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sábado, 19 de mayo de 2012

El polimodal (21)


A mediados de invierno, empezaba mi día cuando todavía era de noche. De mis 5 pantalones 3 eran de jean y tardaban en calentar mis piernas. El pasto de las veredas siempre estaba rociado de escarcha, y cruzaba la plaza recibiendo el frío de costado, la nariz enrojecida. Saludaba los faros de neón en silencio, testigos de mi marcha apresurada. En esos minutos de caminata, pensaba en lo que había soñado, en la última que hubiese hecho con los pibes, en las últimas palabras que había cruzado con Melina, en las próximas que podría decirle. Mi conciencia del mundo exterior nunca se espabilaba realmente hasta que cruzaba palabra con alguien, o mejor aún, cuando veía el tumulto de gente al formar (andaba muy justo con las faltas y no me quedaba otra que llegar temprano). Entrábamos al aula teniendo que prender la luz, apagándola a mitad de clase, cuando el sol despuntaba lo suficiente como para iluminar el pizarrón y las carpetas. Tenía su encanto.

Hacia fuera, me volvía cada vez más ligero, impredecible. Por momentos a caballo de un rayo eléctrico, arrojando salidas que caían sobre el curso como bombas de napalm. Pero empecé a sentirme extraño. Faltaban pocos meses para fin de cursada, y pensando en eso a veces me ensimismaba mucho. Hasta entonces me había confiado en que las cosas siguieran su curso, pero en el fondo tenía terror de exponerme. Estaba claro que la situación con Melina había llegado a un punto decisivo, en el que no podía darse un paso atrás ni uno adelante sin consecuencias. Ni siquiera detenerse. Ella parecía cómoda, no iba a tomar la iniciativa. Por otro lado, el Chileno hacía sus movidas y lograba entretenerla a base sus máximas de vida. De a poco se había vuelto más refinado, sin perder el estilo, pero abandonando los puntos más soeces que lo distanciaron de Melina en un principio. Melina sentía que lo rescataba, su influjo lo empujaba hacia arriba. También a mí. Con sus acotaciones nos ponía en constante entredicho. De nuestro enfrentamiento velado ella era juez y testigo, con su risa.

Una de esas veces en que acompañaba a Héctor en el kiosco. Entre las cosas en las que él sabía más que yo, además de política, estaba la psicología,  el psicoanálisis sobre todo. De chico había ido varios años a una terapeuta, su familia se preocupó por la muerte de su madre. Él decía que fue mas por no preocuparlos a ellos que por necesidad propia. Llovía finito y lo ayudé a tapar las revistas con una lona transparente. Él cebaba el mate.

-Sabés Palito que a veces me da pena por vos.
-¿Por qué?
-Porque siempre te agarro mirando a Melina. Vos pensás que lo escondés bien, pero es fácil darse cuenta.
-¿Qué se nota?
-Bueno, la situación en sí se nota, todo. La mina te tiene. Y vos podés decir lo que quieras pero te tiene.
-No sé si es tan así.
-Pero es así. Y al Chileno también. Esa mina los va a hacer pelear a los dos, encima la tiene a Fernanda ahí al lado, te pensás que ella no la aconseja… se cagan de risa de ustedes dos. Lo veo.
-…
-¿Qué onda con Carla?
-¿Cuál?
-La de 1º, no te hagas el boludo.
-Ah, si. Nada.
-Está con vos.
-Sí.
-Tiene lo suyo.
-Tiene.
-Qué onda.
 -El otro día fuimos a la plaza.
-¿Y?
-Nada. Nos besamos y no sentí nada.
-Nada.
-Nada.
-Estás con la idea fija. Hasta que no te des la cabeza contra la pared no vas a parar.
-No voy a parar.
-Te estoy avisando eh.
-Yo sé Héctor, pero no es fácil…mientras más siento que estoy cerca de… siento como si…. como si… algo empujara mi pecho hacia… como hacia adentro y… y no puedo, porque de repente me paralizo, y pienso qué podría decirle, cómo podría decirle, en qué momento, y entonces es como si el mundo se viniera encima mío y yo… y a veces me siento tan capaz de todo, de ir y decirle, y de… besarla… pero…
-Yo sé. Te pensás que no sé. No te diría esto si no sabría lo que es. Pero tenés que parar un poco chabón. Tu problema es que estás demasiado pendiente de ella y de tu idea de ella. Yo te puedo decir que veo cosas de ella que…
-Qué vas a decir.
-Que no es la mina que pensás que es. Te está usando. Pero bueno listo, no te vas a dar cuenta hasta que estés demasiado cerca, me parece innecesario, me parece que…
-Eso es porque es amiga de Fernanda, es un tema tuyo eso, no me lo quieras meter a mí. Yo no quiero estar con Fernanda, pero es amiga de Meli y yo me hablo con ella, y bueno, son amigas, que querés que haga.
-¡No es eso Palito! Mirá cómo te ponés boludo. Pará un poco man.
-Mierda… yo… es que… no entendés.
-Si boludo, sí que entiendo. Estás enamorado, ya sé. Que te pensás que no sé lo que estar con el corazón en la boca por una mina.
-No sé.
-Bueno, si sé. Escucháme bien porque si no puedo hacer que cambies tu curso de acción, por lo menos escucháme esto que te voy a decir.
-El qué.
-Sobre el mito de la Medusa.
-Ahá.
-¿Conocés el mito de la Medusa? Era una mina tan linda que…
-¡Si, si!
-Bueno, pará. Los mitos son como mensajes cifrados que hay que saber desenredar. Cuando podés hacerlo, te dan mucho más de lo que te podrías imaginar. Escucháme bien porque esto te va a ayudar para lo que sea que tengas en mente. Confiá en mí.
-Bueno. Dale.
Un señor vino y le compró un Crónica. Seguimos.
-Qué pasa cuando los hombres miran a Medusa.
-Se convierten en piedra.
-Bien. Por qué.
-Porque tenía la cabeza llena de víboras y era horrible.
-Ahí está el error. Dijimos que Medusa en un principio era linda. Demasiado linda.
-Se cogió a Zeus y Hera la castiga, convirtiéndola en…
-Bueno ahí está. No te quedes con que es fea, eso es lo que Hera, envidiosa, quiere pensar de ella.
-No entiendo Héctor, das muchas vueltas.
-Quedáte con esto: Medusa es linda, demasiado linda.
-Ahá.
- Ese su poder sobre los hombres. Cuando los mira, los convierte en piedra.
-Los paraliza.
-Claro ¿Entonces qué hacés?
-La prendo fuego.
-…
-Bueno a ver.
-¿Cómo vence Teseo a Medusa?
-Usa un espejo. Un escudo como espejo.
-No la mira. Mira su reflejo.
-Si.
-¿Entendés?
-No sé. Creo que no. Si no miro a Melina va a pensar que estoy enojado o algo, y el Chileno va a ganar terreno, y yo…
-No. Pensá un momento lo que te digo ¿Cómo se vence a la Medusa?
-…
-Y pensá, no es Medusa la que nos vendieron, no es Medusa la víbora gigante y horrible. Es Medusa la que se cogió al dios del Olimpo.
-Cualquiera puede caer.
-Por qué.
-Porque se dejan llevar. Se arrastran por ella.
-Bien.
-Y Hera representa a todas las mujeres decentes que son cornudas por culpa de la atorranta de turno. Para ellas los hombres son pollerudos.
-Bueno… en realidad…
-¡Si, si, es eso! Mujeres así son la base de todo, madres de familia, que se casan para poder dejarse estar, asentarse. Entonces viene la pelirroja de Rogger Rabitt y les roba al muñeco, pero para ellas es un monstruo. Ese es el cuento, eso es. Medusa es Lilith.
-Más o menos. Lo importante es por qué los hombres caen con Medusa.
-Pierden.
-¿Y vos cómo vas con Melina?
-Al precipicio… si…
-Directo ¿Sabés por qué?- me da el mate-. Y esto es lo que te va a volar la cabeza si lo agarrás bien. Miráme bien. Concentrá toda tu atención en este momento.
Una vieja le compró la Predicciónes mas una revistita de crucigramas.
-Estoy.
-Lo que vos ves en Melina y que te corta la respiración, no es Melina en sí misma, es lo que de ella resuena en vos. Es lo que de ella está en VOS mismo, en TU ideal de mujer –puso un dedo en mi pecho-. Cuando ella hace o dice algo, o cuando te ponés a mirarla, ella hace eco en esa parte de vos, y te destruye por dentro. Ella no tiene idea realmente de esto que produce.
-¡Algo tiene que saber!
-Me animo a decir que en todo caso sabe muy poco. Incluso yo hoy me doy cuenta que estás más metido de lo que pensaba.
-Me carcome lentamente. Todos los días sonrío mientras me retuerce el corazón como un trapo de piso… no sé que hacer Héctor- me puse a llorar.
-Yo sé Palito, yo sé que estás sufriendo. Pero tenés que entender esto. No se trata de Melina, no esencialmente. Se trata de vos. Estás agarrando un fierro caliente todos los días, luchando por no convertirte en piedra y ella no sabe nada.
-Tiene que saber…
-Sabe algo, si, pero ¿Hasta qué punto? Y no es contra ella, digo, o sea ¿Podría ella realmente saber? ¿Entendés?
-No, no, pero ella… -sonándome los mocos- en algún momento tiene que saber, algo tengo que hacer.
-Si, pero no. De eso te quería hablar, porque te veo que vas para ahí. Vos estás pensando en agarrarla y decirle todo.
-Si…
-Error. Si lo hacés, perdés. Te convertís en piedra. Y no porque a ella no le pase nada con vos, no es eso.
-Qué es.
-Es una cuestión de saber dominarse. Ella tiene que poder ver en vos que podés dominarte, y llegado el caso, dominarla.
-¡Yo no quiero dominarla!
-No quise decir eso… puede haber un equilibrio, pero en algún momento un hombre tiene que poder agarrar las riendas. Las mujeres lo necesitan. Y si querés que las cosas te salgan bien, lo vas a tener que poder hacer. Sino, olvidáte. Podés ser inteligente, gracioso, tener encanto, todo lo que vos quieras. Pero si no tenés eso, no tenés nada. Y una mujer desde que nace aprende a saber quién lo tiene y quien no. Y Melina es muy viva, eso te lo voy a reconocer.
-No tiene por qué ser así todo.
-Decíme una cosa ¿Qué imaginas cuando pensás en estar con ella?
-Cosas.
-Bueno, pero qué cosas.
-Pienso… en caminar de la mano. Reírnos. Cosas así.
-¿No pensás en “hacerle el amor”?
-A veces. Intento no pensar mucho en eso.
-Pero pensás.
-Ponele.
-Y no te atrevés a pensarlo ¿Te das cuenta?  Porque no se trata de Melina, se trata del ideal de mujer que no querés violentar ¿Entendés? ¿Ves como todo esto tiene toda una cosa interna de la que ella nunca se entera?
-Algo. Pero yo no lo había pensado así, o sea, está la Idea, y está el mundo, y la Idea proviene del mundo.
-Si, Palito, exactamente. Platón no es el camino. Tenés que dejar de ver en ella tu ideal de mujer, tenés que poder verla tal como es. Es una mina linda, es inteligente, tiene imaginación, pero tiene sus cosas, es mala a veces.
-Malísima ¡Eso me gusta de ella! A veces me mira de una forma que me dan ganas de ponerle un látigo en la mano.
-Bueno eso es un tema la verdad- se reía-. Pero ese es el escudo de Teseo, no mirar al ideal, sino mirarla a ella. La metáfora invierte el signo, porque el espejo de tu ideal es la Melina de carne y hueso, y tu ideal es lo que te paraliza, no ella. Para vencer eso, tenés que enfrentar tus demonios. Lo que quiero que entiendas, o sea, por lo menos, es que acá vos tenés dos enemigos.
-Melina no es mi enemiga.
-No. Pero tenés dos problemas muy diferentes, y vos estabas pegando todo en una misma cosa. Tenés, primero, un problema interno, el de que tenés una demanda muy profunda de algo que nadie te puede dar. En algún momento vas a tener que aceptarlo. Ahora o más adelante, igual lo vas a tener que hacer. Y no es que sos vos solo que te pasa esto, es lo que le pasa a todo el mundo. Es el creer que hay una persona por ahí dando vueltas que nos va a llenar el vacío que tenemos adentro.
-Romanticismo not dead.
-Y decíme – me pasó otro mate- ¿Existe eso? ¿Existe esa persona para cada uno?
-No, puesto así, no. Sería demasiado perfecto. Poco probable. Habría que cubrir demasiadas variables, habría que suponer alguna clase de karma o dios que…
-Exacto.
-Y dios no existe. Tampoco el karma. No pueden existir. Jamás.
-Nunca.Y todo este sistema de mierda se basa en vendernos que eso existe, que el amor perfecto existe, porque en el fondo lo necesitamos. Demasiado.
-Lo reconozcamos o no, todos quisiéramos poder creerlo…
Un pibe vino a pedir dos pesos en moneda, Héctor le dijo que no tenía, que pregunte al de las garrapiñadas.
-Tenés que poder ir mas allá Palito. Porque si lográs resolver el primer problema, el segundo va a caer solito.
-Lo que me estás queriendo decir es que para estar con Melina, tendría que chuparme un huevo Melina.
-Perfecto.
-No acepto.
-Vas a entrar al templo de la Medusa.
-Si, voy a entrar.
-Pero cuando llegue el momento, usá el escudo, haceme caso.
-No decirle lo que es para mí mismo, decirle lo que es para ella nada más.
-Bueno Palito, capaz que lo veas así es todo lo que puedo hacer por vos hoy.

Dijo esto mientras le cambiaba la yerba al mate. La lluvia se largó un poco más fuerte.

jueves, 17 de mayo de 2012

El polimodal (20)



La revista nunca se hizo. Fue otra de esas ideas que podíamos alimentar durante todo el día, primero en el colegio y después caminando por Pacheco, y que después quedaban en la nada. Todo dependía siempre de que se pudiesen o no concretar en el momento, o a lo sumo en un corto plazo muy inmediato. En parte por fiaca, pero también por concepto, porque la magia estaba en que las cosas pasaran en el momento en que eran concebidas, sin más sostén que la fuerza del impulso. Demasiada planificación siempre nos jugaba en contra. Una vez me fui al colegio con una muda de ropa en la mochila, y cuando terminó el recreo Daniel retuvo al Chileno en el patio, mientras yo me cambiaba y después convencía al curso para que participen de la joda. La idea era hacer como si nada y ver si el Chileno notaba la diferencia. De una remera blanca con jean pase a una celeste con un jogging negro. Cuando armamos grupo para hacer un trabajo práctico, el Chileno se me quedó mirando.
 -Te hiciste una paja y te acabaste encima.
-¿…?
-La remera, te la cambiaste.
-¿Qué? –mirándomela- No, flasháste Chileno.
-Dale pelotudo, te la cambiaste.
Los pibes miraban a Marcos con cara rara, y cuando el les preguntó buscando apoyo fue rechazado, incluso por Antonella. Daniel tiró:
-Me parece que la paja te está afectando a vos Chileno ¿Por qué no esperás que te suba la guasca al cerebro de nuevo?- y todos nos reímos, aislarlo era parte del plan. Cuando se puso de pie y le preguntó al resto de las chicas nadie le pasó cabida, y entonces se sentó y se me quedó mirando.
-Pero… ¿En serio no…? Yo te vi hoy. Era blanca la remera.
-¿Estás bien boludo? ¿Te pasa algo?- le preguntó Héctor.
-No, nada.
Y se quedó callado. Participó poco en el trabajo práctico, y me pareció que mordía la lapicera con más frecuencia de lo normal. Una semana después le aclaramos lo que había pasado y le preguntamos que pensaba del asunto.

-¡Ah yo sabía! Fue muy raro todo…
-Si pero el punto es que ya te habías rendido, no bancaste los trapos Chileno- dijo Daniel.
-Y bueno que querés también…
-Si pero el problema es que te elegimos a vos porque era difícil convencerte, si le decíamos a Palo que tu remera era plateada por mas que fuera negra el iba a decir que era plateada.
-¡Calláte puto qué decís!- protesté.
-¡Jaja! No Chileno pero en serio, esto nos preocupa porque significa que el individuo no puede soportar la presión de la masa si está solo- dijo Héctor.
-Siempre es mejor si por lo menos hay una persona que te entiende, sino te volvés loco. Es como en el Proceso de Kafka- dije, disimulando mi irritación.
-No sé si para tanto- matizó Marcos.
-Chileno yo no quiero decir nada, pero estuvimos hablando sobre tu conducta ese día, y notamos varias cosas- dijo Héctor.
-Primero que todo, después de eso casi no gediste más en todo el día. Hasta Melina te dio pié en una que dejaste pasar, con lo del gesto de la publicidad de toallitas- observó Daniel.
-Después casi no participaste para el trabajo práctico, estabas lento para copiar el dictado y mordiste tu lapicera más que en lo que va del año- dije.
-Bueno vayanse a la mierda. Me pueden chupar bien la pija.
-No entendés Chileno, no sos vos el problema, es todo. Esto significa que si no nos mantenemos unidos, la masa nos va a absorber y descomponer. Cuando termine el año, tenemos que encontrar la forma de no perdernos entre nosotros- dijo Héctor.
-No quiero verte a vos con 30 años reponiendo en un supermercado, a Palo llevando un carro de bebé con otro guacho de la mano y a Héctor demacrado por luchas sindicales dentro de una fábrica de mierda- dijo Daniel.
-¿Y vos qué hijo de puta? saliendo de un Mercedes. Tomatelá- dijo Marcos.
-Para mí que se hace futbolista y fracasa en la B. Se hace puto en el proceso- dije, intentando equilibrar las agresiones.
-No te enojes Chileno, fue para bien- dijo Héctor.
-Ya fue, no pasa nada.
-Sabemos que tenés sed de venganza, mas vale que la uses contra alguno de nosotros y que sea productivo- le dijo Daniel.
El Chileno lo miró. Después me miró a mí, pero no entendí el significado de esa mirada y seguimos caminando hasta dividirnos.

La semana siguiente nos juntamos a la noche en la avenida comercial. Cada uno había llevado una docena de huevos. La causa había sido cuando Héctor le dijo a Daniel que no rompa los huevos con el asunto de Fernanda y la hermana, y yo dije que por qué no comprábamos huevos para tirarnos a la noche desde un lado al otro de la ruta. Hicimos dos bandos. De un lado Héctor y yo, del otro el Chileno y Daniel. El condimento era que la comisaría estaba a 2 cuadras. Los lanzamientos eran por turnos, el bando que recibía los disparos no podía moverse ni taparse la cara. Daniel acertó a Héctor en el hombro, casi en el cuello. Daniel recibió uno de Héctor en la cintura. El Chileno me dio en el brazo, y yo apenas logré darle en la pierna. Los últimos tres tiros fueron reservados para un vale todo que no duró mucho, pero tuvimos oportunidad de poder tirar por encima de los escasos coches que pasaron. Un par tocaron bocina, pero como no le pegamos a ninguno nadie paró. Las veredas y la calle eran un chiquero, salimos corriendo una cuadra para adentro por las dudas. Cuando empezamos a caminar el Chileno se sacó uno del bolsillo de la campera y me lo aplastó en la cabeza con la mano.

-¡Eeeeh que puto que sos Chileno! –espeté.
-Muy rastrero, pero lo vale, mirá como te dejó- festejó Daniel.

Un reguero amarillo me caía del pelo embadurnado, manchándome la campera de jean. Yo no estaba realmente enojado, en el fondo estaba implícito que algo así podría pasar desde el momento en que propuse lo de los huevos, y me había tocado a mí. Así que cuando pude sacarme la mayoría de engrudo, y con pelo todo pegajoso, ya estaba hablando lo más bien. Y el Chileno me miró de nuevo, como esa vez hacía poco. Solo horas mas tarde, después de haber llegado a casa y mientras me daba una ducha, empecé a pensar en lo que Daniel me había dicho tiempo atrás, y en que Marcos podía estar celoso de mí por Melina.

martes, 20 de diciembre de 2011

El polimodal (19)


El parque abría sábados y domingos. Mi tarea era esperar en la entrada al grupo designado, generalmente de 15 a 20 chicos de entre 7 y 13 años (acompañados de algunos padres), para guiarlos por los juegos según un diagrama mas o menos improvisado pero que terminaba siempre en un gran comedor, donde todos los grupos comían y le cantaban el feliz cumpleaños a algún nene o nena de papá. Tenía que estar pendiente de que nadie se lastimara, de negociar constantemente con los que se portaban mal, mi peor terror era que algún nene se perdiera por ahí en medio de la marea de gente, y de alguna forma me sentía bien teniendo esa responsabilidad, por estresante que fuera. Odiaba el uniforme, un pantalón caqui con una remera azul que me quedaba grande, zapatillas de lona. Pero tener ese dinero ya no solo era necesario para la revista, sino para comprarme algo de ropa, para escapar de las extorsiones de mi madre, no tener que pedirle plata para todo y no depender de su generosidad para salir.

Cubría mis gastos, eso era algo que ya no podía echarme en cara, haciéndome sentir como una sanguijuela. Y cuando a fin de mes se terminaba la pasta de dientes, el papel higiénico o no había plata para comprar leche, y sabiendo perfectamente que en la primera semana se había gastado en pelotudeces (como esos viajes innecesarios en remis o esas cremas que se acumulaban en su cómoda), yo iba y sin decir nada compraba. Cada vez que lo hacía sentía un regocijo muy intenso, una extraña plenitud, en el fondo una pequeña venganza contra el orgullo de mi madre. “Ay, gracias hijo…” decía, como si mi ayuda viniese del cielo. Yo asentía con una sonrisa. Se fue dando cuenta de que no era tan simple, empecé a hacer comentarios agrios en el momento exacto en que la veía a punto de hacer esos extraños gastos de principios de mes, como si yo tuviese derecho a opinar sobre la economía de la casa. Eso realmente la sacaba de quicio, y como yo aparentaba ser razonable y preocupado,  y como ya no podía amenazarme con no darme dinero para mis cosas, con el tiempo logré que a fin de mes no faltara lo básico.

En la semana veía a Melina en el colegio, que cada vez salía menos al patio en el recreo. No podía quedarme solo en el salón si los pibes salían, hubiese quedado en evidencia. Pero a veces volvía un rato antes de que sonara el timbre y ahí estaba ella. Si estaba Alejandra tenía que mantener equilibrada la conversación con ambas, pero sino podíamos hablar tranquilos. Cuando estaba solo, me acordaba de mis conversaciones con ella, repasando los momentos más intensos con deleite, sonriendo sin poder contenerme. También imaginaba líneas de diálogo distintas a las que habíamos tenido, cosas que ella o yo habríamos podido decir, réplicas posibles para los momentos en que ella me dejaba sin saber qué decir. También pasaba que se me ocurrían cosas aisladas para meter en algún momento, algún juego de palabras, alguna metáfora indecente pero rebuscada, decepcionar a Melina no era una opción. Pero con ella, como con los pibes, también tenía esa sensación de que al hablar con ella algo único iba a pasar. Porque no importaba cuantas cosas hubiese imaginado yo en soledad, nuestras palabras siempre tomaban aguas rápidas, un camino imprevisible en el que cada paso alumbraba el siguiente, en el que mis pensamientos y los de ella entrechocaban continuamente, en un duelo de ingenio y temple con el que los dos nos hacíamos cada vez más agudos. Y en el fondo me sentía un miserable, porque mientras yo invertía gran parte de mi tiempo pensando en esos encuentros, contemplando posibles escenarios para aumentar mis recursos, estaba completamente seguro de que ella no lo hacía, de que le alcanzaba simplemente con ser como era. Yo sentía que si Melina no decía nada, era porque no había nada para decir, y que si yo no decía nada, era porque mi imaginación se había quedado corta.

Los fines de semana en la veía en el Parque. Si el grupo que tenía ese día era de nenes muy chicos podía llevarlos a su sector, donde ella podía estar manejando el carrusel, la pista del trencito y cosas así. Entonces ella podía verme hacer de niñera y reírse de mí. También podía verla en el comedor, cuando entre grupo y grupo me hacía espacio para comer o tomar algo y coincidía con su descanso. El comedor era muy parecido a esos que se ven en las películas yanquis de la prisión, mesas largas en las que se juntaban grupos más o menos cerrados. Como muchas veces estaba acompañada, yo me sentaba a comer solo haciéndome el que no la había visto, esperando que ella viniese con su bandeja a buscarme pelea. A veces lo conseguía, a veces no.

Podía pasar que coincidiese con Daniel, pero su sección tenía mucho más personal y mandaba a varios al descanso a la vez, por lo que él siempre estaba con un grupo de gente. Daniel siempre lograba imponer sus condiciones a quienes lo rodeaban. A la mayoría caía simpático porque sabía qué decir y cómo para agitar las aguas y tornar una conversación aburrida en carcajadas. Lo que siempre pasaba era que alguien se mostrara receloso de él, que no lo tragara y que, sin enfrentarlo directamente, intentara boicotearlo. Esa clase de persona era perfecta para él, porque la tomaba de punto, utilizándola para hacer reír a los demás. En el caso de los varones podía ser un tipo desplazado del centro de atención o el eterno amigo de alguna chica que andara atrás de él. A las mujeres lindas las trataba como si no fueran la gran cosa, y ellas estaban tan acostumbradas a seducir con solo vestirse bien y sonreír que se volvían locas por llamar su atención. Así se exponían más y más, y como un cazador que no ataca al animal hasta que está lejos de su cueva, Daniel las dejaba ir más y más lejos. En el Parque no le convenía exponerse mucho por Antonella, y eso le generaba el inconveniente de que le hiciesen propuestas muy evidentes para transar. Salvaba su orgullo retrucando fuerte, con frases como “¿Entonces da para un pete?”, de tal manera que sus pretendientes no podían aceptar sin dar mucho más de lo que esperaban, pero sonreían al recular, como si lo estuvieran considerando. Daniel me contaba sobre esas situaciones. Yo le hacía observaciones, y como él veía que yo entendía la complejidad de muchas cosas en sus manejos, me daba más detalles y analizábamos en conjunto el camino a seguir. Una vez me presentó a sus compañeros y me senté con ellos, pero yo prefería estar solo por si Melina venía.

A veces yo iba para su casa a la tarde, cuando no tenía nada para hacer. Su familia ya me conocía. También íbamos al kiosco de revistas de Héctor y llevaba un ajedrez de tablero magnético, de esos que se pliegan con las fichas adentro. Hacíamos ganador queda, pero yo nunca podía ganarle. Pero esa vez jugamos en la vereda de su casa, tomando gaseosa. No importaba si jugaba con blancas o negras, el resultado era el mismo. Mi único progreso era que las partidas durasen cada vez más tiempo, me iba defendiendo mejor. Mientras jugábamos hablábamos de muchas cosas. Una vez se la compliqué y el partido duró más de lo normal. Entonces me dijo que me iba a marcar mis errores de juego.

-Te preocupás mucho por la defensa. Cuando yo saco mis peones al centro, vos movés el peon-caballo del rey para ir preparando el enroque.
-Ahá.
-Como sé que estás tan preocupado por esconderte, voy al ataque de lleno. Me ubico de tal forma que tu esfuerzo sea al pedo. Pocas veces hago mi enroque porque no lo necesito ¿Entendés?
-Pse.
-O sea tus piezas siempre están protegidas, pero llega un momento en que hay que abrirse paso y sacrificar algunas, para abrir huecos en la defensa del otro. En esos cambios siempre salgo ganando, porque como estoy dispuesto a sufrir pérdidas, los hago con iniciativa. Yo decido cuando me conviene perder un caballo para que pierdas un alfil, o cuando puedo permitirme perder un peón para ganar una posición útil.
-Me cuesta aflojar las piezas, y las termino perdiendo igual.
-Las terminás perdiendo igual ¿Te das cuenta?
-Se.
-Y nunca, nunca tenés que resignar el centro del tablero, ahí es donde se define todo. Si yo abro moviendo el peón-dama al centro, vos tenés que hacer algo para pararlo. Y si yo muevo otro para apoyarlo, lo mismo. No pelear esa zona es un suicidio, por más bien que protejas al rey.
-Claro.
-Te defendés bien, pero te atrincherás tanto que no es necesario que yo me cuide, eso hace que mi ataque gane siempre. Podés jugar a la defensiva, porque se puede, pero para eso tenés que saber atacar también.

Desde ese día nuestros partidos fueron cambiando. Estaba claro que me costaba atacar, y tropezaba mucho con errores torpes, perdiendo incluso más rápido que antes. Pero con el tiempo lo iba entendiendo mejor. Empecé a aceptar los sacrificios de piezas con rapidez, desconcertando a Daniel. Cuando esas tormentas de cambios tenían lugar el tablero se despoblaba rápidamente, y eso me gustaba porque de repente todo era más simple y quedaba manifiesta cualquier ventaja. Una vez logré hacer tablas. Otro día tuve chance de jaque mate pero no la vi a tiempo, me la marcó Daniel después de ganarme, reubicando las piezas. Otra vez tuve un final de reina contra su rey y me sacó tablas. Daniel dijo que nunca tenía que confiarme de las ventajas, seguir jugando como si estuviésemos mano a mano. De todas las veces que jugamos solo le gané un par. Empecé a pensar que mi manera de jugar estaba muy relacionada con mi manera de hacer las cosas en general, como podía ser en mi necesidad de no quedar mal nunca con Melina. Cuando veía a Daniel siendo guaso con una mina, pensaba “pierde piezas, pero ahora ella sabe que si le dice algo picante no puede decir que es inocente, así que cuando eso pase Daniel va a poder avanzar sin temer un rechazo”. Y cuando veía a Daniel en medio de un grupo siendo el centro de atención, o incluso haciendo chistes sobre otra persona con tal de seguir siéndolo, entendía que él no podía resignar esa posición de ninguna manera, intentando manejar su destino y el de los demás.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El polimodal (18)

 Faltaba poco para empezar las clases, y me sentía como un avión en el hangar. Como un corredor esperando el disparo de largada. Porque siempre que veía a los pibes tenía esa sensación de que algo iba a pasar. No importaba qué hacíamos o dónde nos juntábamos, tenía esa seguridad de que pasaría algo único que haría que el día valiese la pena, que fuese irrepetible. Siempre surgía una palabra clave nueva, alguna anécdota se agregaba a la lista que se iba haciendo más larga, algún nuevo desafío era aceptado. Nuestro equilibrio se basaba en el mismo principio que esos adornos de escritorio que no paran de balancearse. Un movimiento continuo. Estar juntos era como entrar en una forja. Con cada día, con cada nueva demostración de lo que éramos capaces, todos íbamos pasando más a una forma potenciada de ser. Alentándonos, conteniéndonos mutuamente, pero también lastimándonos, desafiándonos. Todo era parte de la retroalimentación, y estaba claro que éramos parte de algo. Porque pasar tiempo juntos era ir formando un pensamiento común, un entendimiento de base, tomar posición acerca de muchas cosas. No había tema que no pudiésemos tocar. Incluso cosas sobre las que yo no sabía nada, sobre las que aprendía a los tropezones, diciendo cosas sin fundamento, exponiéndome al ridículo. Al otro día, después de averiguar en la biblioteca, o de meditar sobre el asunto en casa, me rectificaba o me reafirmaba, según hubiese tenido la razón o no. Pero no se trataba solo de eso, sino de saber sostener una posición, por más errada que sea. Hacia adentro, pulíamos esas divergencias, profundizándolas todo lo posible. Hacia fuera, éramos una máquina de guerra, haciendo muy difícil sostener una posición frente a nuestros recursos. Podíamos usar la lógica y los hechos. Lo básico. Pero también podíamos usar silogismos, inventar sucesos históricos, anunciar falsos adelantos científicos. A veces alcanzaba con ridiculizar al oponente, en ese sentido teníamos claro que la falacia ad hominem funcionaba muy bien.

La buena noticia al empezar el año fue que ninguno de los varones del otro grupo logró pasar de año. Eso nos convertía en los dueños incontestables del destino del curso. Porque de haber sido por las mujeres, todo habría sido mas o menos estudiar y chusmear. Nosotros éramos inmaduros y queríamos llamar la atención todo el tiempo. Nosotros atentábamos sistemáticamente contra la tranquilidad, la paz nos sacaba de quicio, y por eso éramos capaces de alterar las cosas. Nuestro curso era una aplicación a escala de un principio histórico mayor, el de que el cambio viene casi siempre por el infantilismo masculino, por su arrogancia, por su capricho. Así lo teníamos asumido. Íbamos hacer de 3º 6º un curso que fuese recordado por años.

No mentiría si dijese que las mujeres estaban a la expectativa de con qué íbamos a salir. Ya en la primer semana, Daniel dijo que la del duende había quedado en el pasado. “Necesitamos una pirámide” dijo. Cuando volvimos del recreo, las sillas y las mesas habían sido puestas en un semicírculo, mirando hacia el pizarrón. Y en el medio, las mochilas de todos formaban una montaña.

El Chileno dijo que todas las mujeres del curso tendrían sexo con él, y que caso contrario encontraría la forma de que eso fuese cierto de alguna manera. No pasó un mes antes de que frotara el lápiz de Pamela con una servilleta arrugada que trajo de su casa, y todos sabíamos lo que eso significaba. Temí por Melina y sentí un escalofrío.
Héctor armó una carpeta compilando textos con cosas que creía que teníamos que leer. Manifiestos ideológicos de varias clases, fragmentos de discursos políticos, diálogos filosóficos entre pensadores o entre personajes de ficción. Incluso un catálogo de películas que teníamos que ver juntos. Nos hizo una copia a cada uno, anillada y todo, con espacio al final para tomar notas.

La verdad que yo no había pensado en nada, yo solo sabía que iba a ser un año fuera de lo normal. En los primeros días, unos de contable interrumpieron la clase de historia para anunciar que ellos iban a publicar la revista del colegio. Iba a salir 5 pesos y lo recaudado iba servir para financiar el tradicional viaje de fin de año “vamos a la frontera”, en el que se ayudaba a algún pueblo necesitado del noroeste con ropa y comida. Y no fue muy original de mi parte, pero ese día dije:

-Tenemos que tener nuestra propia revista.
-Lo recaudado sería para beneficio de… ¿Nosotros?- dijo el Chileno.
-Copas de cristal para tirar desde el techo del colegio. O alguna obra de un pintor medio pelo, comprarla y prenderla fuego. En frente de su casa- dijo Daniel.
-Capaz podríamos hacer un viaje también- dije-. No sé adonde, pero no al Norte, no quiero Mal de Chagas y desnutrición.
-Tengo un conocido que podría hacernos las impresiones a buen precio- dijo Héctor-. Pero igual necesitaríamos algo de plata.

Hicimos unos bocetos de las secciones, pero era verdad que sin plata nada se podía hacer. El Chileno trabajaba con el padre en una tornería, y Héctor seguía con el kiosco de revistas. Pero Daniel y yo no teníamos nada. Nos enteramos de que el Parque del Tigre tomaba menores de los colegios para hacer pasantías, y parecía que no pagaban tan mal. Así que fuimos a llenar la solicitud. Nos llamaron y había mucha gente del colegio en la fila para la entrevista, la mayoría no quedó. A Daniel lo tomaron para la parte gastronómica, igual que a Antonella. A mí me tomaron como guía de grupos de cumpleaños. A Melina para operar juegos de chicos.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El polimodal (17)


Recién cerca de terminar el año fue que mas o menos me llegué a hablar con todo el curso. Con los varones del otro grupo tenía un diálogo escaso pero sin conflictos. Si en parte no me pasaban era por ser amigo de Daniel, pero servía como nexo diplomático entre ambos grupos para pasar mensajes. En todo caso, en el curso la mayoría eran las mujeres. Y nosotros éramos la envidia de cualquier escuela técnica.

Estaba Antonella, la rubia flaquita de ojos claros que tenía algo con Daniel, sin que él se preocupase por definir exactamente qué. Había algo de incondicional en ella, no hacía caso de nada que le dijesen sobre él, aún cuando las querellas viniesen de sus propias amigas. A la salida podía pasar que fuésemos todos caminando hasta su casa en El Talar para tomar algo, sobre todo desde que empezó a volver el calor.

Estaba Pamela, simpática, muy viva y con un cuerpo que cualquier mujer de 25 años le hubiese envidiado. Tenía un novio que siempre la venía a buscar en coche.Trataba con las demás como si fuesen nenas y ella toda una mujer (había algo de cierto en eso). Si por plebiscito se hubiese armado un ranking de las mujeres más deseables del colegio, Pamela sin duda habría estado entre las 3 primeras, mínimo.

Estaba Fernanda, enemiga declarada de Daniel (según él una “gorda resentida), siempre intentaba aprovechar cualquier cosa que pudiese separarlo de Antonella, de quien era amiga. A veces le pasaba que chocaba el costado de alguna mesa con su cadera, lo que enseguida desataba una carcajada de Daniel, y una mirada de ella hacia la profesora, que la miraba como diciendo "¿Qué quiere que haga? tenga más cuidado al caminar".

Estaban Cintia Gaona y Cintia Herrero, “las Cintias” como les decíamos los pibes. Las Cintias no hablaban mucho con nadie y siempre se quedaban en el salón, fuese recreo u hora libre. Por eso habían presenciado muchas de las nuestras, nos conocían bien. Jamás nos habían delatado en nada. A veces El Chileno les decía algo, interpelándolas, como “Cintía conozco un pibe que está loco por vos” y “Cintia-uno” (Gaona) se mantenía impasible, pero “Cintia-dos” se reía bajito, escondiendo la cara. Eran muy tímidas. Las respetábamos y cuidábamos que nadie se metiese con ellas.

Alejandra era la compañera de banco de Melina. La mayoría del tiempo parecía amable, pero nadie confiaba en ella, tenía fama de falsa y de meter cizaña. Su vínculo con Melina era estrecho, supuse que de alguna forma ambas se habían encontrado aisladas del resto. Alejandra por su conducta traicionera, y Melina por su falta de frivolidad, por su incapacidad para conversar sobre asuntos como el maquillaje o las novelas de la tele, por no poder hablar de los varones como lo hacían las demás. Claramente Melina no acostumbraba salir a bailar ni nada parecido. Tampoco mostrarse en los recreos para alimentar su ego, la mayoría del tiempo usaba su buzo canguro azul y rojo, escondiendo su buena figura. Supuse que eran amigas por esos acuerdos de entendimiento implícito, por saber que era eso o estar solas. Alejandra parecía entender mi situación más de lo que yo hubiese querido, de ella podía depender el desenlace del asunto con Melina, sentía que estaba a su merced. Para peor, Alejandra había tenido el año anterior algo con Héctor, que empezó a verse con su hermana, Gabriela. La tensión entre ellos era patente, así como la que soportaba yo por no poder llevarme mal con ninguno de los dos. No estaba acostumbrado a esa clase de conflictos.

Matemáticas fue la materia de la que casi nadie se libró hasta al final. Recién en las últimas dos semanas los que ya habían zafado pudieron salir afuera, mientras los demás rendían. Entre esas personas estaban las Cintias, que se sentaron en la escalera. Y entre esas personas también estábamos Melina y yo.


-Ya casi termina el año Palito…
-¿Te imaginás que estuviésemos viviendo siempre este mismo día?
-Cómo.
-Así, empezando el día, hablando esto, nos vamos cada uno a su casa, y al otro dia se repite lo mismo. Nada cambia.
-Sería raro.
-Sería tener todo el tiempo un deja vu constante. O algo así.
-¡Imposible! Si este día se repitiese siempre ¿Quién podría decir cuando empezó a repetirse?
-O sea…
-Si se repite para siempre, se repitió desde siempre, es un círculo cerrado. Si cada día es idéntico al anterior…
-No podría haber ninguna diferencia. No podría haber deja vu, a menos que…
-…fuesen siempre los mismos, exactamente la misma sensación. Todo.
-Formarían parte del círculo también. Claro. No habría chance de despertar ni de salir.
-Exacto.
-Y siempre hablaríamos de esto, de que no se puede salir de acá. Sería peor que la Matrix.
-La vida es sueño dice Calderón de la Barca.
-La vida es eterno retorno dijo Nietzsche.
-…
-…
-¿Me vas a extrañar Palito?
-Si Meli ¿Vos?
-No ¡Qué te pensás nene!
-Capaz mañana, en este mismo día que se repite para siempre, me decís que sí y yo me río de vos.
-No Palito, ya te dije es un círculo perfecto, no puede tener fallas. Siempre gano yo.
-No puede tener fallas.
-Nop.
-¿Te vas a algun lado?
-A la costa. Mi familia tiene una casa en San Bernardo.
-Ah.
-¿Vos?
-Mi familia tiene una casa en el Delta de Entre Ríos, un paraje desolado en medio de la nada. Probablemente me lleven ahí a contar los días que falten para volver.
-Ah bien.
-Mientras vos estés tomando sol o caminando por la playa, capaz yo esté destripando pescado o cortando yuyos con machete.
-La verdad me aburre la playa.
-Si, claro.

Pero el año terminó, y mientras mamá, Hernán, Elena y Fede se fueron a la isla por un mes, yo me quedé en casa con papá. Mamá no puso resistencia porque era bueno que hubiese alguien en la casa mientras papá trabajaba (diciembre de 2001 había instalado el miedo a los saqueos, todavía duraba). Pero también por el bien de sus vacaciones, por no tener que aguantarme. Intenté mantener la casa mas o menos en orden, saliendo adonde yo quería y cuando quería. Los pibes me pasaban a buscar a la tarde y así conocieron a mi viejo, que me daba algo de plata, no mucha pero sin hacerme planteos. Salíamos a andar en bici, yo agarraba prestada la de Hernán. O llevábamos el Sega de Daniel a lo de Antonella y jugábamos al Internacional Superstar Soccer (Deluxe). Y siempre que enganchábamos alguna repetición de los Simpsons, la poníamos.

Cuando mi familia volvió, y mientras ayudaba a organizar las cosas de los bolsos, Fede me puso al tanto de que no me había perdido de mucho. Yo ya sabía con toda seguridad que había sido uno de los mejores veranos de mi vida.

martes, 15 de noviembre de 2011

El polimodal (16)


La situación en casa había tenido algunos cambios. Fede y yo nos volvimos mutuamente más independientes, nuestros círculos sociales casi no se cruzaban. A los dos nos parecó lógico. Emiliano ahorró y se fue a España con una buena oferta de trabajo, relacionada con la empresa autopartista en la había estado varios años. Él era el preferido de mamá así que eso la afectó. Hernán se puso de novio, y mi cuñada tuvo que pasar por lo que pasa cualquiera que conocía a mi madre: al principio amable y cálida, y después una bestia impredecible con ataques de celos, contra los que Hernán tenía que pelear de tanto en tanto. Elena se estaba llevando todas las materias, camino a repetir de año otra vez. El día que mamá se enteró le pegó varias veces mientras ella escapaba a la pieza. Papá tuvo que ponerse en el medio y recibió algunos bifes.

Era difícil contribuir así, pero intenté hacer mi parte, metiendo la religión y la política en la mesa. Alguna frase iniciaba todo, sobre algo como el racismo o el aborto, en tono blasfemo, antipapista si era posible. Sobre todo si había puchero o sopa. Una vez mientras yo defendía los derechos de los homosexuales, ella dijo “Nicolás, hijo, insistís tanto con ese tema… me parece que tenés un conflicto, y si es así lo podés hablar conmigo ¿Sabés? Puedo tener un hijo así, ya estoy para todo”, y al decirlo miró a mi hermana con saña. Me la jugó bien. Pero la mayoría de las veces la dejaba sin argumentos, la obligaba sus recursos más bajos, uno tras otro, y a medida que lo lograba se desgajaba su ficticia disposición a dialogar las cosas, salía a la luz el hecho de que ella tenía el poder en la casa, y que lo usaba si las papas quemaban. Antes, sufría amargamente las privaciones de dinero y salidas como una injusticia. Pero aprendí a tomar esos desenlaces como señal de mi superioridad moral ante ella.

Les contaba sobre mi madre a mis amigos, se reían mucho de ella. Daniel dijo que un día yo iba a aparecer en el noticiero por matarla de 114 puñaladas o algo así. El Chileno dijo que la autopsia revelaría violación, antes y después de su muerte. Héctor agregó que a partir de esa conversación el acto ya sería premeditado, y que atestiguaría en mi contra en el juicio para desechar mi defensa por emoción violenta.

Antes de noviembre ya tenía mis primeras amonestaciones. Una profesora de otro curso me vio dándole una patada voladora a la puerta. Yo quería pasar, pero desde adentro el Chileno hacía fuerza para trabarla. Falsificar la firma de mis padres fue fácil. También tenía algunas faltas por llegadas tardes, nada grave. No me llevaba ninguna materia. La nueva ley decía que si la nota del 3º trimestre era un 7, el año de esa asignatura quedaba aprobado, por lo que Noviembre fue el mes en el que los profesores intentaban hacer recuperar a los que venían mal. Así que tuvimos mucho al tiempo al pedo, incluso nos dejaban salir al patio a los que no teníamos que recuperar nada. Entre esas personas por supuesto, también estaba Melina.

Noviembre era también el mes de mi cumpleaños, en el que hicimos un festejo quemando el muñeco que habíamos armado durante el año, en la esquina de lo de Daniel (lo sacamos por partes). Cuando llegué a casa, entrada la noche, mi familia me esperaba con enojo generalizado, había hecho esperar a mi tía varias horas y mi abuela se había ido porque trabajaba temprano al otro día.

-Te estábamos esperando.
-Es mi día y lo puedo pasar como yo quiera y con quien quiera. No le pedí nada a nadie.
-¡No seas maleducado!
-Contestále bien a tu madre- dijo papá.
-¿Quién te enseñó a hablar así me querés decir?
-Vos mamá. Vos me enseñaste perfecto.
-¿Por qué no trajiste a tus amigos a casa a ver?
-No quiero que los espantes con tus ataques. Llamarían al 911, habría lluvia de cristales y muchas bajas.
-Te hice una torta, tiene durazno con crema- dijo mi tía intentando aligerar la tensión.
-Gracias tía ¿Ves mamá? La tía no está enojada. Así que ya está, no te preocupes más- dije, y sus ojos chispeaban. Como había visita, no podía desbocarse, mi sonrisa le decía que yo lo sabía perfectamente. Empezó a llorar.
-¡Tanto esfuerzo que hago por esta familia podés creer Fabi! Y este mocoso que me contesta así…
-Mamá ¿Qué te hacés la dolida? Ni que yo fuera el Anticristo… ¡Ojalá!
-¡Ah!- y con ese alarido se tapó la cara.

Fede no reía, pensaba que se me iba la mano. Elena no entendía como podía yo no tenerle miedo a mamá, si sabía que apenas se fuese mi tía me iba a caber. Papá intentaba mirar la tele, resoplando con hastío. Yo comía mi porción de torta de durazno con crema. Mi tía las hacía mejor que nadie.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El polimodal (15)

 Muchas de nuestras conversaciones se trataban sobre cómo deberían ser muchas cosas. Uno de los principales blancos era la publicidad:

-¿Por qué las publicidades de dentífricos son tan pelotudas? Siempre ese lenguaje neutro, lo odio- dijo Daniel.
-Las de jabón para la ropa, para mujeres esclavas de la limpieza. Para mí fue como un trauma saber que diseñan todo eso de tocar el timbre de una mina para que parezca de verdad, es todo mentira, o sea hay un casting para elegir a esa mina que sale haciéndose la sorprendida- dije yo.
-Las del yogur violeta me dan ganas de ir a buscar al que las hace y deformarle la cara con un cutter, se piensan que no nos damos cuenta de que son para las viejas con cañerías tapadas- protestó el Chileno haciendo gesto alusivo.
-Están orientadas a targets específicos de la sociedad. Son estereotipos de consumidor que tienen estudiados, fórmulas que funcionan. No pueden salirse del esquema si no quieren perder plata- sentenció Héctor.
-Pero podrían hacer algo más copado. Dame la mitad de la plata y te hago una publicidad de la re puta madre- retrucó Daniel.
-Depende de que bien de consumo sea. Si es ropa, o un recital podés hacer de todo. Son cosas que definen tu identidad y que no son estrictamente necesarias. La plata que la gente gasta en eso no es parte de las cuentas del mes, es parte de los gastos de capricho. Ahí la publicidad trabaja sobre el deseo del consumidor, necesita tentarlo.
-Pero el jabón en polvo, el dentífrico, el limpiador antigrasa, el yogur laxante… son cosas que uno compra en teoría todos los meses- acoté, intentando seguir el razonamiento.
-Claro. Esas publicidades trabajan sobre la persona que recorre las góndolas pensando en lo que le hace falta en su casa. Alguien que está intentando ser responsable. Entonces no pueden trabajar con la tentación. Necesitan darle al que compra una imagen de gasto razonable, necesario, de conveniencia.
-Entonces siempre vamos a ver lo mismo. Para todo lo innecesario, publicidades que sorprenden, que intentan seducirnos con el impacto. Para todo lo necesario, la misma mierda de siempre, el mismo esquema que se repite. Es un asco- dije.
-Y va a ser peor. En el futuro las publicidades van a ser mucho más invasivas que ahora. Van a estar tan presentes que todo el asunto va a estar fuera de discusión. Ya es así en algún punto: Coca cola, Mc Donald´s, Disney… -concluyó Héctor.
-Yo podría vivir como creativo de publicidad. Haría mucho más que todos esos boludos juntos con menos recursos. Yo haría que las amas de casa compren espadas ninja y que los pelotudos como el Chileno compren una licuadora- dijo Daniel.
-Quiero una. Cuánto.
-No es tan fácil- dijo Héctor.
-Qué no. Lo que sea que pongas en la tele la gente va y lo compra. Y si no lo compra lo ponés de nuevo, y sino lo ponés de nuevo. La gente es pelotuda. Yo me aprovecharía mejor.

A veces la queja contenía sarcasmo, como si en el fondo supiésemos que no servían para nada, que nada podría en realidad cambiar, y que las cosas eran así porque no podían ser de otra forma. Esto por un lado coartaba cualquier chance a nuestras pretensiones de reformar del mundo, pero esa imposibilidad a la vez nos habilitaba entonces a expresar el enojo, aunque inofensivo, de la forma más corrosiva. Como en la música.

-Chileno ¿Por qué tenés una mochila de la 25? ¿Te hacés el rolinga ahora?- le pregunté una vez.
-Ni en pedo. Se la agarré a mi hermano. Necesitaba una.
-¿Saben que hay que hacer con todas esas bandas de mierda?- se metió Daniel.
-Cuáles.
-Como la de tu mochila: la 25, los gardelitos, Callejeros, Pier, Jóvenes Pordioseros.
-La Mancha de Rolando- agregué.
-Si, también. Primero hay que organizar un supuesto festival de rock en un estadio de fútbol. Después hacerles creer a cada uno que llegó su momento de tocar para que salgan todos juntos. La gente en las tribunas, todo lleno, popular, plateas. La parte de la cancha libre. Apenas terminan de entrar las bandas se cierran todas las salidas, quedan encerrados. Ahí hay que tirarles unas armas al piso.
-Onda gladiadores.
-Se. Entonces por los parlantes se escucha “como todas estas bandas de mierda son iguales, viven de hacer la misma música y confunden a la gente con su melodía mediocre, ahora todas van a luchar entre sí hasta la muerte. La última que quede, va a ser la única autorizada para tocar de esa manera tan nefasta. La gente pide sangre. A pelear”. Y listo.
-¿Y si al final quedan chabones de distintas bandas? Van a tener que armar una de última- dije.
-Yo soltaría unos leones tambíen- dijo el Chileno-, y si al final ganan los leones se termina el rock barrial. Para siempre.
-Yo me imagino- y me empecé a tentar, ya antes de relatar la imagen, eso me pasaba mucho- al flaco de la Mancha de Rolando, que se da cuenta de la que se viene antes de salir por la compuerta, y se quiere meter adentro, onda “¡Hace 20 años que tocamos nuestra música, qué nos vienen a decir, no merecemos estar acá!”, y cachetazo en la nuca ahí nomas, un empujón para que entre, la compuerta que se cierra y el chabón que mira alrededor, empezando a caer en la que se le viene.
-Y el flaco de Pier que ya lo espera con una llave cruz, decidido a que su banda sea la única, sabedor de su mediocridad o sea re asumido ya en el juego. Se la da en el mentón, no dura ni 5 segundos el chabon de la Mancha de Rolando, queda tirado en el piso mientras todos luchan por su banda y su vida. 20 años tocando y todo termina así. Charco de sangre- completó Daniel.
-El de la 25 que quiere tocar en vez de pelear y le cabe un espadazo en la jeta con el primer acorde. Juanse de los Paranoicos desde un palco vip, se cree a salvo, el Pity le corta el cuello y se lo tira a los leones. Por hijo de puta- dijo el Chileno.
-La gente enceguecida, agitando. Pide más- coronó Daniel.

Las risas podían durar mucho, según la capacidad que tuviésemos para construir las escenas, para ir agregándole cosas, manteniendo encendido el fuego. Todos los días conversaciones así, conciliábulos en los que nuestras miradas se cruzaban con entendimiento, en los que el mundo era continuamente destruido y reinventado. Cada uno de nosotros luchaba contra los titanes en su interior, intentando derribarlos. Éramos un ejército de 4.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El polimodal (13)


Melina no gustaba de todo lo que hacíamos, desaprobaba con un gesto algunas maniobras. Pero era evidente que para ella éramos un caso aparte, que estábamos en otro nivel. A veces estábamos en el medio de alguna discusión y ella quería decirnos algo, entonces yo mediaba para que tomase la palabra. Una vez los pibes nos reíamos de una escena de los Simpsons.

-Están hablando en la reunión de creativos de Tomy y Daly. Entonces la rubia de pelo corto le dice a Krusty lo de “asertivo” y “paradigmático”- dijo el Chileno.
-Ahí agarra uno de sombrerito y anteojitos y dice: “perdón, pero palabras como asertivo y paradigmático ¿No son las que usa la gente estúpida para parecer intelectual?”- dramatizó Daniel.
-El sombrero es verde, tiene una línea naranja. Tiene como unas rastas el chabón- completé.
-¡See! Y dice: “Estoy despedido ¿No?”- siguió el Chileno.
-“Sí, y con razón”- cerró Daniel.
-No dice así- dijo Melina dándose vuelta.
-Cómo dice- respondí.
-Dice “Sí, los demás nos vemos en la sala de almuerzos”. Es del capítulo que meten a Poochy. Lo de “si, y con razón” es de otro capítulo.
-Tomatelá- tiró Daniel-, a ver de qué capítulo es.
-No sé pero es de otro.
-Ves que no sabés una mierda.

Canal 11 repetía capítulos de temporadas viejas toda la semana. Un sábado a la tarde vi que Melina tenía razón, y les dije ocupándome de que ella me escuchara:

-Al final lo de “y con razón” es del capítulo del Niño Fisión.
-Ah, si, lo vi el otro día- dijo Daniel.

Melina se dio vuelta y me miró, pero no dijo nada, volvió a mirar hacia adelante.

Había cierta tensión en estas mediaciones porque yo no quería traicionar los códigos, pero no podía resistirme a Melina. Daniel se daba cuenta de mi situación. Su casa quedaba a 2 cuadras de la mía, cruzábamos la plaza para agarrar después cada uno por su lado. En esa esquina del reloj nos podíamos quedar media hora conversando antes de ir cada uno a su casa. A veces yo pasaba por su casa y después me iba a la mía, demorando el inicio de la segunda mitad del día, que por lo general incluía alguna escena tortuosa con mi madre.

-Te gusta Melina.
-Me puede.
-El Chileno ya sabe. Creo que él también le tiene ganas. Ojo.
-Nunca toca los útiles de ella.
-Viste. Es piola la minita, y linda. Pero no te vuelvas loco por una concha. Es peor.
-¿Ella sabrá?
-Las minas se hacen las pelotudas, siempre saben esas cosas, por más que te digan que no. Saben lo que generan y lo usan, todo el tiempo. No le des bola. Mientras menos te importe mejor.
-Como si pudiese elegir.
-No porque las minas te hacen eso, te van midiendo, te van probando. Cuando están seguras de que ya te tienen, te dejan tirado.
-Quieran al demonio para vestirlo de santo. No sé dónde lo leí.
-Se. Algo así.

El invierno pasó rápido. De alguna forma encontraba ocasiones para conversar con Melina, la mayoría de las veces cuando ella se quedaba en el salón y yo volvía del kiosco con algo para convidarle. La hacía reir hasta que le dolía la panza, aunque era más difícil si Alejandra estaba con ella. Tambíen volví muchas veces con algo en cada mano para encontrar el salón vacío, o con Daniel esperando para hacer la del duende.

En julio fué cumpleaños de Héctor, hizo una cena en su casa. Supe entonces que su madre no vivía, y que vivía con su padre y su hermana. Espiando la biblioteca de su familia encontré un volumen de poesía maldita, selección de obras de Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé. Se lo pedí, y me lo regaló. Leyéndolo sentí escalofríos, calor, estremecimentos, impulsos de voluptuosidad confusa, una energía cada vez mas grande y profunda. En dos semanas ya lo había releído tres veces.

En esos cuatro meses soltamos un gato de mi madre adentro del colegio, subimos al perro callejero al 2º piso tentándolo con comida, armamos un muñeco con partes de distintas cosas del colegio y lo escondimos en un compartimiento, juntamos más de 30 borradores que llevamos a la casa de Héctor y tiramos por la ventana una máquina de escribir destartalada. A la salida, cuando el salón quedaba vacío, revoleábamos sillas que al caer sobre las otras hacían gran estruendo, y ante el cual salíamos disparados por las escaleras, saltando los escalones de a 4 o 5 a la vez.

A la salida, las veces que hicimos la caminata por la avenida comercial, hasta llegar a la parada antes del puente, donde Héctor y el Chileno tomaban su colectivo, armamos escenas en los negocios, falsos avistamientos de ovnis, buscamos parecidos bizarros entre los transeúntes (mayor el mérito cuanto más rebuscados: jugadores de fútbol retirados, actores de segunda línea, etc), y llegó a pasar que predicáramos el nihilismo con el método de los evangelistas, parando a la gente para decirle que la vida no tenía sentido, que deje de hacer como si lo tuviese.

 A la noche, salimos  a pintar paredes del barrio con aerosol, poniendo frases y dibujos improvisados, robamos enanos de jardín, pusimos candados en rejas desconocidas tirando la llave al desagüe, corrimos tirando botellas de vidrio al aire, colgamos la basura de las casas en las rejas, pusimos macetas de una casa en la de al lado y una vez pusimos el juego de mesas y sillas de jardín de una casa en medio de la calle. Al hacer estas cosas nos reíamos hablando de qué pensaría la gente al empezar su día de esa manera. Imaginábamos preguntas como “¿A quién se le ocurriría algo así?”, o frases como “Este país se va la mierda”, o “No te la puedo creer y la puta madre que me re mil parió…”. Entre otras.

domingo, 23 de octubre de 2011

El polimodal (12)


 Entre las réplicas punzantes, la dramatización de escenas supuestamente típicas de barrio, los diálogos de los Simpsons aplicados a niveles estrafalarios de la vida, y los impulsos de histrionismo, algo se iba formando entre nosotros cuatro. No paso mucho tiempo para que hiciéramos camarilla, nos cubriéramos mutuamente en todo momento y nos entendiéramos con una mirada. Nuestras bromas se iban haciendo más crípticas, un encadenamiento de códigos que nos separaba del resto, provocando una reacción hacia fuera y otra hacia adentro, incluso cuando en ambos casos se tratara de carcajadas (porque nosotros sabíamos el verdadero significado).
En algún momento fue que empezamos a hacer cagadas. Al principio nada importante, frases inconexas en el pizarrón que los profesores borraban desorientados, ruidos ventrílocuos durante la clase, peleas simuladas. Y después, empezó de verdad, porque ya eran operaciones con un procedimiento estipulado de antemano.

“El duende”: si en un recreo veíamos que todos se iban del salón, volvíamos para intercambiar todos los útiles de las mesas, sin que faltara nada. Era anunciada casi siempre por Daniel con una risa de nene diabólico. Mientras que en la 1º vez hubo revuelo, con cada repetición todos en general terminaron aceptándolo, resignándose a mirar buscando sus útiles en las mesas de los otros.

“Veneno”: sacar un objeto de una mochila para ponerlo dentro de otra. Descubrimos que funcionaba mejor con mujeres, surgían más conflictos y sorpresas antes y después de la “confesión” y también era sorprendente atender a la conducta de la que demoraba el momento, con creciente angustia. Más de una vez el objeto nunca volvió a su dueña original. Era mi preferida, requería estar atento a las enemistades y tensiones entre ellas, se anunciaba con un alarido de mono.

“Vómito”: dejar escupidas en cada una de las sillas (las sufría el turno tarde). Esa le gustaba al Chileno, la pedía haciendo una arcada forzada varios minutos antes de salir para que juntemos saliva, sobre todo si alguno de nosotros tenía flema. Después de la 4º vez la directora vino a hablar al aula preguntando qué nos pasaba a los varones, sin saber si culpar a un grupo o al otro, incluso derramó unas lágrimas. Ese tipo de cosas nos fortalecía mucho.

“Sarcófago”: Una palabra rara era elegida mas o menos al azar, y después tenía que ser incluida durante la lección oral, fuese individual o en grupo. Ideada por Héctor. Como al principio fue demasiado fácil, se agregó la complicación de sortear 4 papeles cuyo contenido debía mantenerse en secreto. En uno decía “gatillo”, en otro decía “disparo” (en los otros nada). El gatillo era encargado de hacer un chasquido con la lengua durante la exposición. El disparo tenía que incluir la palabra acordada durante los siguientes 10 segundos. La primera vez que el procedimiento completo estuvo listo, hubo que incluir la palabra sarcófago en medio de una lección sobre los menonitas.

Las operaciones en potencia fueron innumerables, muchas quedaron en la nada por impracticables o por falta de consenso en su mérito. No contaban las improvisadas colaboraciones que pudiesen surgir con resultados insólitos, porque no tenían un objetivo previo, o como decía Héctor, a priori. Además, fueron pocas las que ameritaron repetirse como para recibir un nombre. Héctor era el menos entusiasmado por las operaciones riesgosas, pero hacía de campana si era necesario. Daniel y Marcos ya levantaban sospechas por su conducta del año anterior, por lo que tenían que cuidarse de que nadie pudiese probar nada. Mi historial limpio y  mi imagen de estudiante aplicado me daban el margen para absorber el impacto, al menos por un tiempo. Si había que robar algo de preceptoría, yo iba. Si había que distraer al profesor acercándome a su escritorio para tapar su vista de alguna situación, lo hacía.

Una de nuestras mejores guías para el éxito de una operación era el rechazo y la desorientación del otro grupo varón. Eran seis en total, y no tenían parecían tener idea de por qué hacíamos las cosas que hacíamos, ni de por qué nos reíamos tanto realmente. Las confrontaciones no faltaron, y estuvimos cerca de tener enfrentamientos a la salida porque ellos eran un grupo mas o menos unido, pero la verdad es que nunca pasó nada. De alguna manera nos tenían miedo, capaz entendían que estábamos un poco locos, o a lo mejor no sabían de qué eramos capaces y preferían no saberlo. Las amonestaciones por cosas como fumar en el baño o salir del colegio para ir al kiosco de enfrente a comprarlos tenía a la mayoría al borde de la expulsión, eso tampoco los ayudaba.

Muchas cosas que hacíamos estaban orientadas hacia nosotros mismos, como la pirámide de sillas que hacíamos sobre la de Héctor al entrar cada mañana, y que él desarmaba con la paciencia de un trabajo fabril, como la plasticola que a Marcos le gustaba derramar entera adentro de nuestras cartucheras, como las quemaduras en el pelo que Daniel nos hacía con el encendedor si nos agarraba desprevenidos. Como el apodo que me pusieron al estilo dadá y para el que tuve que inventar una historia: Palito. No sentíamos miedo, culpa ni rencor. En vez de eso, nos hundíamos en la fascinación del mal, de que alguien saliese perjudicado en beneficio de risas que hacían doler la panza, incluso si el perjudicado era uno. Cualquier rebeldía en ese sentido era imperdonable para cualquiera de nosotros, castigada de alguna forma que obligaba a aceptar el daño de entrada la vez siguiente.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El polimodal (11)


Daniel, un aparente pibe de familia bien, tenía una propensión al odio que enfocaba ciertos estereotipos, y que sostenía con argumentos y anécdotas. Para Daniel los gordos eran resentidos, las gordas no dejaban coger a sus amigas, las viejas eran conchudas, los pelirrojos eran mufa, los hinchas de independiente eran todos amargos, los tarjeteros eran pelotudos, los hipocondríacos eran simplemente mentirosos, y los chupamedias merecían morir. Su fuerza no estaba en la credibilidad de sus historias, sino en la forma en que las contaba, su habilidad para obligar al que oía a reírse, y al hacerlo, aceptar tácitamente que Daniel tenía algo de razón. El colectivero que seguía de largo y mirando fijo hacia delante siempre era gordo. Si en un partido la cámara enfocaba a un pelirrojo en la hinchada la siguiente jugada contra Racing terminaba en gol. Si una  historia con una chica se frustraba siempre había alguna gorda de por medio. La menstruación en realidad era un mito para atormentar a los hombres. Muchas veces lo escuchaba decir cosas que no tenían sostén alguno y que se imponían por la pura fuerza de su carisma. Esto él lo sabía muy bien, pero lo tomaba como un desafío: no tener razón era una desventaja inicial, nada más. Organizaba constantemente bromas en las que la víctima de un día era el cómplice del siguiente, aminorando el costo de las venganzas en su contra. Los varones fuera de nuestro grupo no lo soportaban, hablaban mal de él a todo el mundo pero les costaba hacerles frente sin quedar en ridículo. Algunas chicas lo veían como a un pibe que se hacía el loco, otras hacían saber sin problemas que “le daban”. Unas pocas lo tomaban en serio (como Fernanda) y lo odiaban. A éstas Daniel siempre sabía hacerlas quedar mal. Y Cada vez que él tornaba las cosas a su favor, con uno de nosotros, con gente del curso o con los profesores, me mostraba la manera en que funcionaba el mundo de verdad.

Con Daniel se sentaba Marcos, morocho y vestido al estilo hardcore. El Chileno era un morboso, gustaba de generar asco con sus comentarios. Sus temas preferidos: fijaciones sexuales enfermizas. La lista de cosas por las que el Chileno había dejado en claro sentirse atraído era muy amplia, y a la vez no podía descartarse ninguna, por lo que cualquier cosa podía tener connotación sexual, y todos tenían que andar con cuidado de lo que decían. Nada ni nadie se salvaba. Los varones del lado de la ventana no querían meterse con él, sabían que era capaz de besarlos en la boca sin aviso. Lo extraño era que el temor a darle algún pie actuaba en hombres y mujeres como una tendencia a quedar mal parados. Una vez Natalia, de pocas luces, dijo que su perra había tenido cachorritos, y cuando el Chileno se le apareció al lado preguntándole si le regalaba uno, se tapó la cara con horror, mientras unos pocos nos reíamos. Otra vez Pamela, la petisa tetona, dijo a la profesora de Inglés que había pasado con el colectivo por al lado del lugar de un accidente, con patrulleros y una ambulancia, y que había visto un cuerpo manchado con sangre, postrado al lado de una moto. El Chileno se paró con urgencia y los ojos bien abiertos, y preguntó donde había sido eso, y preguntó a la profesora si podía salir a hacer algo importante. Si pescaba a alguien mirándolo, le guiñaba el ojo o le sacaba la lengua lascivamente. En los recreos gustaba de tomar elementos de los demás y pasárselos por abajo de los calzoncillos, y en clase esperábamos con ansia el momento en que esa lapicera era llevada a la boca, mordida, chupada. Entonces era imposible no tentarse, no dar y recibir codazos en las costillas, ante la incomprensión del resto.

Héctor era más tranquilo, odiaba los deportes y parecía tener un desprecio por el mundo adolescente en general, como si él fuese un adulto, como si él hubiese estado obligado a serlo desde hace tiempo. Trabajaba en el kiosco de revistas de su padre, íbamos a hacerle compañía de vez en cuando a fuerza de ajedrez, mate y pedirle prestado alguna revista para hojear (nunca para llevar a casa). Su condición de presidente del Centro lo llevaba a ausentarse de clase con frecuencia para atender distintos asuntos, y los profesores no le decían nada porque sus notas siempre iban por encima de lo necesario. Se sorprendió cuando le dije que había leído el Leviatán de Hobbes, y se rió mucho cuando le dije otras cosas que había leído, como Jorge Bucay y Paulo Coelho. Le dije que no tenía mucho para elegir en mi casa, y me ayudó con la bibliotecaria para poder llevarme cosas fuera del colegio. También me pasaba algunos textos sobre política, la mayoría sobre marxismo y anarquismo, pero también sobre filosofía e historia. Le gustaba escucharme sacar conclusiones, por momentos parecía sacarlo de su aburrimiento. A medida que iba ganando su confianza, deslizaba su humor ácido en voz baja, entendía sus pensamientos con miradas o gestos leves de indicación, muchos eran para remarcar las maneras nefastas en que los profesores manejaban el poder que tenían, lo inútiles que eran las clases en sí. Héctor decía aprender más escuchándonos a nosotros que a los profesores, y eso no era necesariamente un elogio para sus amigos. Una vez discutimos porque yo dije que todos somos libres de elegir, siempre. Él decía que en ciertos momentos de la historia fue imposible elegir, como en la dictadura. Yo puse ejemplos como el de William Wallace en Corazón Valiente, y él dijo que películas como esa eran productos del sistema liberal-capitalista para alimentar la ilusión de la libertad ante la injusticia, perpetuando esta última. Yo dije que si me apuntaban con un arma, aún era capaz de elegir, y él dijo que eso era mentira, como si a mí me faltase todavía entender la gravedad de una situación así.

Al principio yo viví de hacer imitaciones improvisadas, pero eso no podía durar mucho tiempo. De Daniel aprendía a estar mas seguro de las cosas que decía, o en todo caso aparentarlo. De Marcos a usar en mi favor el rechazo que pudiese generar alguna actitud mía, transformando equívocos en risas. De Héctor a tratar de mirar siempre un poco mas allá de la escena, de entender el esquema en las situaciones y predecir el siguiente movimiento. Pero mi principal recurso se volvió esperar el momento exacto para rematar situaciones con una frase. Me constaba contar chistes, la presión de que lo último que vaya a decir tenga que ser gracioso me sobrepasaba, pero con mis remates lograba por un momento captar varias cosas a la vez y darles un sentido. Eran actos completamente originales, en el sentido de que no había guión que marcase esa línea a decir, que sin embargo venía de lo más profundo de mí, como un rayo que me obligaba a abrir la boca y recibir las risas, a veces generales, y a veces mas restringidas. Eran momentos dorados, en los que me sentía capaz de todo, en los que me parecía que el destino me tenía reservado para decir esas palabras en ese momento y lugar, para hacer reír. De repente todo tenía sentido para mí, como si el curso fuese una gran comedia y yo estuviese llamado a representar un papel.

Melina tenía el pelo negro, largo y lacio, tapando la mitad de su diminuto torso. Sus rasgos eran una mezcla de árabes con europeos, su ascendencia, como la mía, debía ser portuguesa por su apellido, Castelo. Escuchaba todas nuestras conversaciones, la veía de espaldas encorvar los hombros o tirar la cabeza para atrás al soltar una carcajada, incluso golpear la mesa con fuerza. Cada vez que hacía reír a Melina, me anotaba un punto.  Y cada vez que Melina reía, yo tenía que saber la causa, incorporarla para mis intervenciones. Cada día era un avance en mi conocimiento de lo que a ella le hacía gracia. Tanto los planteos de Daniel, como las salidas del Chileno o mis remates la tentaban, pero mientras que en ellos dos era un efecto entre otros, para mí se fue volviendo cada vez más en una meta precisa. Hubo veces en las que me conformaba con un murmullo solo quebrado por esa risa demoníaca, o con verla sonreir un poco y decirle algo a su compañera de banco, Alejandra. A veces fallaba y percibía su disgusto, y me aseguraba de no repetir el error. Sentía que iba encontrando sus puntos sensibles, calándola, adquiriendo cierta clase de poder sutil sobre ella, poco en comparación al que tenía su risa sobre mí. Nulo, irrisorio al que empezó a tener cuando empezó a voltearse hacia mí al reirse, mirándome. Sus ojos eran oscuros, mucho más que los míos. Me tenía.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El polimodal (10)

Las primeras semanas fueron difíciles. En casa nadie se levantaba a las 7 excepto yo (papá salía de casa a las 6), y apenas desayunaba algo mientras ponía la tele de fondo. Hacía el mismo camino que antes, encogiendo los hombros por el frío de la mañana, con mi cabeza todavía entumecida por el sueño.

Me sentaba solo, adelante, y durante el recreo me quedaba en el salón, dormitando con la cabeza sobre la carpeta. En clase no intervenía, y si los profesores preguntaban algo me contenía, esperando que alguien respondiese en mi lugar. Solo participaba si me lo pedían expresamente. Entonces sentía que todos me miraban, y yo quería desaparecer, no existir para nadie. A la salida me cruzaba con los de la tarde, así me enteré de que todos los varones repitieron menos César. La primera vez que crucé a Patricia, en la escalera de la entrada, se me quedó mirando como a un fantasma, me saludó y no supe que decirle, antes de que la marea de gente se pusiera entre nosotros.

Pasado el mediodía llegaba a casa, si no había cruzado a Fede en el camino lo veía entonces, terminando de cambiarse. Mamá podía no haberse levantado, la otra posibilidad era verla saliendo del baño en camisón, a lo sumo cocinando algo. Con la tarde libre, me dedicaba a leer cualquier cosa que encontrase en casa: en los estantes del living había algunas novelas, en el escritorio de Emiliano había fotocopias de la facultad sobre política y derecho, y en la cajonera de Hernán había una caja de lata llena de cartas de las chicas con que estaba o había estado.

Fue recién pasado un mes que hubo que hacer grupos para trabajos prácticos, y ahí conocí a los pibes. Daniel, un flaco de ojos claros, su voz ya me era familiar por escucharlo putear y hacer chistes a costa de cualquiera (fuese amigo suyo o no). Marcos, alias el Chileno, le gustaba hacer frases morbosas para quedar como un enfermo. Héctor, presidente del Centro de Estudiantes, nunca se exaltaba demasiado y siempre parecía saber más que todos sobre todo: política, música, cine. Juntarme con ellos se hizo costumbre, empecé a sentarme con Héctor. Al principio me aceptaron por mi capacidad de redacción para las respuestas, a mí me encantaba hacerlo porque en ocasiones se trataba de resumir los puntos en común a partir de discusiones acaloradas entre ellos, de a poco iba interviniendo también. A veces los enunciados finales no tenían mucho que ver con lo que la actividad pedía, pero no importaba, era divertido hacerlo así. Para conversar con ellos era necesario tener algo de imaginación, capacidad de réplica instantánea, conocimiento óptimo de los capítulos de los Simpsons, y no estar pendiente de quedar bien con las mujeres. Para ganar una discusión valía cualquier cosa, y tener razón no garantizaba nada.

Solo entonces empecé a mirar de verdad al curso, a sentirme parte de él. Del otro lado del salón se juntaba el grupo de varones mas preocupados por salir a bailar e impresionar a las mujeres, de responder a los profesores con ignorancia y gesto cómplice. Minas lindas había varias, eso lo supe desde el principio, pero ahora mirarlas me ayudaba a olvidar Patricia. Y tal vez no fuese solo eso, porque con cada día que pasaba, y en relación directa a los chistes que hacíamos los pibes, resonaba en mi cabeza la risa de la chica de pelo negro y lacio sentada contra la pared, cerca nuestro. Melina se llamaba.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Vacaciones (Polimodal-9)




 No aparecí para el acto de fin de año, menos todavía para la fiesta que hicieron después. La mitad del verano la pasé en el delta de Entre Ríos, en la casa de la familia de mi madre. Íbamos casi todos los años, siempre había que limpiar la costa de maleza y ventilar la casa. Pescar, limpiar el pescado, hacer leña, remar, machetear. Comiendo a la luz de un farol de querosén. Mirando correr el agua del río, hacia el este de día, bajando. Hacia el oeste de noche, en subida.

 Papá iba los fines de semana, la mayoría del tiempo estábamos solos con mamá. Si el día era soleado mis hermanos y yo nos metíamos al río, intentando piruetas por turnos. De noche hacíamos grandes montañas de ramas secas y las llamas subían varios metros. Nos quedábamos pescando hasta tarde, hablando boludeces , avivando las brasas. Volver a ese lugar era volver a ser chico. Podía estaba triste, apático la mayoría del tiempo, pero también me divertía escuchando las historias de terror que inventaba Hernán, o las anécdotas de peces enormes que contaba Emi. Por algunos días venía algun tío o tía con sus hijos (con quienes podíamos jugar a la escondida), o incluso la abuela, lo que era muy festejado por todos nosotros. En un lugar así, donde por momentos la única salida era escuchar la radio o leer revistas viejas, todo ser familiar era bienvenido, incluso aquellos a quienes nunca iba a visitar si de mí dependía.

 Generalmente a la hora en que todos dormían la siesta o tomaban sol, me ponía a escribir en un cuaderno anillado. Escribía sobre Patricia, sobre los sueños o pesadillas que tenía cada noche, sobre mi creciente ateísmo, sobre  la muerte, sobre el aburrimiento y la pena que por momentos me agarraba, aunque cada vez menos. Hacía algunos intentos de escribir en verso, bastante flojos. También hacía dibujos, bosquejos que en su mayoría no mostraba a nadie, a lo sumo a Fede.

 A veces un viento frío hacía silbar los sauces, y mamá decía “sudestada”. Podía significar simplemente que el agua suba un poco durante el día. Pero si se veía en el horizonte una columna de nubes oscuras avanzando, el viento iba tomando fuerza. Cuando oscurecían el cielo, el viento era capaz de revolear cualquier objeto liviano, incluso de tumbar personas adultas, por lo que había que entrar todo a las corridas y con cuidado de no caerse al río. Los relámpagos y truenos se sentían mucho más fuerte que en la ciudad, y cuando finalmente se largaba la lluvia, sabíamos que duraría hasta el otro día. Esas tormentas siempre habían tenido un halo apocalíptico para mí, las respetaba. Emi siempre decía que en la sudestada andaba el surubí, y se lamentaba de que mamá nunca lo dejara ir a encarnar chicotes y espineles en medio del vendaval. Esa vez quiso aprovechar la distracción de mamá que entraba las cosas con Elena, pero necesitaba alguien que lo acompañe en el bote. Me ofrecí. Mamá nos vió tarde, apenas escuchamos sus gritos desde el otro lado del río. El agua empezó a arreciar a mitad de camino, pero me sentía terriblemente bien. Ya no tenía miedo. Ni a la tormenta, ni al castigo de mamá, ni al fin del mundo. A nada.

 El viaje de vuelta fué de noche, la última semana de febrero. Adoraba viajar en la lancha de noche, sobre todo al cruzar el Paraná en medio de la marejada, antes de que saliera la luna. Cuando llegamos a casa, recuperé todos los lazos con la civilización y la tecnología, prendiendo la tele y subiéndole el volumen, viendo las noticias, prendiendo y apagando las luces frenéticamente, poniendo la cara contra el ventilador, sacando algo frío de la heladera para tomar. Solo entonces sentí la verdadera energía de un nuevo año.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El polimodal (8)


Terminaba septiembre cuando Carina me preguntó que me pasaba.

-Andás raro vos… es por Pato ¿no?
-Parece que acá se sabe todo ¿Ella te dijo?
-¿Querés saber?
-Si.
-No, no fue ella. Pero eso no importa nene, vos estás mal, te veo que estás mal. Esa cara, por favor, dónde quedó el Nico que yo conozco...
-Se quedó en esa esquina, para siempre.
-¡No seas exagerado! ¿Y cómo es eso de que te vas a cambiar de turno?
-Es posta.
-¿Y por qué? No la vas a conquistar así eh.
-No importa.
-¿Cómo que no importa? ¿Y nosotros no te importamos?
-…
-¿Ni un poco?
-Te voy a extrañar Cari.
-Me estás jodiendo.
-Ojalá.
-Forro. ¿Por qué no hablaste conmigo antes?
-Habría sido lo mismo. Si no gusta de mí.
-Ves que no entendés nada. Dale tiempo y vas a ver. Pero cambiándote de turno…
-No puedo esperar. Yo…
-¿No vas a terminar el año con nosotros por lo menos? ¿Ya tiene que ser?
-Pregunté y no hay vacantes, tengo que esperar al año que viene. Seguro repite gente y me hacen el hueco dijeron.
-La verdad… me dejás sin palabras. Pensé que era mentira.
-Perdón Cari. Te voy a extrañar, de verdad.

La miré a los ojos, amagando una sonrisa. Me alejé caminando hacia las escaleras, momentos antes de que sonara el timbre que marcó el final del recreo. La idea de cambiar de curso había sido lo único que me dio cierta sensación de control de la situación. Patricia no podía obligarme a mantenerme cerca de ella después de rechazarme. No pensé mucho en si estaba lastimando a mis amigos. No lo hice porque todos en ese curso, día a día, dejaban de existir para mí.

La semana después de hablar con Carina, Carlos me dio un papel doblado con mi nombre. La letra era de Patricia, sin duda. En esa carta me pedía que por favor no me cambie a la mañana. Decía estar triste porque yo ya no le hablaba, que ni siquiera la saludaba, que cómo podía ser que le hiciese algo así. Decía que no podía estar conmigo en ese momento, pero que más adelante era posible. Decía que lo que yo le había dicho era muy fuerte y que necesitaba tiempo. Decía algunas cosas lindas sobre mí, y me pedía perdón por no poder darme una respuesta segura. Leí esa carta tantas veces que me la aprendí de memoria. Al otro día le escribí. Mi carta decía que si no la había saludado ni le había hablado era para no hacerla sentir incómoda, que quería borrarme de su mapa para que pudiera estudiar tranquila, que no quería obligarla a verme. Le preguntaba qué le impedía estar conmigo, y por qué tenia que ser más adelante y no ahora. Decía que me había costado mucho decirle lo que sentía, y que a lo mejor me habría ido mejor si hubiese ido mas despacio, pero que lo que sentía por ella no me había pasado nunca, y que por momentos no sabía qué hacer. Le decía que era la chica mas linda que había conocido y que verla tan cerca era una tortura para mí. Ella nunca respondió.

Juan reconocía en esa carta el tesoro que era para mí. Juntos la habíamos desmenuzado, aislando ciertas frases, intentando analizarlas, sacando conclusiones. La llevaba siempre conmigo. Juan estaba conmigo el día que a la salida, un tipo que debía tener como mínimo 26 o 28 años, saludó a Patricia con un beso en la boca y se fue por Entre Ríos, caminando con ella de la mano. Juan vió cómo la miré hasta que doblaron en Tucumán camino al Bajo, y no dijo nada cuando saqué la carta del bolsillo de mi pantalón y la rompí, tirando los pedacitos en el tacho de la esquina. Juan supo por mi cara que si antes había dudado de cambiarme, a partir de ese momento supe que iba a hacerlo. Juan era el único que entendia que a veces lo mejor es caminar en silencio.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El polimodal (7)


Lunes al mediodía, en mi cama. No quería levantarme. Un fin de semana en el que pude zafar de ir al banquete familiar en lo de mi abuela, solo para quedarme en casa, mirando por la ventana de mi pieza cómo caía la linea del sol en el paredón, cómo se acercaba lo imposible. Tener que verla de nuevo, esquivarla ¿Cómo? Y solo para evitarle el problema de esquivarme. Ya no podría saludarla, eso seguro. Tampoco podía faltar, en algún momento tendría que ir y sería peor. Tenía que levantarme, tenía que ir. Prendieron la tele en el comedor, era mamá levantándose. Me convenía ocupar el baño antes de que ella pasara. Me levanté.

Llegué tarde, media falta. La clase de Matemáticas ya había empezado. Desde la puerta, en la esquina del fondo del salón, me pegué a la pared para llegar a mi lugar. Tardé media hora hasta subir un poco la vista y verla copiando. “¿No copias nada?” me dijo Carlos. “Ya vimos esto” le dije, glacial. Carlos iba en picada con varias materias, incluyendo matemáticas. Necesitaba de mí más que nunca y yo ya no podía ayudarle. No podía ayudar a nadie.
Hicimos grupo para Geografía, pero mi capacidad ese día era tan nula que César agarró el libro y se puso a buscar las respuestas él mismo. Me limité a aprobar las que propuso, y a copiarlas cuando dictó.

En el recreo quise quedarme en el salón, pero Carlos me insistió para ir al patio.
-¿Qué te pasa pelotudo? Contáme.
-Nada.
-Qué nada, estas con una cara de concha desde hoy. Qué pasó.
-Le dije.
-Qué dijiste. A quién.
-A Pato.
-Qué le dijiste.
-Que estoy enamorado de ella.
-¿No ves que sos un pelotudo? Ahora ya está.
-El qué.
-No viste que la semana pasada la vino a buscar la hermana, va a la 20.
-…
-Zafa. Y dice que te vió y que gusta de vos, pero ahora cagaste todo.
-Y qué tiene si no quiero a la hermana.
-Pero así empezabas a ir a la casa, le dabas celos, entendés, y al final te comías a Pato. Ahora ya fué. No me avisaste encima ¿Por qué no me avisaste?
-No sé.
-Bueno, y qué te dijo ella.
-Que me quiere como amigo.
-Hija de puta. ¡Vos también! ¿Cómo te vas a mandar así de una? Cuándo le dijiste.
-El viernes a la salida.
-Qué hiciste.
-Nada, se iba caminando sola, ya se habían ido todos. Fui y le dije. Le dí un bonobón.
-¡Un bonobón! Jajaja… ¿te lo devolvió?
-No, se lo quedó, se puso así como nerviosa, me dijo eso, me saludó y se fue.
-¿Y ahora que vas a hacer?
-Nada.
-No pensás hacer nada.
-Qué se yo. No iba a venir hoy, pero sino después era peor. Igual me voy a cambiar de turno, a la mañana.
-Dejáte de joder, por una mina…
-No puedo estar ahí con ella, no puedo… me viste hoy, no puedo estar así.
-Sí, así es Juan. Te andas juntando con él, mirá donde estás ahora.
-…
-Tranquilo Nico, no hablés con nadie y dejame hacer a mí.
-¿Qué vas a hacer? No quiero que hables nada eh.
-¿Qué te pensás, que Carina no sabe? Fija que ya sabe. Dejáme a mí.
-No, dejalo así…  No quiero molestar a Pato, al pedo.
-Bueno ¿Le dijiste a alguien más de esto?
-A nadie.
-Listo, no le cuentes a nadie entonces. Y si vas a hacer algo así de nuevo avisáme, no seas boludo.

A la salida Juan me acompañó a casa, se dio cuenta de que había pasado algo y me preguntó. Cuando le dije, esperaba que tuviese alguna expresión de regocijo, de “bienvenido al club”, pero lo vi muy serio, escuchando todos los detalles que yo necesitaba contar para graficar el momento. Se sorprendió cuando le dije que quería cambiarme al turno mañana. Le dije que no podía soportar verla todos los días, tan cerca mío, sabiendo que nunca iba a ser mi novia. Le dije que era demasiado para mí. “Soy débil, Juan” le dije. “No, Nico –dijo-. Ya entendiste que es mejor olvidarla. Yo soy débil”. No le respondí. Caminamos en silencio el resto del camino.

Con cada día se repitió lo mismo. Despertar era sentir que iba a tener que verla de nuevo. Caminar hacia el colegio era acercarme a ella. Llegaba tarde casi siempre, a veces la portera me dejaba pasar sin avisar a la secretaria y llegaba al aula antes de que pasaran lista. Me daba mucha vergüenza que Patricia pudiese sentirse incómoda por mi presencia, entonces intentaba pasar desapercibido. Hablaba mucho menos, casi no hacía chistes, y era difícil reírme. Si lo hacía, me paraba en la mitad, como un enfermo que olvida por un momento su dolencia, intentando levantarse, para sentir un dolor en el pecho y volver a reposar. Sentía la necesidad de estar solo, de cerrarle las puertas a todo el mundo. Si mis amigos se juntaban en el fin de semana, buscaba excusas para no ir.

Cuando caminaba solo hacia mi casa lloraba, y entonces me quedaba un rato en la esquina, hasta sentir que mis ojos no estaban hinchados. En casa también, cuando estaba solo y sentía que el aire no podía entrar, que nada tenía sentido, que cómo era posible sentir algo así por alguien y no ser correspondido. Cómo podía ser que todas las películas, toda la música se la pasaran hablando del amor, repitiendo siempre el mensaje de “hacé lo que sientas”, de “no esperes más, decíselo ¿Y si ella está esperando que lo hagas?”. Me sentía enfermo si ponían la radio, cada estribillo de los temas de moda me parecía peor que un vómito. Sentía tristeza, pero por momentos sentía odio. Cómo podía ser que nadie me hubiese avisado que el amor podía ser así. Me sentía víctima de una trampa, de un mundo  alimentándome día a día de esperanza para después no avisarme que había un paredón infinitamente alto. Y cuando intentaba negarle lugar a mis sentimientos por Patricia, la recordaba de perfil, escribiendo en la carpeta. No podía no amarla.

Me ocupaba mucho menos de las tareas que hacía para ayudar a mamá, y los domingos de limpieza general me volví intratable. A veces faltaba al colegio y me quedaba mirando la tele en el fondo de casa, mientras mamá miraba la del living o se ocupaba de la ropa en el lavadero. A veces discutíamos y yo terminaba barriendo el patio. A veces subía a la terraza y caminaba por el borde, haciendo equilibrio, o me quedaba sentado, con las piernas colgando, mirando pasar los coches. A veces agarraba la bici de Hernán y salía a dar vueltas, y algunas de esas veces me encontré casi sin darme cuenta cerca del Bajo de Pacheco, peligrosamente cerca de la casa de Patricia. Incluso una vez paré a una pareja mayor y le pregunté si conocía la casa de la familia Van Hess, pero no tenían idea. A veces ponía el disco de solos de piano de Emi, para escuchar Moonlight Sonata de Beethoveen, mientras hilaba los momentos felices antes de mi sincericidio con lo que vino después. Cuando terminaba lo volvía a poner. Una y otra vez.