El experimento había suscitado no poca curiosidad en la universidad, se sabía que dos máquinas de alto rendimiento habían sido traídas específicamente para ello, y aún cuando los suecos se esforzaban por mantenerse en sus asuntos, no podían evitar llamar la atención. No eran los únicos extranjeros que deambulaban por los pabellones, pero más de un alumno volteaba al mirar la figura de Alice, o se sentía amedrentado por la estatura de Viktor. Peor cuando se supo que el experimento tenía que ver con el amor, fue eso lo que envolvió definitivamente todo el asunto con un halo de hilaridad. Hasta los alumnos se divertían pensando en lo que el doctor Hobbes podía lograr con las dos máquinas y la pareja de suecos, sugiriendo extrañas teorías eróticas. Esa fue probablemente la fuente de inspiración de los dibujos que había en las puertas del baño de varones del 1º piso.


Durante los primeros meses poco se filtró del experimento. Cualquiera que no fuese el doctor Hobbes o los suecos tenía prohibida la entrada a la sala, las ventanas tenían espesas cortinas que nunca se corrían. Hobbes contestaba a las interpelaciones de sus colegas con una sonrisa de modestia y cortesía, como si no tuviese derecho a hacerse cargo del revuelo. Confiaba en que no tardarían en dejarlo en paz.

Ante las reiteradas preguntas de sus alumnos en clase, Hobbes se limitó a decir que para hablar de ello primero necesitaba tener acumulados los resultados necesarios, y cuando le preguntaron si podía decir algo más, y como de otra forma era muy difícil seguir con la clase, dijo que toda estadística precisa de un acopio de datos lo más abundante posible antes de sustentar una hipótesis. Ante esto uno de sus alumnos preferidos dijo que todo indicaba que los resultados del experimento podrían exponerse en forma de gráficos, que todos debían tener paciencia para apreciar en algún momento lo que probablemente sería una ilustración matemática del amor. “Como todos saben- dijo el alumno-, el doctor Hobbes también es sociólogo, y si puede mostrarnos el fenómeno desde un nuevo punto de vista, eso puede derivar en…”. Pero Hobbes no lo dejó terminar y recondujo la clase hacia la termodinámica, que era de lo que trataba originalmente.

En enero de 1980, 3 meses después de iniciado el experimento, se supo que las máquinas estaban siendo sometidas a una alta exigencia. Cierta información sustentaba el rumor: en 1º lugar, un empleado de mantenimiento, encargado de chequear el consumo de energía eléctrica de cada departamento, confirmó a un alumno indiscreto que la sala de Hobbes consumía durante varias horas al día lo máximo esperable (acorde a los datos que le habían sido facilitados con la llegada de las máquinas). En  2º lugar, la llegada de repuestos era constante, y de vez en cuando se veía al sueco llenando unas planillas para recibir conforme las piezas que (se decía) eran necesarias para volver a poner las computadoras en funcionamiento. En proporción, el número de piezas era mucho mayor al que por ejemplo requería Echelon.

En mismo mes, el doctor Hobbes se excusó ante sus alumnos por pedir una licencia que lo eximía de dar clases desde la semana siguiente hasta marzo. A esa altura pocos podían pasar por alto que en marzo precisamente se cumplirían 6 meses del inicio del experimento, pero era época de exámenes y Hobbes podía ser muy severo cuando quería, por lo que nadie se atrevió a mencionarlo en voz alta.

En febrero, el empleado de mantenimiento mencionado antes se sintió en el deber de comunicar a la junta departamental que el consumo de la sala del doctor Hobbes por momentos sobrepasaba con creces lo esperado por los reportes preliminares que el mismo Hobbes firmara en noviembre de 1979. La razón era que la sala había empezado a ser utilizada durante la noche por el doctor y sus asistentes, al parecer para optimizar la obtención de resultados. Hayden se encargó de echar paños fríos sobre el asunto, recordando que el doctor Hobbes era todo un orgullo para la institución y que, después de todo, solo faltaba 1 mes para la fecha de término. 


 En marzo, el experimento finalizó. Hobbes no parecía especialmente aliviado, a decir verdad durante el último mes algunos decían haberlo percibido un poco estresado. Pero ahora que la obtención de datos había cesado solo quedaba redactar la confirmación o la negación de la hipótesis, nada más se podía hacer. Cuál era esa hipótesis era lo que en ese momento todos se preguntaban. Viktor y Alice volvieron a su país a principios de abril, después de ayudar al doctor Hobbes a archivar los reportes en su despacho. Las máquinas fueron llevadas en un cuarto contiguo a Echelon, Hayden pensó que en el futuro sería posible combinar el rendimiento de las tres maquinas con fines que él mismo ignoraba. Hobbes tenía programada una conferencia en el auditorio principal para mayo. Allí tendría la oportunidad de exponer (ante la junta departamental, el resto de los profesores y los alumnos que solicitasen un lugar en el salón) su hipótesis inicial, los resultados de su estudio, y las conclusiones que de él derivasen. La expectativa era elevada y Hobbes lo sabía.

Quince días antes de la fecha prevista para la exposición, Hobbes solicitó exponer en un salón más pequeño, solo ante la junta departamental y profesores invitados. Su recelo era inexplicable, excepto por la idea creciente en la universidad de que Hobbes no estaba satisfecho con los resultados obtenidos y que ahora solo quería presentar sus excusas por los gastos generados a la universidad. Para desilusión de muchos, el viaje de Alice que, junto con Viktor, quería acompañar a Hobbes en la conferencia, fue cancelado por el mismo Hobbes, que los telefoneó para decirles que no se molestaran en venir, que él los informaría de toda repercusión en detalle.

El 3 de mayo el decano Hayden, seis de los diez integrantes de la junta departamental, más 4 profesores que el doctor Hobbes había invitado personalmente para su exposición, salieron del salón confundidos, sin saber si el doctor era un visionario o si les había tomado el pelo.

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 Mi nombre es Francis. Hace poco me gradué en programación avanzada y diseño de software en la Universidad de California. Un año antes de finalizar la carrera comencé a pensar en algo para preparar mi tesis, y apenas había encontrado un tema que me convenciese vagamente. Solo tenía esbozados algunas hojas sueltas sobre el impacto de las redes sociales, sobre la posibilidad de que en el futuro los usuarios criados en una sociedad 3.0 pudiesen crear pequeños módulos sociales de diseños altamente personalizados, sobre una base intuitiva como las de los blogs.

Me invitaron a una conferencia en Iowa sobre el impacto de la electrónica en la vida moderna. En un momento uno de los especialistas dijo al exponer que una de sus fuentes de inspiración había sido asistir a las clases del profesor Hobbes. Yo aún no tenía idea de quién era él, y  un estudiante al lado mío dijo a su novia (o lo que fuese) algo de un experimento sobre el amor. Le pregunté de qué trataba eso, y me dijo que lo busque en Internet, que él solo había escuchado que Hobbes era un profesor de los 80 obsesionado por las computadoras y que un día se le soltó la chaveta. Rápidamente lo busqué en mi portátil, pero apenas encontré algunas vagas referencias al informe del experimento. En cuanto a Hobbes, solo pude averiguar que había enseñado en mi universidad entre 1973 y 1982, y que murió pocos años después. Decidí preguntarle a mi padre sobre el asunto, él había sido Decano durante esa época (por eso algunos profesores eran afectuosos conmigo). “Haysen eh?– me decían-, como anda el viejo Edmund? Envíele un saludo de mi parte”. Mi padre había sido reelegido en su puesto numerosas veces, hasta que se retiró en el 96, al cumplir los 60 años. Ahora tenía 76 y vivía solo, mi madre había muerto de cáncer en el 2004. Tengo una hermana, pero ella siempre anda viajando por el mundo y hace tiempo que ni él ni yo la vemos.

Así que fui a visitarlo como hacía siempre cada mes, desde que me había mudado a un departamento con dos compañeros de estudio. Su habla era pausada, y no tenía problemas para articular sus ideas, pero a veces divagaba. Me contó sobre Hobbes.

-¿Nunca te hablé de Hobbes?
-No lo creo.
-Que extraño. Hobbes era un tipo muy cuidadoso, siempre elegía las palabras que decía, y estaba muy interesado en las computadoras. Teníamos una grande en esa época ¡Ocupaba un piso entero!
-Echelon.
-Si, eso es ¿Ya te lo había dicho?
-Si, papá, pero esta bien. Me gusta escucharte hablar sobre ella.
-Bueno es que ahora son mucho más pequeñas y hacen tantas cosas… antes no era tan fácil… realmente costó mucho que la construyeran, los costos…
-Si, lo sé. Oye papá ¿Qué hay del experimento de Hobbes? ¿Es cierto que hizo un experimento sobre el amor?
-El amor… mira, si. Presentó una solicitud para traerle dos máquinas Ajax ¿Sabías que eran usadas para decodificar mensajes secretos en la Guerra Fría?
-Si ¿Nada mas pidió?
-Oh, si. También pidió traer a dos suecos que él conocía bien, no pedían mucho dinero. Parecían quererle. No recuerdo el nombre de él, pero el de ella era Alice, si supieras que linda era… Bueno, tu madre era linda sabes, esos grandes pechos sureños… pero Alice era como una modelo. Estaban casados esos dos, creo…
-¿Nada más?
-Ehm, bueno, lógicamente una sala de ensayo donde las máquinas pudieran instalarse y ellos trabajar cómodamente. No dejaban entrar a nadie, las ventanas siempre estaban tapadas. El sueco salía más para buscar repuestos de las máquinas que para ir al baño, jaja…- mi padre tosió un poco-. Y la junta me pidió que averigüe por que las máquinas se rompían tanto, y por qué se gastaba tanta energía. Pero yo les paré el carro -dijo señalando con el dedo-. Gracias a Hobbes teníamos fondos para investigar muchas cosas y sueldos para llevar a nuestras esposas de viaje. Les dije que lo dejaran en paz, que yo respondía por él. Se enteraron, sí que se enteraron-. Mi padre se puso rígido, yo sabía que en la mayoría de sus historias él decía haberse comportado como un general del ejército, cuando en realidad había estado más cerca de un paciente abogado.
-¿Y qué paso con el experimento?
-Después de seis meses Hobbes dio una conferencia especial, estuvimos yo, los integrantes de la junta, algunos profesores… creo que había algunos alumnos –mi padre entendió perfectamente que me tenía pendiente de sus palabras, así que empezó a tomarse su tiempo entre cada frase-. Y allí nos contó que en esos seis meses había puesto a las máquinas a correr de verdad. Él quería que se comportasen como seres humanos cuando se enamoran. Entonces le hizo hacer esto y aquello. Y habló del amor, oh, si que habló. Ese día llegué a casa y le traje un ramo de flores a tu madre y una caja de bombones de chocolate suizo. Es todo lo que puedo decir.
-Anda ¿No recuerdas más?
-Ehm… el experimento, si, claro. Hobbes dijo también… que no era posible realmente comprobar su hipótesis como hubiese querido. Dijo que en el futuro, cuando las computadoras como Echelon cabieran en la palma de la mano, entonces podría hacerse algo decente.
-Tal vez tenía razón.
-Quién sabe.
 -Supe que murió.
 -En el 86. Ya no enseñaba y tuvo un derrame cerebral. No pude ir a su funeral. Algunos decían que nunca pudo superar su divorcio.
-¿Y no hay material sobre ese experimento en alguna parte?
-Claro que sí. Hobbes pidió que se guardara toda la información del experimento en los archivos de la biblioteca, y así lo hicimos. ¿Acaso quieres consultarlo?
-Me gustaría.
-Bueno, necesitarás la autorización del Decano actual.
-Clayton.
-No es mal tipo. Dile que vas de parte mía, te dará lo que quieres..
-Lo haré. Gracias papá.
-De nada, hijo, de nada. Sabes que me gusta que vengas a visitarme.

Luego de esa suave extorsión, le preparé un té de hierbas medicinales. Hablamos sobre algunas nuevas tecnologías, él siempre me pedía que le cuente los últimos adelantos. También le conté sobre una chica que me gustaba, exagerando lo dramático de la situación y me dio algunos consejos, sólo por darle el gusto de ser mi padre de vez en cuando.

El Decano Clayton poco y nada sabía del informe de Hobbes, pero al llamar por teléfono a la biblioteca, pidió revisar los ficheros y efectivamente ahí estaba. Me dijo que solo debía llenar una solicitud en la biblioteca, que no estaba muy al tanto de que iba la cosa pero que tenga cuidado, que eran papeles viejos y que no quería que se estropeasen. “Mantelo alejado de las latas de cerveza de tus amigos” dijo, y con una sonrisa me despidió de su oficina. Minutos después, las cajas se apilaban sobre el mostrador de la biblioteca, con todos los reportes que las máquinas Ajax habían impreso a instancias de Hobbes y sus técnicos. Tuve que llamar a un amigo para que viniese a buscarme con su coche, llenando su baúl y su asiento trasero con miles de columnas de números, y folios con informes de cada fase del experimento. Antes de retirar la última caja, la chica que ese día atendía la biblioteca me dijo “Puedes llevarte esto también”. Parecía un viejo cuaderno, pero con solo hojearlo entendí que era una especie de diario con notas del profesor Hobbes.



 Apilé las cajas en mi cuarto, y al principio la información me pareció tanta que casi desisto sin siquiera empezar. Resmas enteras de papel repletas de números y balances constituían la mayor parte. Estaba acostumbrado a que ese tipo de información fuese procesada por la computadora. Hobbes había incluido oportunamente en cada fase numerosas observaciones, con informes y gráficos para cada una, que se sumaban al informe final. Preferí concentrarme en eso. También encontré una cinta con el audio de la conferencia que mencionó mi padre, adjunta a una transcripción completa.

En su exposición, Hobbes había comenzado diciendo que su hipótesis acerca del amor pretendía abstraer un principio invariable que regía todo el espectro del fenómeno. Acto seguido dijo que lo que se había propuesto, como todos pudieron prever a partir de ese momento, era simular determinados aspectos de la interacción amorosa mediante la realización de diversas tareas de cálculo impuestas a las dos máquinas especialmente destinadas a ese fin. Antes de continuar, Hobbes dijo que del mismo modo que las ciencias sociales ya habían hecho el equivalente a una autopsia en cuanto a lo que se refiere a la religión en sí, las ventajas de lograr una abstracción tal, de ser posible, en relación al amor ameritaba cualquier esfuerzo. “Si podemos entender el amor –fueron sus palabras-, este fenómeno tan individual desde un punto de vista estrictamente científico, es decir, su funcionamiento, un campo enorme se abre para las ciencias sociales. Las ventajas de este entendimiento podrían ser extrapoladas a la publicidad, a la política. Sobre todo en materias tan importantes hoy día como la creciente tasa de divorcios, la tasa de natalidad, la disminución o el aumento de la tasa de interés para los préstamos hipotecarios…”.

Luego dijo que en el amor podía observarse un patrón claramente identificable. En un intento de síntesis, Hobbes elaboró el “esquema del amor”. Las caras de los asistentes oscilaban entre la suspicacia y el beneficio de la duda. Algunos miraron su reloj. Hayden se veía despreocupado, el pensaba que no importaba lo mal que saliera la conferencia, de todos modos Hobbes bien valía la pena, y pensaba en la cuantiosa suba de su sueldo anual que le permitiría llevar de viaje a su esposa por Italia. Hobbes dijo más o menos lo siguiente: que en un “estado inicial absoluto”, los enamorados se remiten a una coincidencia originaria en la expresión mutua y genuina de aspectos profundos de su psicología individual. En ese momento que reviste diversas formas, la recompensa endógena es tan alta, que el individuo hará lo que esté a su alcance por volver a sentirla, mintiéndose a sí mismo, e incluso distorsionando su percepción de los hechos, llegando al extremo de la alucinación, dado el caso. Por lo que al momento originario le seguiría una fase de distorsión, en la que cada enamorado percibe al otro de la manera en que su neurofisiología se lo reclama, a fin de obtener la recompensa endógena tan preciada. Esta fase según Hobbes era inevitable, y para graficarlo intercaló oportunamente en las diapositivas la imagen de la obra de Magritte, “Los amantes”, en la que una risueña pareja se da un beso, con el agregado de que ambas tienen sus respectivas caras cubiertas por un pañuelo. El tercer paso y muchas veces el final, es el desengaño consiguiente a la fase anterior, en el que la distancia entre la distorsión y la información real que hace input en el cerebro es demasiado grande, viéndose obligado siempre alguno de los dos amantes a admitir que tal vez su objeto de deseo no fuese lo brillante que parecía ser. “Siempre –dijo Hobbes-, pero siempre, uno de los dos será capaz de asumirlo antes que el otro, porque el que los dos adviertan la verdad al mismo tiempo es altamente improbable, y cuando digo improbable hablo de posibilidades tan escasas como las que manejamos en la Física”. Acerca de la naturaleza de esa recompensa endógena Hobbes prefirió no explayarse, aduciendo que se permitió considerarlo como un elemento dado y cuyo análisis habría requerido de un estudio radicalmente diferente. Luego dijo que el amor siempre consta de estas tres fases, por más empantanadas que pudiesen estar en la apreciación del observador, y que por supuesto que la separación en tres pasos era una abstracción meramente intelectual, pero que era sin duda válida si podía derivar en la manipulación del fenómeno. Por último, concluyó en que el desengaño implicaba que uno de los dos amantes siempre se encontraba en posición de tener que despertar al otro de su ensueño, y que eso podía llevar a una variedad de desenlaces, aparentemente amplia, pero muy simple en esencia. “El vínculo cesa- y al decir esa palabra miró en derredor, atribuyendo correctamente a los asistentes el entendimiento de las distintas maneras en que un vínculo puede cesar-  o el vínculo continua, pero disminuyendo en gran medida el nivel de la recompensa endógena. En todo caso, el amor cesa de todas formas, dando paso a algo distinto. La clave reside en que tan dispuesta esté la psicología individual del amante para asumir una tasa de recompensa de menor intensidad, considerablemente menor a la de la fase inicial, pero asegurándose una constancia. Acerca de esta disposición podemos mencionar algunos factores de importancia, como la autoestima del indivuduo, así como su edad y su posición social, elementos que en definitiva remiten a uno solo: la expectativa del individuo de conseguir esa recompensa inicial con un nuevo amor”

Algunos asistentes arquearon sus cejas o miraron al de al lado, reconocieron esperar menos de la exposición del doctor Hobbes, hubo quien recordó alguna vieja historia, quien evaluó su presente amoroso, hubo quien recordó alguna excelente novela leía antaño, algún clásico del cine y hubo quien nunca había escuchado hablar del amor en términos tan poco negociables y sintió removerse algo en su interior.

Después intentó explicar lo que según él era una confirmación parcial, insuficiente de su hipótesis inicial. Ya entonces varios recuperaron algo de su impresión previa, porque ya se podía presumir que la demostración de Hobbes no iba a ser tal, y que en todo caso pediría un nuevo presupuesto para un experimento más costoso. El cambio de atmósfera fue visible, pero Hobbes intentó mantener la compostura. Explicó que durante los primeros 15 días, las máquinas fueron exigidas a ciertas tareas sencillas para comprobar su correcto funcionamiento y para conocer al detalle su potencial. Durante el resto de octubre, estuvieron exclusivamente dedicadas a elaborar en simultáneo secuencias numéricas de dos dígitos completamente aleatorias. La tasa de coincidencia entre los resultados de ambas máquinas fue almacenada como Tasa de Azar. El gráfico que Hobbes mostró daba clara cuenta de que cada coincidencia no determinaba para nada un aumento ni un descenso de coincidencias posteriores. Hobbes aclaró que en la interacción humana esto era imposible porque no podemos evitar retener información acerca de nuestras interacciones con los demás, pero que aún así era necesario delimitar una Tasa (ideal) de Azar.

Durante el segundo mes, Hobbes y los técnicos se habían dedicado a configurar diversos rangos de “recompensa” (iguales para ambas máquinas) para las coincidencias entre las secuencias numéricas producidas, de modo que cada coincidencia era retenida por las máquinas como un factor de “estímulo” para otras nuevas, introduciendo réplicas del mismo número en la serie de cifras posibles. Así se aumentaban las probabilidades de las mismas. De modo que si en el estado inicial coincidían en el número 32, la próxima coincidencia probablemente sería sobre el mismo número, lo cual se convertía en un doble estímulo para otra más, y así. Si la coincidencia era en otro número, invariablemente había sucedido que la recompensa seleccionada había sido poco significativa, por debajo de un 5%. En ese sentido los gráficos eran contundentes. No hacía falta traducir el significado de estos resultados, pero aún así Hobbes lo hizo, al decir que si dos personas tienen un momento de comunicación profunda, no tardarán en generar el siguiente, iniciando un crescendo, aún cuando no lo adviertan de esa manera y piensen que es obra del Destino. Y que si el siguiente momento profundo se daba por azar, entonces la recompensa no había sido alta.

Durante el tercer mes, se había experimentado con tasas diferenciadas de recompensa para cada una de las máquinas. Los gráficos mostraban que las coincidencias eran previsibles desde la tasa de recompensa de la máquina menos “estimulada”, de forma que por más que la otra estuviese recompensada en exceso, no le servía de mucho, sino sólo en la medida en que la otra lo estuviese. El beneplácito de Hayden crecía, iba sintiéndose mejor por no sólo haberle hecho un favor a su protegido, sino por haber podido contribuir a algo que en definitiva al menos pudiese tener alguna repercusión académica, por más falaz que fuese. No sería el primer experimento popular en constituir metodológicamente una farsa. Hobbes observó que en el amor no importa que tan enamorada esté una persona de la otra, no puede forzar la coincidencia si no hay algún interés de la otra parte. “Ahora verán –dijo Hobbes-, lo que sucedió con las máquinas fue que la que tenía mayor tasa de recompensa, llamémosle A, producía los números exitosos con mayor frecuencia, y tardaba menos de una hora en terminar reproduciendo una reducida serie de números, mientras la otra los producía a una tasa menor”. Hobbes proyectó un gráfico que denotaba esa evolución dispar y continúo. “De modo que cuando esa fase llegaba, era altamente improbable que se diesen coincidencias diferentes a las que A planteaba. Mientras tanto, la tasa de recompensa es menor para B, que entonces es capaz de evolucionar con un repertorio mas amplio de números exitosos, solo que la reducida serie que A termina fijando no le permite mostrarlo. Este fenómeno fue retomado en la última fase del experimento.” Hobbes también explicó que durante esta fase aumentó la cantidad de piezas solicitadas para repuesto, ya que muchas veces se incentivó a alguna de las dos máquinas al tope de su potencial de cálculo mientras la otra se mantenía en un nivel relativamente bajo. Hobbes entonces se puso visiblemente nervioso y dijo que el motivo de esa exigencia era la posibilidad de que tal vez la secuencia aleatoria que las máquinas generaban fuese solo aparentemente azarosa, y que en ese caso hubiese algún patrón identificable desde la otra máquina. “Si eso sucedía, la Taza de Azar habría quedado invalidada -dijo Hobbes- y tenía que intentar reducir ese riesgo en la mayor medida posible”. Y entonces el profesor Kipling, uno de los adjuntos de la cátedra de Hobbes, le preguntó si eso no habría podido significar también que podrían existir personas capaces de detectar patrones de comportamiento en el objeto de deseo, a fin de acoplarse a ese patrón y forzar así las coincidencias que alimentan el amor. Hobbes aceptó la observación con entusiasmo, dijo que eso último no solo era posible sino comprobable, y que se referiría a ello al final de su exposición.

Hobbes explicó que durante el cuarto mes, se trabajó con ecuaciones complejas en las que por un lado la máquina era incentivada a buscar la coincidencia numérica, y por otro, era “castigada” en la obtención de sus recursos energéticos si la tasa de coincidencias se volvía demasiado elevada, simulando lo que le sucede al organismo humano. También, se trabajó con diversos grados de intensidad para el efecto acumulativo del estímulo, de modo que con la combinación adecuada las máquinas podían sostener una tasa energéticamente razonable de coincidencia hasta después de cien combinaciones exitosas, luego de lo cual su alimentación bajaba del mínimo necesario y se apagaban. Este umbral de colapso era el que según Hobbes todo individuo evita a pesar de amar mucho a alguien, porque para amar ante todo hay que estar vivo, y al decir esto señaló con el puntero el eje de las abscisas, por debajo del cual la línea ya no representaba nada.“Aunque, claro está, también existen personas- dijo Hobbes- cuya recompensa por la coincidencia es tan alta que pueden dejar de lado el interés por la supervivencia. El hecho de que terminen de esa forma es precisamente lo que los vuelve tan poco numerosos, y funcionan como advertencia para los demás”. La cosa se estaba desmadrando un poco y tanto por las palabras como por el tono Hobbes se iba volviendo cada vez menos riguroso. Pero parecía haber sido meses de esfuerzo realmente comprometidos por la búsqueda de un nuevo punto de vista sobre el amor. Nadie protestó, la impresión general era que por lo menos valía la pena escucharlo.

El quinto mes fue utilizado para complejizar de la mejor forma posible la disyuntiva entre la autoconservación y la recompensa. La tasa de recompensa era elevada y ahora estaba ligada a mejoras en el rendimiento, es decir que a mayor número de coincidencias distintos recursos de procesamiento eran habilitados y el desempeño de la máquina se optimizaba, de modo que si ambas se “enamoraban” producían sus secuencias a un ritmo mayor. Pero a largo plazo el sostenimiento de la integridad de la máquina estaba relacionado estrechamente con la producción de un patrón numérico específico, llamado por Hobbes el Patrón Genuino. El Patrón Genuino era establecido previamente por los técnicos, y si cada una de ellas sostenía el suyo funcionaba indefinidamente a un nivel óptimo. Si la máquina adoptaba el Patrón Ajeno, es decir, el patrón numérico que surgía de las coincidencias con la secuencia producida por la otra máquina, su rendimiento mejoraba, pero a largo plazo la máquina colapsaba en alguno de sus componentes. Hobbes explicó que no importaba cuál era el elemento específico de la realidad del individuo que lo pone en conflicto con el amor, sino el conflicto en sí entre lo que uno realmente necesita y lo que la recompensa pide. Podían ser los proyectos personales, así como los valores inculcados desde edad temprana, e incluso el correcto funcionamiento de un órgano o parte del cuerpo. Pero invariablemente el amor generaría siempre una distancia respecto de la realidad que tarde o temprano tendría que ser atendida. Hobbes mencionó que su técnico Víktor le sugirió elaborar un principio por el cual la máquina “aprendiese” a abandonar definitivamente cualquier incentivo de coincidencia y adoptar de allí en más su Patrón Genuino, pero que él adujo que eso no sería válido, ya que nuestra tendencia a buscar la recompensa es a priori y no se puede modificar. Un integrante suspicaz de la junta preguntó si con a priori se refería a la genética de la especie, y Hobbes le respondió que no sabía si los humanos buscábamos el amor por genética o por aprendizaje, pero que en todo caso el aprendizaje debía ocurrir a una edad muy temprana, similar a la que tienen los pollitos para seguir a quien de ahí en más será su madre, y que por fuerza ese aprendizaje debía responder a condiciones generales de existencia, comunes a todos los seres humanos, por ejemplo, ser amamantados.

El último mes fue aprovechado al máximo para definir distintos márgenes de tolerancia a las consecuencias del Patrón Ajeno. Para ese entonces fue del todo claro que, si A tenía una mayor tasa de recompensa, atendería menos su Patrón Genuino, y que si la máquina B tenía una menor tasa de recompensa, lógicamente tendría que atender su Patrón Genuino en mayor medida que A, que era esta la manera en que mejor estaríamos representando el amor.” El profesor Kipling se había convertido en el único interlocutor activo de Hobbes, y parecía entender sus preocupaciones. Dijo: “Porque en el amor el que ama más se respeta menos, y viceversa”. “Al menos – replicó Hobbes- esa es la premisa que a priori observamos acerca del fenómeno, me alegraría saber que en ese sentido todos los aquí presentes estamos de acuerdo”. Un murmullo de vaga aprobación resonó en la sala, y Hobbes continuó. “De modo que durante el sexto mes, fuimos capaces de representar numerosas veces lo que llegamos a pensar que es el Esquema del Amor, es decir el drama que se representa entre los seres humanos bajo diversas formas y con una misma esencia: Un sujeto A obtiene del amor una recompensa excesivamente alta, lo cual lo lleva a efectuar acciones que ponen en peligro su solvencia. Posee una tendencia a instalar una serie fija de puntos de conexión con el otro, se podría decir que necesita mirarse en un espejo. Por su parte B no es perfecto, también recibe una recompensa del amor, pero en relación a A, tiene una tendencia a la autonomía, y se resiente más rápidamente de las deficiencias en el sostenimiento de la misma. La interacción entre ambos se da en 3 fases. En la primera, son capaces de ver sin distorsión los puntos de conexión entre ambos. Esto lleva progresivamente a un establecimiento, conciente o no, de situaciones en las que ambos ya han experimentaron antes una cercanía profunda. En algún momento, la autonomía de B se resiente, o tal vez la de ambos, solo que B puede verlo con mayor claridad, así que él intenta recuperarla e alguna manera. Esto entra en conflicto con la necesidad de A, que ahora necesita su recompensa más que nunca, y que hará lo posible por negar el conflicto y convencer a B de que todo está bien. De aquí en más puede pasar que B provoque la separación en pos de su autonomía, o que A logre convencerlo de que se acostumbre a una autonomía menor a cambio de una recompensa estable. Es entonces cuando puede empezar una nueva fase en la relación, que refiere a la vulgar distinción entre amor y enamoramiento. Todo depende de lo que B esté dispuesto a aceptar. Ahora bien, B tiene una tendencia a la autonomía mayor a la de A, pero eso no significa que no obtenga una recompensa en el amor. Este es el punto que puede ser explotado por A, sea conciente o no al hacerlo.”

A continuación Hobbes dijo que en todo fenómeno del universo conocido, siempre que se observaba a dos elementos en interacción, el comportamiento de alguno de los dos se volvía predecible a partir del comportamiento del otro, en una jerarquía asimétrica. Es decir, que uno de los dos elementos en cuestión siempre es dominante y comanda al otro. Comenzó a ilustrar ese principio enunciando fenómenos de diversos campos: los planetas y sus satélites, el sol y los planetas, los ojos de una persona, entre otros. “El amor –dijo- no iba a ser la excepción. Porque entre dos cuerpos de cualquier clase y analizados por cualquier disciplina, encontramos que si interactúan necesariamente entran en un juego de fuerzas, en el que uno de los dos tarde o temprano domina al otro. La base de esta fortaleza en los planetas es básicamente su tamaño, como sucede en la batalla de los sexos. En el amor la probabilidad de dominación se sustenta en la intensidad de la recompensa.” El profesor Kipling interrumpió nuevamente a Hobbes. “Siempre hay uno que ama más que el otro ¿No es cierto?”. “Exacto- respondió Hobbes-, y ese es el que más tiene por perder. Ésa persona es la que tolerará consecuencias más graves para su integridad, con tal de seguir obteniendo la recompensa. Esa es la persona que se negará a ver lo que en realidad está pasando, mientras la otra comienza a pisar el freno de la relación. En este punto final del proceso, el juego de fuerzas entre ambos se define, y la capacidad de uno para recuperar su autonomía confrontará con la necesidad del otro por retener lo que los une.” Uno de los integrantes de la junta no pudo contener sus reservas ante un esquema basado en dos tipologías tan reducidas que pretendiese abarcar una multiplicidad tan grande como la del hecho amoroso. El semblante de Hobbes se volvió sereno, como el que adoptaba cuando respondía a una ingenua observación de uno de sus alumnos, y dijo “No hay dos personas iguales en el mundo. Pero no olvide que tampoco hay dos cuerpos iguales en el universo, y eso no impide que podamos ver en la interacción entre dos de cualquiera de ellos, leyes abstraíbles, universales y aplicables para cualquier eventual encuentro entre cuerpos jamás vistos. Por la misma razón que no hay dos seres humanos iguales, es que entran en un juego de fuerzas, y por más mínima que sea la diferencia, siempre uno necesitará del amor más que el otro.”

Luego Hobbes dijo que con los recursos de que habían dispuesto había resultado imposible ir mas allá, y que la hipótesis inicial distaba de ser puesta a prueba en toda su extensión. La junta expresó rápidamente que no podía otorgar fondos para un experimento similar al menos hasta dentro de 1 año, y que tardaría mucho más aún en equiparse de una máquina similar a Echelon si en eso estaba pensando. Pero Hobbes dijo “No era eso lo que quise decir. Verán, durante el experimento surgieron numerosas variables que nos vimos imposibilitados de abordar, aún cuando eran imprescindibles para sistematizar el fenómeno del amor. Como dijo el profesor Kipling, existen individuos capaces de advertir la aspectos esenciales de la personalidad del otro, para reproducirlos en sí mismo, provocando artificialmente la conexión profunda ¿Es eso lo que quiso decir?”. Kipling asintió, y Hobbes continuó. “También sucede con mucha frecuencia que el sujeto B provoca la ruptura indirectamente, haciendo algo que A no puede perdonar. Y también es muy cierto que cada historia de amor es capaz de afectar al sujeto decisivamente en su comportamiento, alterando su destino para siempre. A puede aprender a absorber menos a B. B puede aprender a resignar cierta independencia respecto de A. Pero hoy día no existen máquinas que puedan representar esos hechos con el grado de correspondencia que necesitamos. Quiero decir que en este momento no es posible llevar a cabo el experimento con la complejidad que se requiere, porque no hay máquina en el mundo que pueda procesar la información con el nivel de rapidez necesaria, ni capaces de aprender a funcionar de otra manera que de la que fueron programados.” Kipling dijo si hacía falta esperar al surgimiento de una Inteligencia Artificial. “No estoy seguro de que haga falta superar el Test de Turing –dijo Hobbes-. Solo digo que la capacidad actual de cálculo de la computadora más poderosa no es suficiente, y que las generaciones futuras serán las que en todo caso podrán llevar a prueba un experimento más adecuado. Mis técnicos y yo nos contentamos con sentar un precedente en la materia. Por eso solicito a la junta que esté de acuerdo en almacenar los informes que recogen toda la información acumulada durante estos 6 meses, sumado al informe final que ha sido la base de la exposición de hoy, para que en el futuro cualquier interesado pueda consultarlos y tomar de ellos lo que necesite, a fin de realizar un nuevo experimento.”

Releí la transcripción varias veces. Reconstruí imaginariamente los rostros de los asistentes, incluso llegué a imaginar algunas cosas que mi padre pudo haber pensado durante la exposición. Estaba atónito y fascinado a la vez por la audacia de Hobbes para encarar un experimento así, y no menos por su capacidad para reconocerlo fuera de sus posibilidades llegado el momento. Miré fijamente la única foto suya que había encontrado en Internet, impresa y pegada sobre el papel de corcho encima de mi escritorio: casi calvo, pómulos huesudos. Llevaba camisa y unos lentes, la foto parecía sacada para alguna clase de identificación. Tenía que haber sido un hombre inteligente y solitario. Un sabio de la montaña mezclado entre nosotros. Entonces supe que tenía que retomar el intento de Hobbes donde él lo había dejado.


 A diferencia de Hobbes, yo no necesitaba fondos de la Universidad para mi proyecto. Me alcanzaba con armar dos computadoras de buen rendimiento con una parte no demasiado grande de mis ahorros. Conocía proveedores que me venderían casi al costo, y ensamblar los componentes era muy fácil. Además, siempre que se arma una máquina para un tipo de tarea específica, uno puede prescindir de muchas cosas innecesarias. Lo que yo necesitaba era que cada una tuviese procesadores de alta potencia, y que su memoria RAM no se quedara corta. Estaba pensando en manejo de cálculo de alto nivel en simultáneo, a niveles con los que Hobbes solo habría podido soñar. Iba a necesitar una conexión de alta velocidad entre ambas, así como discos rígidos con capacidad de varios terabytes , no había necesidad de imprimir la información, solo de almacenarla.Y también pensaba en alguna clase de representación gráfica en tiempo real del proceso, para que cualquiera pudiese tener una impresión más intuitiva de todo. Las placas de video tenían que estar a la altura.

Cuando Josh y Bruce, mis compañeros de piso, vieron las dos máquinas sobre mi escritorio, pensaron que había comprado algún juego estilo Modern Warfare y que quería jugar en modo duelo o cooperativo todo el día. Después Josh largó una de sus ocurrencias bizarras y dijo que en realidad mi idea era tener dos máquinas para que la chica de turno y yo miremos porno cada uno por nuestra cuenta antes de acostarnos, lo que según él marcaba un panorama del futuro en las relaciones sexuales. Espanté sus desmanes con un gesto de asco, en el fondo sentía que a Hobbes le habría pasado algo parecido en su momento. Entonces Bruce comenzó a espiar adentro de los gabinetes, abiertos para una mayor ventilación. “Procesadores de 12 núcleos, placas Geforce último modelo, memorias RDRAM, coolers extragrandes… ¿En qué estas pensando Fran? ¿Tiene esto algo que ver con los papeles del loco ese que me hiciste traer el otro día?” dijo, y mientras hablaba miraba en derredor, confirmando su última suposición, al ver desplegados por toda la pared hojas que reconoció de los folios con informes, así como diagramas y anotaciones hechos por mí. No los saqué a patadas solo por ser mis amigos, pero les dije que no podía hablar del proyecto hasta haber terminado. Se retiraron, Josh con un gesto de suspicacia, y Bruce con preocupación en el rostro. Con la puerta entreabierta dijo “Te conozco y sé cuando estás hipnotizado por algo o alguien. Sea lo que sea, no te olvides de comer mientras estés con esto y si me necesitas estoy en mi cuarto”. “Yo conozco a unas amigas que pueden interesarte, ellas podrían…” dijo Josh, antes de que Bruce cerrara la puerta para no dejarlo terminar.

Me tomó una semana diseñar el software adecuado, y una semana más hacerlo correr sin errores. Comencé con lo simple, establecer la Tasa de Azar. Decidí anotar en lo posible todo lo relevante sobre cada etapa. Después empezó lo bueno, cuando probé distintas tasas de recompensa. El modelo de Hobbes basado en coincidencias de números simples funcionó bien, pero sabía que en algún momento tendría que subir la apuesta. Me decidí por módulos complejos, de modo que cada máquina pudiese analizar grandes flujos de datos, a fin de obtener recompensas a partir de grupos de coincidencias, filtrados entre las múltiples diferencias. Los gráficos se iban sucediendo uno a otro, y en cada uno de ellos yo veía historias de amor. Cada pantalla daba su versión de la historia. Algunas eran clásicas, iniciaban con un ascenso agudo, para caer en un ángulo grave en una de ellas, mientras la otra daba tumbos hasta el estrepitoso final. Otras iniciaban con un ascenso progresivo, declinando de la misma manera. Había algunas donde A anulaba a un rendido B, y otras donde B se distanciaba para volver  esporádicamente con A. El programa que había diseñado permitía que los componentes de la máquina se desempeñaran al nivel de rendimiento que yo deseara, tal como si se tratase de una vieja Commodore, o cerca del máximo posible, si así yo lo quería. De modo que podía establecer perfiles específicos, les ponía un nombre y observaba su evolución a lo largo de un periodo de tiempo, a través de varias historias con otros perfiles. Comencé a apasionarme por algunos de ellos.

Una vez Bruce me trajo una bandeja con comida china, y cuando le dije que A-2 estaba a punto de engañar a B-4, hizo una mueca mientras me decía que él invitaba esta vez. Pronto tenía un universo de identidades artificiales interactuando entre sí, alterándose continuamente. Continuas reformas eran las que debía hacer al software inicial, entre otras cosas para permitir introducir el equivalente a factores externos a las relaciones amorosas, como el dinero o los amigos. Si al principio pensé en mi tesis y en una exposición razonable de mi proyecto, entonces ya pensaba en algo muy diferente, buscaba una especie de revelación que me diera una comprensión mística del asunto.

Mientras tanto, asistía a clases y me preparaba para los exámenes, pero no me quedaba en el comedor después de hora, me iba directamente a casa a analizar más resultados. Jennifer era la chica de la que le hablé a mi padre, estudiaba Diseño Gráfico y como yo, estaba al final de su carrera. Mis problemas siempre le parecían menos graves de lo que decía, tenía esa habilidad de hacer todo más simple y de hacerme sentir que yo pensaba demasiado las cosas. Le pareció raro que ya no me quedase a almorzar con ella. Me alcanzó a la salida y me preguntó si ella había hecho algo malo. Le dije que no, pero que tenía un proyecto entre manos y que no podía pensar en nada más hasta tenerlo terminado. Entonces me miró a los ojos, y con un gesto de no entender algo dió media vuelta y se fue.

Después de un mes y medio de experimentar con los perfiles, sentía que había llegado a un punto crucial. Tenía un perfil de A y otro de B altamente desarrollados, A-10 y B-7. A esta altura me permití explicarle a Bruce de que trataba mi proyecto. Le dije: “A necesita del amor, pero aprendió a cuidar el vínculo respetándose a sí mismo, de modo que puede manejar mejor su impulso de absorber a B. B sigue priorizando su autonomía, pero aprendió a equilibrarla con recompensas elevadas, exponiéndose más que antes. Y entonces se encuentran.”. Le dí inicio al encuentro entre ambos perfiles, dando lugar a un gráfico equilibrado, con vaivenes que no amenazaban la estabilidad del vínculo. Ambos habían aprendido a contener sus correspondientes tendencias destructivas, parecían enganchados en una coreografía bien practicada. Eso me hizo estar más seguro que nunca de que todos necesitamos lastimar a otros y ser lastimados para llegar a entender lo que realmente queremos. Así se lo dije a Bruce. Él dijo que podía ser, pero que para entender esa clase de cosas la vida era la mejor maestra, y después se fue a tender la ropa al balcón del comedor.

 Dos semanas después de nuestra conversación, Jennifer tocó el timbre de mi departamento. Tal vez le pidió la dirección a Bruce, el también la conocía. Fue él quien la dejó pasar y le indicó mi cuarto, por lo que su aparición en el marco de la puerta me dejó sin palabras por unos segundos. Primero miró a las dos máquinas, y luego comenzó a recorrer las paredes plagadas de reportes, notas y diagramas improvisados. Algunas hojas contenían frases en mayúscula y tamaño gigante, en tono de aforismos existenciales, aún cuando para mí eran parte de rígidos axiomas. Me arrepentí de haber escrito algunas como “todos necesitamos lastimar a otros” (en rojo), o “En muchos casos B cree que la felicidad es resignarse a estar con A”. Esa última hoja fue la que Jenny desprendió de la pared, y con ella en mano me pidió si podía explicarle de qué se trataba el proyecto exactamente.

“A ver si entiendo –dijo Jenny-. A siempre ama más que B. Pero ¿Que pasaría si B se encuentra con otro B?”. “Eso es imposible- dije-. Porque siempre hay uno que ama más que el otro, y esa diferencia en algún momento se hace valer, dándole a cada uno su lugar en la ecuación”. “Pero entonces yo puedo ser A hoy y B el día de mañana”.”Por supuesto, A y B son términos relativos, aún cuando haya personas mas predispuestas que otras a ser A o B”. Le mostré como funcionaba el programa que había diseñado, y le mostré qué fácil era seleccionar los perfiles desarrollados para hacerlos correr, enfrentándolos. También le dijo que B-7 era mi preferido, un equilibrista entre su inconformismo y su necesidad de ser feliz. La verdad estaba un poco nervioso por su presencia, a Jenny no se le escapaba nada y mi cuarto era un desorden. Fui a buscar algo para tomar, y cuando volví Jenny me dijo que la parte gráfica del programa podía ser mucho más elegante y simple a la vez, incluso tridimensional. Y luego volvió al ataque.

-¿Y qué pasaría si B se encuentra con B?
-Ya te dije, eso es imposible.
-Bueno, pero ¿Qué pasaría?
-No entiendo ¿Para qué habría de…?
-¿Me estas diciendo que montaste todo este laboratorio de simulación y todavía no te atreviste a ver que pasa si enfrentas a B con otro B?¿De qué tienes miedo?
-Es que esa clase de cosas no suceden Jenny, yo podría simular muchas cosas así que nunca…

Y entonces me di cuenta, por la forma en que me miró y después miró a las máquinas, de lo que iba a pasar. Yo estaba sentado en mi cama con un vaso de agua en la mano,  y ella estaba sentada en mi butaca frente a las computadoras, con todo lo que necesitaba saber. Con la rapidez de un rayo copió el perfil de B-7 y lo traspasó a la otra máquina. Después lo seleccionó en ambas y los echó a correr. Desde mi cama no podía ver las pantallas, pero no me pareció que valiese la pena asomarme. Solo cuando me pareció que la luminosidad reflejada en el rostro de Jenny era extraña, me asomé y vi que las pantallas se habían vuelto locas. Por mi cara y por la diferencia con los gráficos que había visto antes, Jenny sabía que estaba pasando algo extraño, ambos coolers se habían activado a la máxima potencia, y el nivel de consumo se hacía más y más elevado. No me moví, incluso cuando sabía que las máquinas no iban a parar por sí mismas. Tampoco me moví cuando saltaron chispas del estabilizador y ambas se apagaron. Supe que las dos máquinas estaban perdidas, y ella también. Jenny dijo que tendría que haber comprado componentes de mejor calidad, pero como yo no hablaba y miraba fijo por la ventana encima del escritorio, comenzó a esbozar una disculpa. Mi boca ya no estaba abierta, la miré y dije “No entiendes Jenny, el experimento finalizó”. Sonreí. Ella propuso ir a comer algo al centro tomando el bus de las 8. Yo propuse ir caminando.

martes, 20 de diciembre de 2011

El polimodal (19)


El parque abría sábados y domingos. Mi tarea era esperar en la entrada al grupo designado, generalmente de 15 a 20 chicos de entre 7 y 13 años (acompañados de algunos padres), para guiarlos por los juegos según un diagrama mas o menos improvisado pero que terminaba siempre en un gran comedor, donde todos los grupos comían y le cantaban el feliz cumpleaños a algún nene o nena de papá. Tenía que estar pendiente de que nadie se lastimara, de negociar constantemente con los que se portaban mal, mi peor terror era que algún nene se perdiera por ahí en medio de la marea de gente, y de alguna forma me sentía bien teniendo esa responsabilidad, por estresante que fuera. Odiaba el uniforme, un pantalón caqui con una remera azul que me quedaba grande, zapatillas de lona. Pero tener ese dinero ya no solo era necesario para la revista, sino para comprarme algo de ropa, para escapar de las extorsiones de mi madre, no tener que pedirle plata para todo y no depender de su generosidad para salir.

Cubría mis gastos, eso era algo que ya no podía echarme en cara, haciéndome sentir como una sanguijuela. Y cuando a fin de mes se terminaba la pasta de dientes, el papel higiénico o no había plata para comprar leche, y sabiendo perfectamente que en la primera semana se había gastado en pelotudeces (como esos viajes innecesarios en remis o esas cremas que se acumulaban en su cómoda), yo iba y sin decir nada compraba. Cada vez que lo hacía sentía un regocijo muy intenso, una extraña plenitud, en el fondo una pequeña venganza contra el orgullo de mi madre. “Ay, gracias hijo…” decía, como si mi ayuda viniese del cielo. Yo asentía con una sonrisa. Se fue dando cuenta de que no era tan simple, empecé a hacer comentarios agrios en el momento exacto en que la veía a punto de hacer esos extraños gastos de principios de mes, como si yo tuviese derecho a opinar sobre la economía de la casa. Eso realmente la sacaba de quicio, y como yo aparentaba ser razonable y preocupado,  y como ya no podía amenazarme con no darme dinero para mis cosas, con el tiempo logré que a fin de mes no faltara lo básico.

En la semana veía a Melina en el colegio, que cada vez salía menos al patio en el recreo. No podía quedarme solo en el salón si los pibes salían, hubiese quedado en evidencia. Pero a veces volvía un rato antes de que sonara el timbre y ahí estaba ella. Si estaba Alejandra tenía que mantener equilibrada la conversación con ambas, pero sino podíamos hablar tranquilos. Cuando estaba solo, me acordaba de mis conversaciones con ella, repasando los momentos más intensos con deleite, sonriendo sin poder contenerme. También imaginaba líneas de diálogo distintas a las que habíamos tenido, cosas que ella o yo habríamos podido decir, réplicas posibles para los momentos en que ella me dejaba sin saber qué decir. También pasaba que se me ocurrían cosas aisladas para meter en algún momento, algún juego de palabras, alguna metáfora indecente pero rebuscada, decepcionar a Melina no era una opción. Pero con ella, como con los pibes, también tenía esa sensación de que al hablar con ella algo único iba a pasar. Porque no importaba cuantas cosas hubiese imaginado yo en soledad, nuestras palabras siempre tomaban aguas rápidas, un camino imprevisible en el que cada paso alumbraba el siguiente, en el que mis pensamientos y los de ella entrechocaban continuamente, en un duelo de ingenio y temple con el que los dos nos hacíamos cada vez más agudos. Y en el fondo me sentía un miserable, porque mientras yo invertía gran parte de mi tiempo pensando en esos encuentros, contemplando posibles escenarios para aumentar mis recursos, estaba completamente seguro de que ella no lo hacía, de que le alcanzaba simplemente con ser como era. Yo sentía que si Melina no decía nada, era porque no había nada para decir, y que si yo no decía nada, era porque mi imaginación se había quedado corta.

Los fines de semana en la veía en el Parque. Si el grupo que tenía ese día era de nenes muy chicos podía llevarlos a su sector, donde ella podía estar manejando el carrusel, la pista del trencito y cosas así. Entonces ella podía verme hacer de niñera y reírse de mí. También podía verla en el comedor, cuando entre grupo y grupo me hacía espacio para comer o tomar algo y coincidía con su descanso. El comedor era muy parecido a esos que se ven en las películas yanquis de la prisión, mesas largas en las que se juntaban grupos más o menos cerrados. Como muchas veces estaba acompañada, yo me sentaba a comer solo haciéndome el que no la había visto, esperando que ella viniese con su bandeja a buscarme pelea. A veces lo conseguía, a veces no.

Podía pasar que coincidiese con Daniel, pero su sección tenía mucho más personal y mandaba a varios al descanso a la vez, por lo que él siempre estaba con un grupo de gente. Daniel siempre lograba imponer sus condiciones a quienes lo rodeaban. A la mayoría caía simpático porque sabía qué decir y cómo para agitar las aguas y tornar una conversación aburrida en carcajadas. Lo que siempre pasaba era que alguien se mostrara receloso de él, que no lo tragara y que, sin enfrentarlo directamente, intentara boicotearlo. Esa clase de persona era perfecta para él, porque la tomaba de punto, utilizándola para hacer reír a los demás. En el caso de los varones podía ser un tipo desplazado del centro de atención o el eterno amigo de alguna chica que andara atrás de él. A las mujeres lindas las trataba como si no fueran la gran cosa, y ellas estaban tan acostumbradas a seducir con solo vestirse bien y sonreír que se volvían locas por llamar su atención. Así se exponían más y más, y como un cazador que no ataca al animal hasta que está lejos de su cueva, Daniel las dejaba ir más y más lejos. En el Parque no le convenía exponerse mucho por Antonella, y eso le generaba el inconveniente de que le hiciesen propuestas muy evidentes para transar. Salvaba su orgullo retrucando fuerte, con frases como “¿Entonces da para un pete?”, de tal manera que sus pretendientes no podían aceptar sin dar mucho más de lo que esperaban, pero sonreían al recular, como si lo estuvieran considerando. Daniel me contaba sobre esas situaciones. Yo le hacía observaciones, y como él veía que yo entendía la complejidad de muchas cosas en sus manejos, me daba más detalles y analizábamos en conjunto el camino a seguir. Una vez me presentó a sus compañeros y me senté con ellos, pero yo prefería estar solo por si Melina venía.

A veces yo iba para su casa a la tarde, cuando no tenía nada para hacer. Su familia ya me conocía. También íbamos al kiosco de revistas de Héctor y llevaba un ajedrez de tablero magnético, de esos que se pliegan con las fichas adentro. Hacíamos ganador queda, pero yo nunca podía ganarle. Pero esa vez jugamos en la vereda de su casa, tomando gaseosa. No importaba si jugaba con blancas o negras, el resultado era el mismo. Mi único progreso era que las partidas durasen cada vez más tiempo, me iba defendiendo mejor. Mientras jugábamos hablábamos de muchas cosas. Una vez se la compliqué y el partido duró más de lo normal. Entonces me dijo que me iba a marcar mis errores de juego.

-Te preocupás mucho por la defensa. Cuando yo saco mis peones al centro, vos movés el peon-caballo del rey para ir preparando el enroque.
-Ahá.
-Como sé que estás tan preocupado por esconderte, voy al ataque de lleno. Me ubico de tal forma que tu esfuerzo sea al pedo. Pocas veces hago mi enroque porque no lo necesito ¿Entendés?
-Pse.
-O sea tus piezas siempre están protegidas, pero llega un momento en que hay que abrirse paso y sacrificar algunas, para abrir huecos en la defensa del otro. En esos cambios siempre salgo ganando, porque como estoy dispuesto a sufrir pérdidas, los hago con iniciativa. Yo decido cuando me conviene perder un caballo para que pierdas un alfil, o cuando puedo permitirme perder un peón para ganar una posición útil.
-Me cuesta aflojar las piezas, y las termino perdiendo igual.
-Las terminás perdiendo igual ¿Te das cuenta?
-Se.
-Y nunca, nunca tenés que resignar el centro del tablero, ahí es donde se define todo. Si yo abro moviendo el peón-dama al centro, vos tenés que hacer algo para pararlo. Y si yo muevo otro para apoyarlo, lo mismo. No pelear esa zona es un suicidio, por más bien que protejas al rey.
-Claro.
-Te defendés bien, pero te atrincherás tanto que no es necesario que yo me cuide, eso hace que mi ataque gane siempre. Podés jugar a la defensiva, porque se puede, pero para eso tenés que saber atacar también.

Desde ese día nuestros partidos fueron cambiando. Estaba claro que me costaba atacar, y tropezaba mucho con errores torpes, perdiendo incluso más rápido que antes. Pero con el tiempo lo iba entendiendo mejor. Empecé a aceptar los sacrificios de piezas con rapidez, desconcertando a Daniel. Cuando esas tormentas de cambios tenían lugar el tablero se despoblaba rápidamente, y eso me gustaba porque de repente todo era más simple y quedaba manifiesta cualquier ventaja. Una vez logré hacer tablas. Otro día tuve chance de jaque mate pero no la vi a tiempo, me la marcó Daniel después de ganarme, reubicando las piezas. Otra vez tuve un final de reina contra su rey y me sacó tablas. Daniel dijo que nunca tenía que confiarme de las ventajas, seguir jugando como si estuviésemos mano a mano. De todas las veces que jugamos solo le gané un par. Empecé a pensar que mi manera de jugar estaba muy relacionada con mi manera de hacer las cosas en general, como podía ser en mi necesidad de no quedar mal nunca con Melina. Cuando veía a Daniel siendo guaso con una mina, pensaba “pierde piezas, pero ahora ella sabe que si le dice algo picante no puede decir que es inocente, así que cuando eso pase Daniel va a poder avanzar sin temer un rechazo”. Y cuando veía a Daniel en medio de un grupo siendo el centro de atención, o incluso haciendo chistes sobre otra persona con tal de seguir siéndolo, entendía que él no podía resignar esa posición de ninguna manera, intentando manejar su destino y el de los demás.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El polimodal (18)

 Faltaba poco para empezar las clases, y me sentía como un avión en el hangar. Como un corredor esperando el disparo de largada. Porque siempre que veía a los pibes tenía esa sensación de que algo iba a pasar. No importaba qué hacíamos o dónde nos juntábamos, tenía esa seguridad de que pasaría algo único que haría que el día valiese la pena, que fuese irrepetible. Siempre surgía una palabra clave nueva, alguna anécdota se agregaba a la lista que se iba haciendo más larga, algún nuevo desafío era aceptado. Nuestro equilibrio se basaba en el mismo principio que esos adornos de escritorio que no paran de balancearse. Un movimiento continuo. Estar juntos era como entrar en una forja. Con cada día, con cada nueva demostración de lo que éramos capaces, todos íbamos pasando más a una forma potenciada de ser. Alentándonos, conteniéndonos mutuamente, pero también lastimándonos, desafiándonos. Todo era parte de la retroalimentación, y estaba claro que éramos parte de algo. Porque pasar tiempo juntos era ir formando un pensamiento común, un entendimiento de base, tomar posición acerca de muchas cosas. No había tema que no pudiésemos tocar. Incluso cosas sobre las que yo no sabía nada, sobre las que aprendía a los tropezones, diciendo cosas sin fundamento, exponiéndome al ridículo. Al otro día, después de averiguar en la biblioteca, o de meditar sobre el asunto en casa, me rectificaba o me reafirmaba, según hubiese tenido la razón o no. Pero no se trataba solo de eso, sino de saber sostener una posición, por más errada que sea. Hacia adentro, pulíamos esas divergencias, profundizándolas todo lo posible. Hacia fuera, éramos una máquina de guerra, haciendo muy difícil sostener una posición frente a nuestros recursos. Podíamos usar la lógica y los hechos. Lo básico. Pero también podíamos usar silogismos, inventar sucesos históricos, anunciar falsos adelantos científicos. A veces alcanzaba con ridiculizar al oponente, en ese sentido teníamos claro que la falacia ad hominem funcionaba muy bien.

La buena noticia al empezar el año fue que ninguno de los varones del otro grupo logró pasar de año. Eso nos convertía en los dueños incontestables del destino del curso. Porque de haber sido por las mujeres, todo habría sido mas o menos estudiar y chusmear. Nosotros éramos inmaduros y queríamos llamar la atención todo el tiempo. Nosotros atentábamos sistemáticamente contra la tranquilidad, la paz nos sacaba de quicio, y por eso éramos capaces de alterar las cosas. Nuestro curso era una aplicación a escala de un principio histórico mayor, el de que el cambio viene casi siempre por el infantilismo masculino, por su arrogancia, por su capricho. Así lo teníamos asumido. Íbamos hacer de 3º 6º un curso que fuese recordado por años.

No mentiría si dijese que las mujeres estaban a la expectativa de con qué íbamos a salir. Ya en la primer semana, Daniel dijo que la del duende había quedado en el pasado. “Necesitamos una pirámide” dijo. Cuando volvimos del recreo, las sillas y las mesas habían sido puestas en un semicírculo, mirando hacia el pizarrón. Y en el medio, las mochilas de todos formaban una montaña.

El Chileno dijo que todas las mujeres del curso tendrían sexo con él, y que caso contrario encontraría la forma de que eso fuese cierto de alguna manera. No pasó un mes antes de que frotara el lápiz de Pamela con una servilleta arrugada que trajo de su casa, y todos sabíamos lo que eso significaba. Temí por Melina y sentí un escalofrío.
Héctor armó una carpeta compilando textos con cosas que creía que teníamos que leer. Manifiestos ideológicos de varias clases, fragmentos de discursos políticos, diálogos filosóficos entre pensadores o entre personajes de ficción. Incluso un catálogo de películas que teníamos que ver juntos. Nos hizo una copia a cada uno, anillada y todo, con espacio al final para tomar notas.

La verdad que yo no había pensado en nada, yo solo sabía que iba a ser un año fuera de lo normal. En los primeros días, unos de contable interrumpieron la clase de historia para anunciar que ellos iban a publicar la revista del colegio. Iba a salir 5 pesos y lo recaudado iba servir para financiar el tradicional viaje de fin de año “vamos a la frontera”, en el que se ayudaba a algún pueblo necesitado del noroeste con ropa y comida. Y no fue muy original de mi parte, pero ese día dije:

-Tenemos que tener nuestra propia revista.
-Lo recaudado sería para beneficio de… ¿Nosotros?- dijo el Chileno.
-Copas de cristal para tirar desde el techo del colegio. O alguna obra de un pintor medio pelo, comprarla y prenderla fuego. En frente de su casa- dijo Daniel.
-Capaz podríamos hacer un viaje también- dije-. No sé adonde, pero no al Norte, no quiero Mal de Chagas y desnutrición.
-Tengo un conocido que podría hacernos las impresiones a buen precio- dijo Héctor-. Pero igual necesitaríamos algo de plata.

Hicimos unos bocetos de las secciones, pero era verdad que sin plata nada se podía hacer. El Chileno trabajaba con el padre en una tornería, y Héctor seguía con el kiosco de revistas. Pero Daniel y yo no teníamos nada. Nos enteramos de que el Parque del Tigre tomaba menores de los colegios para hacer pasantías, y parecía que no pagaban tan mal. Así que fuimos a llenar la solicitud. Nos llamaron y había mucha gente del colegio en la fila para la entrevista, la mayoría no quedó. A Daniel lo tomaron para la parte gastronómica, igual que a Antonella. A mí me tomaron como guía de grupos de cumpleaños. A Melina para operar juegos de chicos.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El polimodal (17)


Recién cerca de terminar el año fue que mas o menos me llegué a hablar con todo el curso. Con los varones del otro grupo tenía un diálogo escaso pero sin conflictos. Si en parte no me pasaban era por ser amigo de Daniel, pero servía como nexo diplomático entre ambos grupos para pasar mensajes. En todo caso, en el curso la mayoría eran las mujeres. Y nosotros éramos la envidia de cualquier escuela técnica.

Estaba Antonella, la rubia flaquita de ojos claros que tenía algo con Daniel, sin que él se preocupase por definir exactamente qué. Había algo de incondicional en ella, no hacía caso de nada que le dijesen sobre él, aún cuando las querellas viniesen de sus propias amigas. A la salida podía pasar que fuésemos todos caminando hasta su casa en El Talar para tomar algo, sobre todo desde que empezó a volver el calor.

Estaba Pamela, simpática, muy viva y con un cuerpo que cualquier mujer de 25 años le hubiese envidiado. Tenía un novio que siempre la venía a buscar en coche.Trataba con las demás como si fuesen nenas y ella toda una mujer (había algo de cierto en eso). Si por plebiscito se hubiese armado un ranking de las mujeres más deseables del colegio, Pamela sin duda habría estado entre las 3 primeras, mínimo.

Estaba Fernanda, enemiga declarada de Daniel (según él una “gorda resentida), siempre intentaba aprovechar cualquier cosa que pudiese separarlo de Antonella, de quien era amiga. A veces le pasaba que chocaba el costado de alguna mesa con su cadera, lo que enseguida desataba una carcajada de Daniel, y una mirada de ella hacia la profesora, que la miraba como diciendo "¿Qué quiere que haga? tenga más cuidado al caminar".

Estaban Cintia Gaona y Cintia Herrero, “las Cintias” como les decíamos los pibes. Las Cintias no hablaban mucho con nadie y siempre se quedaban en el salón, fuese recreo u hora libre. Por eso habían presenciado muchas de las nuestras, nos conocían bien. Jamás nos habían delatado en nada. A veces El Chileno les decía algo, interpelándolas, como “Cintía conozco un pibe que está loco por vos” y “Cintia-uno” (Gaona) se mantenía impasible, pero “Cintia-dos” se reía bajito, escondiendo la cara. Eran muy tímidas. Las respetábamos y cuidábamos que nadie se metiese con ellas.

Alejandra era la compañera de banco de Melina. La mayoría del tiempo parecía amable, pero nadie confiaba en ella, tenía fama de falsa y de meter cizaña. Su vínculo con Melina era estrecho, supuse que de alguna forma ambas se habían encontrado aisladas del resto. Alejandra por su conducta traicionera, y Melina por su falta de frivolidad, por su incapacidad para conversar sobre asuntos como el maquillaje o las novelas de la tele, por no poder hablar de los varones como lo hacían las demás. Claramente Melina no acostumbraba salir a bailar ni nada parecido. Tampoco mostrarse en los recreos para alimentar su ego, la mayoría del tiempo usaba su buzo canguro azul y rojo, escondiendo su buena figura. Supuse que eran amigas por esos acuerdos de entendimiento implícito, por saber que era eso o estar solas. Alejandra parecía entender mi situación más de lo que yo hubiese querido, de ella podía depender el desenlace del asunto con Melina, sentía que estaba a su merced. Para peor, Alejandra había tenido el año anterior algo con Héctor, que empezó a verse con su hermana, Gabriela. La tensión entre ellos era patente, así como la que soportaba yo por no poder llevarme mal con ninguno de los dos. No estaba acostumbrado a esa clase de conflictos.

Matemáticas fue la materia de la que casi nadie se libró hasta al final. Recién en las últimas dos semanas los que ya habían zafado pudieron salir afuera, mientras los demás rendían. Entre esas personas estaban las Cintias, que se sentaron en la escalera. Y entre esas personas también estábamos Melina y yo.


-Ya casi termina el año Palito…
-¿Te imaginás que estuviésemos viviendo siempre este mismo día?
-Cómo.
-Así, empezando el día, hablando esto, nos vamos cada uno a su casa, y al otro dia se repite lo mismo. Nada cambia.
-Sería raro.
-Sería tener todo el tiempo un deja vu constante. O algo así.
-¡Imposible! Si este día se repitiese siempre ¿Quién podría decir cuando empezó a repetirse?
-O sea…
-Si se repite para siempre, se repitió desde siempre, es un círculo cerrado. Si cada día es idéntico al anterior…
-No podría haber ninguna diferencia. No podría haber deja vu, a menos que…
-…fuesen siempre los mismos, exactamente la misma sensación. Todo.
-Formarían parte del círculo también. Claro. No habría chance de despertar ni de salir.
-Exacto.
-Y siempre hablaríamos de esto, de que no se puede salir de acá. Sería peor que la Matrix.
-La vida es sueño dice Calderón de la Barca.
-La vida es eterno retorno dijo Nietzsche.
-…
-…
-¿Me vas a extrañar Palito?
-Si Meli ¿Vos?
-No ¡Qué te pensás nene!
-Capaz mañana, en este mismo día que se repite para siempre, me decís que sí y yo me río de vos.
-No Palito, ya te dije es un círculo perfecto, no puede tener fallas. Siempre gano yo.
-No puede tener fallas.
-Nop.
-¿Te vas a algun lado?
-A la costa. Mi familia tiene una casa en San Bernardo.
-Ah.
-¿Vos?
-Mi familia tiene una casa en el Delta de Entre Ríos, un paraje desolado en medio de la nada. Probablemente me lleven ahí a contar los días que falten para volver.
-Ah bien.
-Mientras vos estés tomando sol o caminando por la playa, capaz yo esté destripando pescado o cortando yuyos con machete.
-La verdad me aburre la playa.
-Si, claro.

Pero el año terminó, y mientras mamá, Hernán, Elena y Fede se fueron a la isla por un mes, yo me quedé en casa con papá. Mamá no puso resistencia porque era bueno que hubiese alguien en la casa mientras papá trabajaba (diciembre de 2001 había instalado el miedo a los saqueos, todavía duraba). Pero también por el bien de sus vacaciones, por no tener que aguantarme. Intenté mantener la casa mas o menos en orden, saliendo adonde yo quería y cuando quería. Los pibes me pasaban a buscar a la tarde y así conocieron a mi viejo, que me daba algo de plata, no mucha pero sin hacerme planteos. Salíamos a andar en bici, yo agarraba prestada la de Hernán. O llevábamos el Sega de Daniel a lo de Antonella y jugábamos al Internacional Superstar Soccer (Deluxe). Y siempre que enganchábamos alguna repetición de los Simpsons, la poníamos.

Cuando mi familia volvió, y mientras ayudaba a organizar las cosas de los bolsos, Fede me puso al tanto de que no me había perdido de mucho. Yo ya sabía con toda seguridad que había sido uno de los mejores veranos de mi vida.

martes, 15 de noviembre de 2011

El polimodal (16)


La situación en casa había tenido algunos cambios. Fede y yo nos volvimos mutuamente más independientes, nuestros círculos sociales casi no se cruzaban. A los dos nos parecó lógico. Emiliano ahorró y se fue a España con una buena oferta de trabajo, relacionada con la empresa autopartista en la había estado varios años. Él era el preferido de mamá así que eso la afectó. Hernán se puso de novio, y mi cuñada tuvo que pasar por lo que pasa cualquiera que conocía a mi madre: al principio amable y cálida, y después una bestia impredecible con ataques de celos, contra los que Hernán tenía que pelear de tanto en tanto. Elena se estaba llevando todas las materias, camino a repetir de año otra vez. El día que mamá se enteró le pegó varias veces mientras ella escapaba a la pieza. Papá tuvo que ponerse en el medio y recibió algunos bifes.

Era difícil contribuir así, pero intenté hacer mi parte, metiendo la religión y la política en la mesa. Alguna frase iniciaba todo, sobre algo como el racismo o el aborto, en tono blasfemo, antipapista si era posible. Sobre todo si había puchero o sopa. Una vez mientras yo defendía los derechos de los homosexuales, ella dijo “Nicolás, hijo, insistís tanto con ese tema… me parece que tenés un conflicto, y si es así lo podés hablar conmigo ¿Sabés? Puedo tener un hijo así, ya estoy para todo”, y al decirlo miró a mi hermana con saña. Me la jugó bien. Pero la mayoría de las veces la dejaba sin argumentos, la obligaba sus recursos más bajos, uno tras otro, y a medida que lo lograba se desgajaba su ficticia disposición a dialogar las cosas, salía a la luz el hecho de que ella tenía el poder en la casa, y que lo usaba si las papas quemaban. Antes, sufría amargamente las privaciones de dinero y salidas como una injusticia. Pero aprendí a tomar esos desenlaces como señal de mi superioridad moral ante ella.

Les contaba sobre mi madre a mis amigos, se reían mucho de ella. Daniel dijo que un día yo iba a aparecer en el noticiero por matarla de 114 puñaladas o algo así. El Chileno dijo que la autopsia revelaría violación, antes y después de su muerte. Héctor agregó que a partir de esa conversación el acto ya sería premeditado, y que atestiguaría en mi contra en el juicio para desechar mi defensa por emoción violenta.

Antes de noviembre ya tenía mis primeras amonestaciones. Una profesora de otro curso me vio dándole una patada voladora a la puerta. Yo quería pasar, pero desde adentro el Chileno hacía fuerza para trabarla. Falsificar la firma de mis padres fue fácil. También tenía algunas faltas por llegadas tardes, nada grave. No me llevaba ninguna materia. La nueva ley decía que si la nota del 3º trimestre era un 7, el año de esa asignatura quedaba aprobado, por lo que Noviembre fue el mes en el que los profesores intentaban hacer recuperar a los que venían mal. Así que tuvimos mucho al tiempo al pedo, incluso nos dejaban salir al patio a los que no teníamos que recuperar nada. Entre esas personas por supuesto, también estaba Melina.

Noviembre era también el mes de mi cumpleaños, en el que hicimos un festejo quemando el muñeco que habíamos armado durante el año, en la esquina de lo de Daniel (lo sacamos por partes). Cuando llegué a casa, entrada la noche, mi familia me esperaba con enojo generalizado, había hecho esperar a mi tía varias horas y mi abuela se había ido porque trabajaba temprano al otro día.

-Te estábamos esperando.
-Es mi día y lo puedo pasar como yo quiera y con quien quiera. No le pedí nada a nadie.
-¡No seas maleducado!
-Contestále bien a tu madre- dijo papá.
-¿Quién te enseñó a hablar así me querés decir?
-Vos mamá. Vos me enseñaste perfecto.
-¿Por qué no trajiste a tus amigos a casa a ver?
-No quiero que los espantes con tus ataques. Llamarían al 911, habría lluvia de cristales y muchas bajas.
-Te hice una torta, tiene durazno con crema- dijo mi tía intentando aligerar la tensión.
-Gracias tía ¿Ves mamá? La tía no está enojada. Así que ya está, no te preocupes más- dije, y sus ojos chispeaban. Como había visita, no podía desbocarse, mi sonrisa le decía que yo lo sabía perfectamente. Empezó a llorar.
-¡Tanto esfuerzo que hago por esta familia podés creer Fabi! Y este mocoso que me contesta así…
-Mamá ¿Qué te hacés la dolida? Ni que yo fuera el Anticristo… ¡Ojalá!
-¡Ah!- y con ese alarido se tapó la cara.

Fede no reía, pensaba que se me iba la mano. Elena no entendía como podía yo no tenerle miedo a mamá, si sabía que apenas se fuese mi tía me iba a caber. Papá intentaba mirar la tele, resoplando con hastío. Yo comía mi porción de torta de durazno con crema. Mi tía las hacía mejor que nadie.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El polimodal (15)

 Muchas de nuestras conversaciones se trataban sobre cómo deberían ser muchas cosas. Uno de los principales blancos era la publicidad:

-¿Por qué las publicidades de dentífricos son tan pelotudas? Siempre ese lenguaje neutro, lo odio- dijo Daniel.
-Las de jabón para la ropa, para mujeres esclavas de la limpieza. Para mí fue como un trauma saber que diseñan todo eso de tocar el timbre de una mina para que parezca de verdad, es todo mentira, o sea hay un casting para elegir a esa mina que sale haciéndose la sorprendida- dije yo.
-Las del yogur violeta me dan ganas de ir a buscar al que las hace y deformarle la cara con un cutter, se piensan que no nos damos cuenta de que son para las viejas con cañerías tapadas- protestó el Chileno haciendo gesto alusivo.
-Están orientadas a targets específicos de la sociedad. Son estereotipos de consumidor que tienen estudiados, fórmulas que funcionan. No pueden salirse del esquema si no quieren perder plata- sentenció Héctor.
-Pero podrían hacer algo más copado. Dame la mitad de la plata y te hago una publicidad de la re puta madre- retrucó Daniel.
-Depende de que bien de consumo sea. Si es ropa, o un recital podés hacer de todo. Son cosas que definen tu identidad y que no son estrictamente necesarias. La plata que la gente gasta en eso no es parte de las cuentas del mes, es parte de los gastos de capricho. Ahí la publicidad trabaja sobre el deseo del consumidor, necesita tentarlo.
-Pero el jabón en polvo, el dentífrico, el limpiador antigrasa, el yogur laxante… son cosas que uno compra en teoría todos los meses- acoté, intentando seguir el razonamiento.
-Claro. Esas publicidades trabajan sobre la persona que recorre las góndolas pensando en lo que le hace falta en su casa. Alguien que está intentando ser responsable. Entonces no pueden trabajar con la tentación. Necesitan darle al que compra una imagen de gasto razonable, necesario, de conveniencia.
-Entonces siempre vamos a ver lo mismo. Para todo lo innecesario, publicidades que sorprenden, que intentan seducirnos con el impacto. Para todo lo necesario, la misma mierda de siempre, el mismo esquema que se repite. Es un asco- dije.
-Y va a ser peor. En el futuro las publicidades van a ser mucho más invasivas que ahora. Van a estar tan presentes que todo el asunto va a estar fuera de discusión. Ya es así en algún punto: Coca cola, Mc Donald´s, Disney… -concluyó Héctor.
-Yo podría vivir como creativo de publicidad. Haría mucho más que todos esos boludos juntos con menos recursos. Yo haría que las amas de casa compren espadas ninja y que los pelotudos como el Chileno compren una licuadora- dijo Daniel.
-Quiero una. Cuánto.
-No es tan fácil- dijo Héctor.
-Qué no. Lo que sea que pongas en la tele la gente va y lo compra. Y si no lo compra lo ponés de nuevo, y sino lo ponés de nuevo. La gente es pelotuda. Yo me aprovecharía mejor.

A veces la queja contenía sarcasmo, como si en el fondo supiésemos que no servían para nada, que nada podría en realidad cambiar, y que las cosas eran así porque no podían ser de otra forma. Esto por un lado coartaba cualquier chance a nuestras pretensiones de reformar del mundo, pero esa imposibilidad a la vez nos habilitaba entonces a expresar el enojo, aunque inofensivo, de la forma más corrosiva. Como en la música.

-Chileno ¿Por qué tenés una mochila de la 25? ¿Te hacés el rolinga ahora?- le pregunté una vez.
-Ni en pedo. Se la agarré a mi hermano. Necesitaba una.
-¿Saben que hay que hacer con todas esas bandas de mierda?- se metió Daniel.
-Cuáles.
-Como la de tu mochila: la 25, los gardelitos, Callejeros, Pier, Jóvenes Pordioseros.
-La Mancha de Rolando- agregué.
-Si, también. Primero hay que organizar un supuesto festival de rock en un estadio de fútbol. Después hacerles creer a cada uno que llegó su momento de tocar para que salgan todos juntos. La gente en las tribunas, todo lleno, popular, plateas. La parte de la cancha libre. Apenas terminan de entrar las bandas se cierran todas las salidas, quedan encerrados. Ahí hay que tirarles unas armas al piso.
-Onda gladiadores.
-Se. Entonces por los parlantes se escucha “como todas estas bandas de mierda son iguales, viven de hacer la misma música y confunden a la gente con su melodía mediocre, ahora todas van a luchar entre sí hasta la muerte. La última que quede, va a ser la única autorizada para tocar de esa manera tan nefasta. La gente pide sangre. A pelear”. Y listo.
-¿Y si al final quedan chabones de distintas bandas? Van a tener que armar una de última- dije.
-Yo soltaría unos leones tambíen- dijo el Chileno-, y si al final ganan los leones se termina el rock barrial. Para siempre.
-Yo me imagino- y me empecé a tentar, ya antes de relatar la imagen, eso me pasaba mucho- al flaco de la Mancha de Rolando, que se da cuenta de la que se viene antes de salir por la compuerta, y se quiere meter adentro, onda “¡Hace 20 años que tocamos nuestra música, qué nos vienen a decir, no merecemos estar acá!”, y cachetazo en la nuca ahí nomas, un empujón para que entre, la compuerta que se cierra y el chabón que mira alrededor, empezando a caer en la que se le viene.
-Y el flaco de Pier que ya lo espera con una llave cruz, decidido a que su banda sea la única, sabedor de su mediocridad o sea re asumido ya en el juego. Se la da en el mentón, no dura ni 5 segundos el chabon de la Mancha de Rolando, queda tirado en el piso mientras todos luchan por su banda y su vida. 20 años tocando y todo termina así. Charco de sangre- completó Daniel.
-El de la 25 que quiere tocar en vez de pelear y le cabe un espadazo en la jeta con el primer acorde. Juanse de los Paranoicos desde un palco vip, se cree a salvo, el Pity le corta el cuello y se lo tira a los leones. Por hijo de puta- dijo el Chileno.
-La gente enceguecida, agitando. Pide más- coronó Daniel.

Las risas podían durar mucho, según la capacidad que tuviésemos para construir las escenas, para ir agregándole cosas, manteniendo encendido el fuego. Todos los días conversaciones así, conciliábulos en los que nuestras miradas se cruzaban con entendimiento, en los que el mundo era continuamente destruido y reinventado. Cada uno de nosotros luchaba contra los titanes en su interior, intentando derribarlos. Éramos un ejército de 4.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El polimodal (13)


Melina no gustaba de todo lo que hacíamos, desaprobaba con un gesto algunas maniobras. Pero era evidente que para ella éramos un caso aparte, que estábamos en otro nivel. A veces estábamos en el medio de alguna discusión y ella quería decirnos algo, entonces yo mediaba para que tomase la palabra. Una vez los pibes nos reíamos de una escena de los Simpsons.

-Están hablando en la reunión de creativos de Tomy y Daly. Entonces la rubia de pelo corto le dice a Krusty lo de “asertivo” y “paradigmático”- dijo el Chileno.
-Ahí agarra uno de sombrerito y anteojitos y dice: “perdón, pero palabras como asertivo y paradigmático ¿No son las que usa la gente estúpida para parecer intelectual?”- dramatizó Daniel.
-El sombrero es verde, tiene una línea naranja. Tiene como unas rastas el chabón- completé.
-¡See! Y dice: “Estoy despedido ¿No?”- siguió el Chileno.
-“Sí, y con razón”- cerró Daniel.
-No dice así- dijo Melina dándose vuelta.
-Cómo dice- respondí.
-Dice “Sí, los demás nos vemos en la sala de almuerzos”. Es del capítulo que meten a Poochy. Lo de “si, y con razón” es de otro capítulo.
-Tomatelá- tiró Daniel-, a ver de qué capítulo es.
-No sé pero es de otro.
-Ves que no sabés una mierda.

Canal 11 repetía capítulos de temporadas viejas toda la semana. Un sábado a la tarde vi que Melina tenía razón, y les dije ocupándome de que ella me escuchara:

-Al final lo de “y con razón” es del capítulo del Niño Fisión.
-Ah, si, lo vi el otro día- dijo Daniel.

Melina se dio vuelta y me miró, pero no dijo nada, volvió a mirar hacia adelante.

Había cierta tensión en estas mediaciones porque yo no quería traicionar los códigos, pero no podía resistirme a Melina. Daniel se daba cuenta de mi situación. Su casa quedaba a 2 cuadras de la mía, cruzábamos la plaza para agarrar después cada uno por su lado. En esa esquina del reloj nos podíamos quedar media hora conversando antes de ir cada uno a su casa. A veces yo pasaba por su casa y después me iba a la mía, demorando el inicio de la segunda mitad del día, que por lo general incluía alguna escena tortuosa con mi madre.

-Te gusta Melina.
-Me puede.
-El Chileno ya sabe. Creo que él también le tiene ganas. Ojo.
-Nunca toca los útiles de ella.
-Viste. Es piola la minita, y linda. Pero no te vuelvas loco por una concha. Es peor.
-¿Ella sabrá?
-Las minas se hacen las pelotudas, siempre saben esas cosas, por más que te digan que no. Saben lo que generan y lo usan, todo el tiempo. No le des bola. Mientras menos te importe mejor.
-Como si pudiese elegir.
-No porque las minas te hacen eso, te van midiendo, te van probando. Cuando están seguras de que ya te tienen, te dejan tirado.
-Quieran al demonio para vestirlo de santo. No sé dónde lo leí.
-Se. Algo así.

El invierno pasó rápido. De alguna forma encontraba ocasiones para conversar con Melina, la mayoría de las veces cuando ella se quedaba en el salón y yo volvía del kiosco con algo para convidarle. La hacía reir hasta que le dolía la panza, aunque era más difícil si Alejandra estaba con ella. Tambíen volví muchas veces con algo en cada mano para encontrar el salón vacío, o con Daniel esperando para hacer la del duende.

En julio fué cumpleaños de Héctor, hizo una cena en su casa. Supe entonces que su madre no vivía, y que vivía con su padre y su hermana. Espiando la biblioteca de su familia encontré un volumen de poesía maldita, selección de obras de Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé. Se lo pedí, y me lo regaló. Leyéndolo sentí escalofríos, calor, estremecimentos, impulsos de voluptuosidad confusa, una energía cada vez mas grande y profunda. En dos semanas ya lo había releído tres veces.

En esos cuatro meses soltamos un gato de mi madre adentro del colegio, subimos al perro callejero al 2º piso tentándolo con comida, armamos un muñeco con partes de distintas cosas del colegio y lo escondimos en un compartimiento, juntamos más de 30 borradores que llevamos a la casa de Héctor y tiramos por la ventana una máquina de escribir destartalada. A la salida, cuando el salón quedaba vacío, revoleábamos sillas que al caer sobre las otras hacían gran estruendo, y ante el cual salíamos disparados por las escaleras, saltando los escalones de a 4 o 5 a la vez.

A la salida, las veces que hicimos la caminata por la avenida comercial, hasta llegar a la parada antes del puente, donde Héctor y el Chileno tomaban su colectivo, armamos escenas en los negocios, falsos avistamientos de ovnis, buscamos parecidos bizarros entre los transeúntes (mayor el mérito cuanto más rebuscados: jugadores de fútbol retirados, actores de segunda línea, etc), y llegó a pasar que predicáramos el nihilismo con el método de los evangelistas, parando a la gente para decirle que la vida no tenía sentido, que deje de hacer como si lo tuviese.

 A la noche, salimos  a pintar paredes del barrio con aerosol, poniendo frases y dibujos improvisados, robamos enanos de jardín, pusimos candados en rejas desconocidas tirando la llave al desagüe, corrimos tirando botellas de vidrio al aire, colgamos la basura de las casas en las rejas, pusimos macetas de una casa en la de al lado y una vez pusimos el juego de mesas y sillas de jardín de una casa en medio de la calle. Al hacer estas cosas nos reíamos hablando de qué pensaría la gente al empezar su día de esa manera. Imaginábamos preguntas como “¿A quién se le ocurriría algo así?”, o frases como “Este país se va la mierda”, o “No te la puedo creer y la puta madre que me re mil parió…”. Entre otras.

domingo, 23 de octubre de 2011

El polimodal (12)


 Entre las réplicas punzantes, la dramatización de escenas supuestamente típicas de barrio, los diálogos de los Simpsons aplicados a niveles estrafalarios de la vida, y los impulsos de histrionismo, algo se iba formando entre nosotros cuatro. No paso mucho tiempo para que hiciéramos camarilla, nos cubriéramos mutuamente en todo momento y nos entendiéramos con una mirada. Nuestras bromas se iban haciendo más crípticas, un encadenamiento de códigos que nos separaba del resto, provocando una reacción hacia fuera y otra hacia adentro, incluso cuando en ambos casos se tratara de carcajadas (porque nosotros sabíamos el verdadero significado).
En algún momento fue que empezamos a hacer cagadas. Al principio nada importante, frases inconexas en el pizarrón que los profesores borraban desorientados, ruidos ventrílocuos durante la clase, peleas simuladas. Y después, empezó de verdad, porque ya eran operaciones con un procedimiento estipulado de antemano.

“El duende”: si en un recreo veíamos que todos se iban del salón, volvíamos para intercambiar todos los útiles de las mesas, sin que faltara nada. Era anunciada casi siempre por Daniel con una risa de nene diabólico. Mientras que en la 1º vez hubo revuelo, con cada repetición todos en general terminaron aceptándolo, resignándose a mirar buscando sus útiles en las mesas de los otros.

“Veneno”: sacar un objeto de una mochila para ponerlo dentro de otra. Descubrimos que funcionaba mejor con mujeres, surgían más conflictos y sorpresas antes y después de la “confesión” y también era sorprendente atender a la conducta de la que demoraba el momento, con creciente angustia. Más de una vez el objeto nunca volvió a su dueña original. Era mi preferida, requería estar atento a las enemistades y tensiones entre ellas, se anunciaba con un alarido de mono.

“Vómito”: dejar escupidas en cada una de las sillas (las sufría el turno tarde). Esa le gustaba al Chileno, la pedía haciendo una arcada forzada varios minutos antes de salir para que juntemos saliva, sobre todo si alguno de nosotros tenía flema. Después de la 4º vez la directora vino a hablar al aula preguntando qué nos pasaba a los varones, sin saber si culpar a un grupo o al otro, incluso derramó unas lágrimas. Ese tipo de cosas nos fortalecía mucho.

“Sarcófago”: Una palabra rara era elegida mas o menos al azar, y después tenía que ser incluida durante la lección oral, fuese individual o en grupo. Ideada por Héctor. Como al principio fue demasiado fácil, se agregó la complicación de sortear 4 papeles cuyo contenido debía mantenerse en secreto. En uno decía “gatillo”, en otro decía “disparo” (en los otros nada). El gatillo era encargado de hacer un chasquido con la lengua durante la exposición. El disparo tenía que incluir la palabra acordada durante los siguientes 10 segundos. La primera vez que el procedimiento completo estuvo listo, hubo que incluir la palabra sarcófago en medio de una lección sobre los menonitas.

Las operaciones en potencia fueron innumerables, muchas quedaron en la nada por impracticables o por falta de consenso en su mérito. No contaban las improvisadas colaboraciones que pudiesen surgir con resultados insólitos, porque no tenían un objetivo previo, o como decía Héctor, a priori. Además, fueron pocas las que ameritaron repetirse como para recibir un nombre. Héctor era el menos entusiasmado por las operaciones riesgosas, pero hacía de campana si era necesario. Daniel y Marcos ya levantaban sospechas por su conducta del año anterior, por lo que tenían que cuidarse de que nadie pudiese probar nada. Mi historial limpio y  mi imagen de estudiante aplicado me daban el margen para absorber el impacto, al menos por un tiempo. Si había que robar algo de preceptoría, yo iba. Si había que distraer al profesor acercándome a su escritorio para tapar su vista de alguna situación, lo hacía.

Una de nuestras mejores guías para el éxito de una operación era el rechazo y la desorientación del otro grupo varón. Eran seis en total, y no tenían parecían tener idea de por qué hacíamos las cosas que hacíamos, ni de por qué nos reíamos tanto realmente. Las confrontaciones no faltaron, y estuvimos cerca de tener enfrentamientos a la salida porque ellos eran un grupo mas o menos unido, pero la verdad es que nunca pasó nada. De alguna manera nos tenían miedo, capaz entendían que estábamos un poco locos, o a lo mejor no sabían de qué eramos capaces y preferían no saberlo. Las amonestaciones por cosas como fumar en el baño o salir del colegio para ir al kiosco de enfrente a comprarlos tenía a la mayoría al borde de la expulsión, eso tampoco los ayudaba.

Muchas cosas que hacíamos estaban orientadas hacia nosotros mismos, como la pirámide de sillas que hacíamos sobre la de Héctor al entrar cada mañana, y que él desarmaba con la paciencia de un trabajo fabril, como la plasticola que a Marcos le gustaba derramar entera adentro de nuestras cartucheras, como las quemaduras en el pelo que Daniel nos hacía con el encendedor si nos agarraba desprevenidos. Como el apodo que me pusieron al estilo dadá y para el que tuve que inventar una historia: Palito. No sentíamos miedo, culpa ni rencor. En vez de eso, nos hundíamos en la fascinación del mal, de que alguien saliese perjudicado en beneficio de risas que hacían doler la panza, incluso si el perjudicado era uno. Cualquier rebeldía en ese sentido era imperdonable para cualquiera de nosotros, castigada de alguna forma que obligaba a aceptar el daño de entrada la vez siguiente.