jueves, 2 de junio de 2011

Borges y Proust: la memoria y dos formas de hacer literatura



 A partir de la lectura de Borges puede advertirse un diálogo del autor con la obra de Proust. Por momentos como un detalle cifrado, pero a veces también bajo la forma de una interpelación casi obvia, incluso de una réplica, sobre todo a propósito de la concepción de la novela (y por ende), del modo en que se construye un relato.
A primera vista, la oposición resulta casi inevitable. El grueso de la producción ficcional del escritor francés se concentra en su monumental novela En busca del tiempo perdido, que supera en cualquier edición las 3000 páginas, admirada por su profundidad psicológica y reseñada por buena parte de la crítica como la novela mas influyente del siglo XX. El argentino, en cambio, nunca escribió una novela, su obra de ficción por el contrario consiste en una multiplicidad de cuentos, en los que el autor sorprende continuamente al lector con la guardia baja, donde la elegancia de la síntesis es la gran protagonista.
En La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges[1], Herbert E. Craig hace un registro de las referencias explícitas e implícitas de Borges sobre Proust. Por ejemplo, en el prólogo a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares dice Borges: "Hay paginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día"(3). Sostiene Herbert E. Craig, en el mismo ensayo, que Ts´ui Pen, antepasado de Yu Tsun en El jardín de senderos que se bifurcan[2], está inspirado en la figura de Proust. Dice: “Tanto este como Ts'ui Pen abandonaron un mundo de placeres y de banquetes y se enclaustraron por una docena de años para escribir una novela. Asimismo al morir dejaron un manuscrito inconcluso que parecía caótico.” (4). La oposición de Borges a la novela era explícita. Dijo a Sorrentino en Siete conversaciones: "Nunca pensé en escribir novelas. Yo creo que, si yo empezara a escribir una novela, yo me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin" (1).
Asimismo, hay numerosos comentarios de diversa índole de Borges a propósito de Proust, pero el presente análisis no pretende abarcar toda la complejidad de este contrapunto que, por lo demás, ya ha sido tratado por varios estudiosos de la materia.
Mi propósito es acaso instalar algunas cuestiones elementales en esta articulación para aquellos que, como yo, están en los inicios del estudio de la literatura. En ese sentido creo que resulta más ilustrativo tomar un caso particular y profundizarlo. Para ello he escogido Funes el memorioso, cuento de Ficciones.

Análisis del cuento

El autor comienza diciendo “Lo recuerdo”. Es llamativo que repita el término seis veces tan solo en el primer párrafo, utilizándolo dos veces más en el siguiente, y tan solo una en el resto del relato. Esto puede estar queriendo mostrar el modo en que se construye un relato, porque por un lado, en esta parte inicial nos encontramos con una seguidilla de detalles inconexos, como de un pensamiento en voz alta:

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.”[3]

Luego, a partir del segundo párrafo, la voz narradora se sumerge progresivamente en una sucesión de hechos deliberadamente recortados, es decir, escogidos de entre el total posible, a fin de hacer más entendible la historia para el lector. Esta operación es organizadora, arriba desde el divague hacia la síntesis. Este detalle cobrará importancia a medida que se avance en la lectura de esta exposición.
En su primer encuentro con el narrador, Ireneo Funes es un chico físicamente diestro:

“Había oscurecido de golpe, oí rápidos y secretos pasos en lo alto; alce los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared.”(51)

Pero además, Funes está metido de lleno en el presente. El autor da clara cuento de ello mediante un elemento plenamente simbólico (como veremos no es el único presente en el cuento), es decir, este niño sabe siempre sabe la hora presente con exactitud. Luego del accidente se encuentra físicamente desvalido, y vive principalmente del recuerdo. Hay en este  sentido un contraste muy fuerte entre un Funes rebozante de vida, y otro postrado en el encierro, como un viejo que se vale de la nostalgia y la melancolía para terminar sus días. Porque al parecer para el autor, vivir en el recuerdo sería propio de la vejez, es decir, aquello a lo que el humano se aboca con resignación por la degradación de sus fuerzas, pero no por verdadera elección ni porque aquello comporte alguna utilidad. Funes encarna la oposición a este concepto,”Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado”; y también: “Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles” (52). Es precisamente este regocijo en la rememoración lo que el autor se propone rebatir como iluso al final. Ya donde Funes dice haber razonado, el narrador le agrega un corrector: “sintió”.
Por otro lado, si la vejez permite una actividad en todo caso más rica en cuanto a la evocación del pasado y en cuanto al balance de la vida hecha, lo hace ante todo por la vastedad de experiencias que décadas de vida brindan al sujeto. Es razonable sospechar que el autor considera de este modo la sabiduría en relación a la vejez, y que de ese modo un joven que se dedique a extraer un saber a partir de su corta vida caiga en arrogancia. Herbert E. Craig sostiene, en el ensayo citado anteriormente, que el cuento en sí mismo es una parodia del Hommage a Marcel Proust de La Nouvelle Revue Francaise, en el que numerosos escritores de renombre, poco después de la muerte del escritor, fueron convocados a escribir sobre él. Recordemos lo que el narrador dice al principio:

“Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el mas pobre (…). Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay-, cuando el tema es un uruguayo” (51).

(De modo que para Funes, así como para Proust, Borges sería alguien que viene a entrometerse, desde “el otro lado del charco”). Una posible lectura es entonces entender este relato como un correctivo de parte de un “viejo sabio y conciso” (Borges) a un “joven arrogante y verborrágico” (Proust), de parte de un maestro a un alumno.
Muestras de la futilidad en la profusa actividad mental de Funes son dos tentativas que él mismo ni siquiera llega a realizar del todo (de este modo la crítica es doble: la tarea emprendida no solo es inútil, sino también imposible): por un lado, el intento de elaboración de un sistema original de numeración, y por otro, la clasificación de los recuerdos por cada día vivido. Ambos intentos pecan de singularismo, porque para el narrador hay una concepción positiva del olvido. El olvido como omisión, como recorte y posibilidad de toda síntesis. Están en juego dos cuestiones: el entendimiento entre los sujetos, la necesidad de un código convencional por una parte, y por la otra la capacidad misma de elaborar un pensamiento lógico. Acerca del primer punto se aprecia que la singularización  del pensamiento de Funes no es casual respecto de su soledad, así como la inclusión de un dato aleccionador: “Locke, en el SXVII, postulo (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual (…) tuviera un nombre propio” (54), es decir, solo para refutar la idea y demostrar su inconsecuencia, obviamente en relación con el contrato social que el filósofo defendía. En esto encontramos de nuevo el tono correctivo de un maestro, otra vez entre paréntesis.
Acerca del segundo punto, el de la posibilidad de pensar, dice el narrador (hablando de Funes):

“Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. (…) Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. (…) Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”.
(…) Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” (54)

De hecho el principio sintético es esencial en Borges, en ello reside su negativa a la novela en general y su adscripción al cuento como modo de relato por excelencia.

Otro aspecto de interés en el cuento aparece en una posible articulación con otro del mismo autor: El milagro secreto[4]. Porque en ambos el tiempo sufre una manipulación de tinte fenomenológico. En este relato Jaromir Hladík, el protagonista, puede estirar los últimos momentos de vida en base a su percepción del tiempo, separado del flujo normal de los acontecimientos y a salvo del fuego de sus verdugos por gracia divina. En “Funes…” sucede algo similar pero llevado más lejos en su consecuencias, lo que deriva en efectos opuestos. Porque la plenitud con que Funes percibe la realidad exige a su cuerpo un esfuerzo que lo consume en la misma proporción. Este efecto se revela estéticamente solo al final del relato, cuando el protagonista menciona la edad de Funes y su fecha de nacimiento, y a continuación describe su aspecto, aunque majestuoso, de vejez demacrada. Esta doble evocación de una imagen solemne pero a la vez desgastada es conseguida mediante otro elemento simbólico: el antiguo Egipto. Las pirámides ante todo, pero entonces inevitablemente el lector se representa la imagen de un faraón momificado, una momia ni mas ni menos. No es casual pues, que inmediatamente después el lector tenga noticia de la muerte de Funes, esto consolida la imagen de un cuerpo cadavérico, como si la visión de ese cadáver quisiera significar el castigo ante las pretensiones humanas de eternidad, de querer saber y ser todo. No es descabellado suponer ironía en este fragmento en la mitad del relato:

“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo impostergable, tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo” (54).

Eran los faraones quienes se sometían a la momificación para que su cuerpo estuviese en condiciones de volver a la vida en el futuro. Y ante esto el cuento nos dice que el tiempo se pierde irremediablemente, que nadie escapa de la muerte.
Se resuelve así la aparente contradicción ante el uso de la relatividad fenomenológica del tiempo en ambos cuentos, porque es posible en todo caso escapar por un momento a su inclemencia, pero invariablemente hemos de sucumbir ante él. Tarde (Jaromir Hladík) o temprano (Funes).
La fenomenología es uno de los elementos identificables en la novela de Proust, es decir específicamente respecto del tiempo, el principio según el cual el eje del mismo reside en la percepción que el sujeto tiene de él, y no en el tiempo objetivo, es decir el del mundo exterior al sujeto. La influencia de Bergson y su principio de memoria vital (que revive un acontecimiento pasado en su originalidad única y constituyendo así el fondo de nuestro ser) acerca de esto es patente.

“En el transcurso de mi vida, la realidad me decepcionó muchas veces porque, en el momento de percibirla, mi imaginación, que era mi único órgano para gozar de la belleza, no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable que dispone que sólo se pueda imaginar lo que está ausente. Y he aquí que, de pronto, el efecto de esta dura ley quedaba neutralizado, suspendido, por un expediente maravilloso de la naturaleza, que hizo espejear una sensación (…) a la vez en el pasado, lo que permitía a mi imaginación saborearla, y en el presente, donde la sacudida efectiva de mi sentido por el ruido, el contacto de la servilleta, etc., añadió a los sueños de la imaginación aquello de que habitualmente carecen: la idea de existencia, y, en virtud de este subterfugio, permitió a mi ser lograr, aislar, inmovilizar -el instante de un relámpago- lo que no apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro.”[5]

Y poco después:

“Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no parezca contener lógicamente las razones de esa alegría; se comprende que la palabra «muerte» no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?"(113)

La obra de Proust se destaca, entre mucho otros factores, por el uso del tiempo como un principio activo, es decir, no como algo que el sujeto simplemente padece y ante el cual sólo le resta observar con impotencia, sino como algo que le permite, primero a partir del depósito de las experiencias en la memoria, y luego a través de su recuperación mediante el recuerdo, reinterpretar los sucesos pasados, resignificarlos. Este elemento numerosas veces se demuestra como de gran importancia para el sentir del protagonista, que se permite observar escenas de las que fue partícipe en primer lugar ahora desde un punto de vista especulativo y estético, sobretodo cuando se trata de sus desencuentros con Gilberte (295) y Albertine (79). Si para el narrador de Funes, pensar es olvidar, para Proust pensar es ante todo recordar.
A grandes rasgos el paralelismo a nivel más general, a sabiendas de todo lo indicado anteriormente, se observa entre la vida de Funes y la de Marcel Proust (cuya novela es en gran parte autobiográfica). Para ambos, la precarización de su salud física (que prácticamente los obliga al encierro y al reposo, y si bien en el caso de Proust esto ocurre con intermitencias durante su infancia y adolescencia, y hacia el final de su vida ya definitivamente), es un motivo impulsor de una actividad mental profusa, introspectiva, que se aboca al recuerdo y que ahonda en el detalle.
En el primer volumen de su eminente novela, Proust escribió:

“Tal vez las cosas a nuestro alrededor deban su inmovilidad a nuestra incertidumbre de que son ellas y no otras, a la inmovilidad de nuestro pensamiento ante ellas. El caso es que, cuando me despertaba así, agitándome mentalmente para intentar -sin conseguirlo- saber donde estaba, todo –las cosas, los países, los años – giraba en torno a mí en la oscuridad. Mi cuerpo, demasiado entumecido para moverse, intentaba descubrir –por la forma de su fatiga – la posición de sus miembros para de ella deducir la dirección de la pared y el lugar ocupado por los muebles a fin de reconstruir y nombrar la morada en que se encontraba. Su memoria –la memoria de sus costillas, sus rótulas, sus hombros– le presentaba sucesivamente varias de las alcobas en que había dormido, mientras que a su alrededor las paredes invisibles –al cambiar de lugar según la forma del cuarto imaginado – giraban en las tinieblas. Y, antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiera identificado la casa al relacionar las circunstancias, él –mi cuerpo – recordaba en cada caso cómo era la cama, dónde estaban las puertas, adónde daban las ventanas, si había un pasillo, junto con lo que estaba pensando en el momento de quedarme dormido y que recobraba al despertar.[6]

Y en “Funes…”, el narrador dice:

“Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía la forma de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro de pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro en la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples, cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras.”(53)

Es llamativo el nivel de paralelismo. El protagonista de En busca del tiempo perdido aduce en el primer volumen de la obra que su encierro, la uniformidad de estímulo que le brinda su cuarto, le permite proyectar imaginariamente sobre las paredes sus recuerdos (15), se puede decir que a la manera de un cine. Precisamente en el cine se da por descontado que uno permanece más o menos inmóvil mientras fija su vista en la pantalla (por supuesto que esta analogía no la realiza el autor, puesto que no había en esa época salas de proyección, la primera surgió en 1929, varios años después de su muerte).
En “Funes…” también es de vital importancia este desapego del cuerpo, esta pérdida de conexión con el plano físico y más despiadado de la condición humana. Para resaltarlo el autor escoge una posible profesión para el padre de Funes, la de domador de caballos:

“…algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O´Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.”(51)

La ambigüedad  está presente en esta elección, pero es la que hace verosímil el incidente que cambia para siempre la vida de Funes:

“Me  contestaron que lo había volteado un redomón de la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza.”(52)

El narrador duda de la veracidad del hecho, pero Funes lo confirma después:

“Me dijo que antes de esa tarde en que lo volteó el azulejo, el había sido lo que son todos  los cristianos; un ciego, un sordo, un sonámbulo, un desmemoriado.”(53)

Es de vital importancia este elemento, un caballo indomable, porque otra vez se trata de un recurso plenamente simbólico, en el que el autor se propone encarnar todo aquello que frustra el desempeño del sujeto por medio de su cuerpo, en relación con un mundo inclemente, salvaje. Representa aquello de lo que el hombre huye cuando no puede lidiar con la realidad, sea cual sea el elemento del que se trate en cada caso. De este modo, vemos en acción con toda su fuerza la actividad sintética del autor, representando muchas cosas posibles a partir de pocas, fiel a su modelo de pensamiento.
En Proust, se puede decir que esa bestia indomable es su enfermedad pulmonar, pero en un sentido más existencial también lo es la mujer. Y a la inversa del autor argentino, para retratar este conflicto dedica gran parte de su extensa obra, representándolo desde múltiples situaciones, diálogos, idas y vueltas, arranques de manía posesiva, etc.
En un primer momento Gilberte, que en su infancia lo desconcierta, digamos, aplicando la analogía, a la cual nunca puede de hecho montarse. Pero es Albertine la que, siendo poseída carnalmente por el protagonista, y enredada con él en un intenso romance, repleto de intrigas, celos y especulaciones de ambas partes, la que se muestra auténticamente inmanejable. Gilberte le aclara al protagonista que en sus desencuentros, tan sólo hubiese alcanzado con que él avanzara sobre ella para que sus deseos fueran correspondidos[7]. Albertine en cambio se entrega solo aparentemente, utilizando múltiples recursos para escapar al control de Marcel, sin admitirlo nunca. Muere en una de sus escapadas al campo, llamativamente para el contexto del presente trabajo, en un accidente de equitación (66).


Conclusión

Consideraciones finales acerca de esta oposición serían excesivas. Pero como tentativas de lectura, como puntos de partida, algunas cosas quedan más claras. En Borges hay un modo de hacer literatura (decir mucho con poco, con lo imprescindible), que a su vez deviene de un modelo de pensamiento (sinteticista). Por supuesto, la pregunta inicial debería ser: ¿Cómo funciona éste en el cuento de Funes? Y bien, funciona vehiculizando una lección filosófica: la aclaración del malentendido en el que incurren aquellos que pretenden extraer un saber verdadero con un desapego del mundo “real” o físico, para aquellos que, al pretender abarcar la totalidad del ser, se olvidan de la inevitable barrera de la muerte. Pero esta lectura cobra aún una mayor profundidad si tenemos en cuenta la figura de Funes en relación con la de Proust, cuya concepción de la literatura y del valor estético, antes que por la síntesis, pasaba mucho más por la multiplicidad fractal, para quien el verdadero goce sucede en el reencuentro con los “paraísos perdidos” del pasado[8], y en base a lo cual la rememoración exhaustiva se reviste de un valor altamente productivo (en primer término por el goce estético en sí, pero también por su derivación artística).
Por último, hay un fragmento de Albertine desaparecida donde Proust casi pareciera replicar a Borges, porque habla en realidad del modelo del pensamiento al que el autor argentino adscribe:

“En cuanto a las verdades que la inteligencia -hasta de los más esclarecidos cerebros recoge delante de sus narices, en plena luz, su valor puede ser muy grande; pero tienen unos contornos muy secos y son planas, carecen de profundidad porque, para llegar a ellas, no ha habido que franquear profundidades, porque no han sido recreadas. Muchas veces algunos escritores, en el fondo de los cuales no aparecen ya esas verdades misteriosas, a partir de cierta edad no escriben más que con su inteligencia, que ha adquirido cada vez más fuerza; debido a esto, los libros de su edad madura tienen más fuerza que los de su juventud, pero no tienen ya el mismo aterciopelado.”(130)




[1] Craig, Herbert E., "La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges", The Place of Letters: The World of Borges. Universidad de Iowa, Ciudad de Iowa, Abril. 2007.
[2] Borges, Jorge L., “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Ficciones, Milennium, Barcelona, 2001.
[3] Borges, Jorge L., “Funes el memorioso”, Ficciones, Barcelona, Millenium, 2001, p. 51

[4] Borges, Jorge L. “El milagro secreto”, Ficciones, Milennium, Barcelona, 2001
[5] Proust, Marcel, “Albertine desaparecida”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, 2009, p. 112
[6] Proust, Marcel, “Por la parte de Swann”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p.12
[7] Proust, Marcel, “Albertine Desaparecida”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p. 295
[8] Proust, Marcel, “El tiempo recobrado”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p.111


Bibliografía

Borges, Jorge L., “Funes el memorioso”; “El milagro secreto”; Ficciones, Barcelona, Millenium, 2001.

Craig, Herbert E., "La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges", The Place of Letters: The World of Borges. Universidad de Iowa, Ciudad de Iowa, Abril. 2007.

Proust, Marcel, “Por la parte de Swann”, “Albertine desaparecida”, “El tiempo recobrado”, En Busca del Tiempo Perdido, Sudamericana, Buenos Aires, 2009.


Imagen: Seurat, "Le port de Gravelines"

domingo, 28 de noviembre de 2010

Argentina sangra

Heridas. Repartidas tiene llagas Argentina sobre su piel, heridas que sangran. No a chorros ni a borbotones, sino como una grieta por donde el agua se filtra en la piedra. No como surtidores pero si como un drenaje por el que se escapa un goteo incesante. Adolescente en protesta muere a manos de patota mercenaria, jubilada muere al resistirse a un asalto, muere el policía que intenta frustrar una salidera, muere el motochorro al chocar cuando huía a toda velocidad. Muere un niño de hambre en el interior, no sale en ningún diario, pero muere. Muere embarazada atropellada por borracho. El borracho huye y muere después, se suicida. La muerte a la vuelta de la esquina, desde siempre, ya sangraba Argentina cuando Roca decide despejar el desierto de sus improductivos pobladores, ya sangraba cuando los negros fueron carne de cañón, exterminados en el frente de guerra, y sangró cuando una generación fue presa del genocidio sistemático, secuestrada y torturada. La muerte siempre exhalando su aliento sobre almas atemorizadas, pero acostumbradas a que ella pueda en cualquier momento y sin dilación apoyar la funesta mano en su hombro. Con cada una Argentina pierde un padre, una madre, un hijo, la sangre corre a través de las rendijas hasta tocar la pared.
No obstante Argentina da señales de mejoría, se levanta como puede, camina lentamente y antes de poder abrir del todo sus ojos ya señala a quienes le robaron sus islas, cuando un general borracho envió a sus hijos a ocuparlas, desprovistos de cualquier posibilidad de plantar cara al contraataque pirata. Sus médicos de siempre, horrorizados, le piden que se acueste nuevamente, que duerma, sobre todo que duerma, que cierre sus ojos a lo que es sometida cada día por ellos, que en elogio de las prácticas más supersticiosas le hacen sangrados, le provocan con exactitud metódica nuevas heridas, para que no se recupere, para que no se levante, para que no sienta jamás que puede levantarse. Revisan sus papeles, cómo puede ser, tantos años de hermoso coma, otra vez quiere levantarse, pero ahora tendremos que ser más sutiles, habremos de segregarle en sus venas algún veneno que socave en su cuerpo cualquier inicio de voluntad, inducirle una nueva crisis, y entonces volverán los buenos tiempos, porque morir no queremos que muera, necesitamos su sangre. Pero no puede levantarse, no señor: Argentina ha sido, es y será el escudo de nuestros intereses, el arcón del que siempre podremos sacar más, a costa del hambre, de la violencia y de lo que sea, por nuestro señor Jesucristo amén. Los médicos asienten con seriedad, no hay que permitirlo, pero Argentina camina otra vez por los pasillos y los ve, comienza a entender lo que están tramando, como si recordase haberlo entendido antes, como si en algún momento hace años también hubiese querido caminar y entonces la hubiesen maniatado en su camilla, dándole shocks y extrayéndole su preciada sangre. Si, ellos otra vez afilan el bisturí y los colmillos, ella lo sabe, desde el final del pasillo los mira, dispuesta a hacerles frente. Argentina pronto llama la atención de otros pacientes, que como ella renuevan sus fuerzas, muchas de sus heridas siguen abiertas, pero otras van cerrándose, algunas costras se caen dejando en su lugar una cicatriz. Los médicos la acosan con informes de su salud, donde dicen que no tiene fuerza, que es mejor acostarse, que les haga caso, que es por su bien, y a veces ni siquiera, le dicen que no tiene derecho a levantarse, que le corresponde cerrar los ojos y callar, seguir sangrando para ellos. Argentina se revuelve y reparte imprecaciones, hace memoria, vos eras el que elegía el sedante, vos me ataste las muñecas, vos me pusiste la inyección, vos me violaste mientras yo tenía convulsiones. Los médicos están rabiosos, y ésta que se cree, que se piensa. Pero los sexagenarios médicos, verdaderos dinosaurios, ya no pueden con ella, intentan convencer al personal auxiliar para que la sometan. Ellos, que siempre siguieron las órdenes sin rechistar, ahora titubean, dudan, recuerdan todas las veces que su conciencia se resintió por participar de esa violencia, de callar, de mirar para otro lado cuando escuchaban los gritos de Argentina arrastrada hacia la sala del quirófano, vieron a los médicos llenarse los bolsillos mientras un espantajo de patillas largas le cortaba con tijeras sus cabellos de oro a una Argentina inconsciente. Y mientras tanto Argentina sangre, sigue sangrando, y los médicos quisieran pintar las paredes con su sangre, llenar el hospital entero con su sangre, para convencer a todos de que no puede ser, que se tiene que acostar, sacuden en alto sus papeles, análisis de nivel de glucosa en sangre, colesterol alto, presión alta, influenza, cáncer dice uno, viva el cáncer dice otro, viva la sangre dice el más viejo, mientras todos se mantienen a salvo de cualquier salpicadura, de cualquier manchita, jamás la sangre los toca a ellos, erigirían muros si fuese necesario para estar a salvo de la sangre.
Argentina, dejando un rastro de pisadas rojizas, habla con los otros enfermos, ata cabos sueltos, estrecha alianzas, no nos van a poner en cama de nuevo dicen, y su palidez de antaño va dejando paso a un tono más lozano. Cuando los médicos traen a un cirujano de renombre internacional especializado en extirpaciones (lobotomías quizás), entre todos los pacientes sacan a patadas al cirujano, que sube de vuelta a su avión y se vuelve a su casa, contrariado, le corrieron el arco, como si su padre le hubiese instruido con técnicas en desuso. El hospital ya no parece un hospital, ya no aloja a enfermos crónicos, mas bien a individuos con dolencias diversas pero con francas señales de recuperación, comparten experiencias, los más avezados en el horror advierten a los menos versados de los peligrosos médicos, que no dejan de rondar por los pasillos, acechando, siempre con sus informes, con ese porte de profesionalismo y sentido del deber, detrás del cual ya pocos no ven la ambición de poner a Argentina y a todos los pacientes de nuevo a su merced, ellos mismos no son sino mercenarios, que muy a gusto les pasa una generosa comisión.
Argentina ya asiste a eventos públicos, tiene pretendientes que no dejan de advertir heridas en su piel, pero con cada día la ven mejor, todas tienen miedo de no aprovechar la oportunidad de invertir en ella sus esfuerzos antes de que otro lo haga. Argentina, que antes ni siquiera podía dignarse de fregar el piso del salón de recepción, y que en vez de levantar la voz sólo dejaba oír un quejido ahogado (frente a la mirada satisfecha de sus doctores, que habiéndola exhibido así la volvían a dormir), ahora se sienta en la mesa de los 20 comensales mas importantes, y ella sangra, todavía sangra, pero muchos en esa mesa sangran también y otros tienen las manos manchadas de sangre. Argentina hace sentir su voz, y ahora, como al principio, apunta directamente con el dedo a quien le debe sus islas, algunos de los 20 ya le dan la razón. Argentina ya no confía en sus médicos, que desesperados apelan a cualquier recurso que les permita sentir cercana la posibilidad de dormirla de nuevo, día a día pierden el respeto de sus auxiliares, algunos directamente los ignoran y otros ya se interponen entre ellos y Argentina, cada vez que ella baja una escalera. El terror de los médicos se hace monstruoso cuando algunos de sus predecesores más venerados son llevados a un calabozo por orden de Argentina, que con cada día recupera más la memoria, se hace consciente de quién y por qué la sometió, la sangró, la torturó, la violó y la saqueó. Ya retirados de su ejercicio, y amparados en por el cumplimiento de lo que llaman deber, estos carniceros habían logrado su impunidad, y muchos otros aún escapan al yugo, hasta mueren impunes algunos, pero el miedo se extiende, esta hija de puta nos va a hundir a todos, hay que aplastarla antes de que sea demasiado tarde, dicen los médicos.
Un día Argentina inesperadamente sufre una descompensación, algo se ha perdido en su  interior, una nueva herida se abre en el pecho de Argentina, de sus ojos caen lágrimas, los ojos de los médicos en cambio brillan, por fin pierde su fuerza dicen, éste es el momento, la sala de los médicos es una fiesta, con los globos, las prostitutas y la música alternan conciliábulos, donde intentan ponerse de acuerdo en cómo repetir el proceso de siempre, Argentina cayendo de nuevo, Argentina encadenada para siempre.  Es como si algo irremplazable se hubiese ido de Argentina, desapareciendo. Pero así como esos corpúsculos eléctricos que son las neuronas al perderse no pueden recuperarse, el espacio que una de ellas deja permite a las restantes aumentar las conexiones entre sí, asimismo es como si Argentina estrechase los lazos que la componen, y sin dejar de llorar Argentina sigue caminando, sus compañeros la abrazan y sorprende a los médicos en medio de su fiesta, que no salen de su estupor, uno de ellos apenas alcanza a recoger un informe del piso para repetir la consabida fórmula: es hora de descansar. Pero Argentina ni siquiera les replica, se da vuelta y camina, cada día está más entera, como si haber perdido algo en lo profundo de sí le hubiese permitido despertar una fortaleza inusitada, como si su sangre hirviera, esa sangre que todavía mana de ella, pero que ya puede pensarse que un día no muy lejano deje de hacerlo, lejos de los que quieren que vuelva a ser esclava impasible ante el saqueo y el horror, ante la muerte de sus hijos. No podrán con ella, nunca más podrán.

sábado, 30 de octubre de 2010

El polimodal


1º del Polimodal, tenía 16 años. Año 2000, las computadoras seguían funcionando. Ahora los profetas se dedicaban a robar diciendo que en el 2012 se iba todo a la mierda. Algunos habíamos hecho 9º juntos, y con el polimodal nos dividimos en Contable o Humanística. Los que seguían el consejo de sus padres y se proyectaban a un futuro con mejor currículum elegían Contable. Los vagos como yo elegían Humanística. Siempre buenas notas, pero sin demasiado esfuerzo: mejor un 8 con improvisación que un 10 de memoria, por más que no aprendiese mucho en el colegio realmente.
“En Humanística los profesores faltan más” había dicho Cintia a fin de año, arqueando las cejas en desaprobación.  Pero mientras ella lo veía como una condena a la desocupación después del egreso, con Carlos vimos enseguida horas libres que se proyectaban en nuestras tardes futuras como en una pasarela sin fin que se perdía en el horizonte. Además así ya no teníamos que soportar a la conchuda de Cintia. Le dije:
–Cintia, cuando pases con tu 4x4 y me veas mendigando en la calle me vas a sacar a dar un paseo no?
–Moríte pendejo- contestó y se dio vuelta. Carlos se reía, y yo también.
El 1º día entramos al aula y elegimos asiento, atrás de todo. El curso terminaba de acomodarse, algunas caras nuevas, otras conocidas, como Juan y César del otro 9º, que se sentaron al lado nuestro. Conté:
-5 varones, y 22 mujeres.
-23- dijo Carlos y entonces se me cerró la garganta. Como una aparición entró al salón una chica. Pelo castaño claro, ojos celestes, grisáceos. Pómulos perfectos, buena cintura. Era como si nuestro colegio fuese una película clase B y hubiese fichado a Nicole Kidman en el reparto.
-Te gustó eh?- dijo Carlos.
-¿Quién es? –dije idiotizado.
-Te averiguo, pero no la vi antes, es nueva.
Carlos conocía bien a Carina, también del otro 9º, quien al parecer obraba de confidente y celestina con sus amigas, pasando cartas, mensajes y chismes. Su obesidad robusta le daba cierto toque de madama, su carácter frontal y risa ruidosa impedían a cualquier otra discutirle el puesto. 
-Patricia Van nosequé- me dijo por lo bajo, y ese nombre me llegó como una diadema que se aparecía en la frente de Patricia. Parecía simpática, ya estaba hablando animadamente con las que estaban sentadas cerca suyo, pero aún así no podía evitar verla como una diosa del Olimpo que se mezclaba entre los mortales por curiosidad. Su voz tenía un tono suave y nítido, femenino, sobre todo femenino.
-Pará de mirarla tanto, boludo. La vas a gastar- me dijo Carlos, y tenía razón.
Intenté seguir el día sin prestarle demasiada atención, pero apenas dejaba de concentrarme en la clase me encontraba mirándola, a veces de reojo, a veces de pasada cuando pedía prestado el liquid paper a César, y otras abiertamente, encandilado, hasta que Carlos me daba un codazo en las costillas. El primer día de clases siempre es interesante, se empieza a ver quien se junta con quién y esas cosas, pero ese día yo solo podía pensar en Patricia. Intenté llevar una conversación decente con mis amigos durante el trecho que compartíamos camino cada uno a su casa, y cuando me separé de ellos a unas cuadras de la mía suspiré aliviado. Casi podía ver su nombre formado en las nubes.

Mientras pasaban los días los varones fuimos formando un mismo grupo. Carlos tenía el pelo corto y enrulado, piel morena, excelente enganche para jugar al a pelota, siempre interrumpía los trabajos en clase con alguna boludez que me hacía reír. César era un poco rellenito, supuestamente sabía de computadoras, tenía una moral despreciable pero con nosotros se comportaba. Juan era amable pero taciturno, costaba hacerlo reír, parecía constantemente absorto en algo que no podía adivinarse. También estaba Ezequiel, que se sentaba solo y fumaba desde los 15, el más vago de todos, se las arreglaba para transarse a alguna de vez en cuando en los recreos (la Dirección no lo permitía pero tampoco pretendía un control absoluto al respecto). A veces lo miraba y me preguntaba cómo, siendo tan flaco y con esas cejas anchas podía irle tan bien.
Para los trabajos en grupo Juan y César me ayudaban a buscar las respuestas, sobre mí recaía encargarme de enunciarlas, como un notario de actas. Carlos y Ezequiel hacían divertido el proceso, y sobre todo Carlos negociaba con los grupos de mujeres para intercambiarnos respuestas. Siempre recordábamos con risas el día que la vez que a Gaby, que tenía novio, le dio una respuesta de Historia a cambio de un beso en la mejilla, pero a último momento le corrió la cara y le dio un pico. Gaby protestó con un cachetazo en el hombro de Carlos, quien volvió al grupo entre nuestros festejos y las risas generales.
El intercambio solía ser de unas respuestas por otras, la calidad dependía del grupo. Las mejores eran del grupo de Sole, porque ella leía bastante y ya se reconocía de izquierda, lo que mal o bien ya implicaba alguna clase de visión personal sobre el mundo. El año anterior ya era compañera mía y de Carlos, no nos sorprendía escucharla protestar en clase. Aún así, y Carlos lo sabía, yo nunca me perdía de intercambiar con el grupo de Carina, donde estaba Patricia.
–Dales la 6 y pedíle la 4 que no la encuentro- le decía yo y Carlos sonreía sin delatarme, había escuchado tan bien como yo que al lado nuestro el grupo de Carina discutía sobre la pregunta 6, con Patricia impacientándose,  y sabía también que la 6 yo la tenía marcada entre corchetes en el libro. Carlos era un buen amigo.
Un problema adicional era que a raíz de este mercado negro de respuestas, los productos finales de los distintos grupos tendían a ser muy similares, y un par de profesores (los más jóvenes, claro) mostraron su recelo. Por eso me preocupaba de que nuestros trabajos fuesen distintos al resto, más completos. En menor medida lo mismo hacía con lo que le pasábamos a Carina. No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta de que Juan se preocupaba por lo que intercambiábamos con Sole. Fue César quien me iluminó sobre eso.
-Esto viene de hacer largo ya, Juan se le declaró a Sole hace 2 años, fue a su casa con una flor en la mano el boludo.
-¿Y qué pasó?
-Nada, Sole le dijo que lo quería como amigo nomás, y se lo dijo por decir, porque amigos no eran, porque no podía decir “como hermano” ¿No?
-Y no… pero ¿Cómo puede ser que no me haya enterado de nada?
-Bueno, es que Juan sólo me lo contó a mí después de insistirle una semana, lo veía tan mal… y parece que Sole ni siquiera se lo contó a Natalia.
-Si Natalia supiera…
-Por eso. Y como vos y Carlos llegaron el año pasado, a lo mejor alguien se enteró y ustedes no.
-Y me lo contás ahora.
-Sé que te gusta Pato- y se me hizo un nudo en la garganta.
-Cualquiera, nada que ver.
-Dale boludo, a ver decime que es fea.
-Bueno y qué.
-Que veo como le pasas lo mejor a Carina porque está con Pato, y a Sole le pasás medio pelo.
Solté una risa forzada, César me estaba poniendo nervioso.
-Hacélo por Juan no seas forro. El resto me chupa un huevo- lo decía por los otros grupos dos grupos, formado por chicas de perfil bajo que no jodían a nadie.
-Dale, no hay drama- dije.
Desde ese día entendí mejor a Juan, esa mirada perdida, mirando hacia nada y hacia adentro, pendiente de la voz de Sole, a quien tenía casi al lado, pero a la vez tan lejos, completamente inalcanzable, porque ella no le prestaba la menor atención, ni siquiera con antipatía. A lo mejor por eso, y por el hermetismo de Juan no lo había sospechado, Sole no estaba mal pero no había pensado que pudiese tener tan encandilado a alguien. A mí me iba un poco mejor, por lo menos Patricia me hablaba, mirándome a los ojos, se reía de algo que yo podía decir, y me decía “qué cabeza tenés nene, no sé como hacés”. Pero ella no sospechaba de mí, y si lo hacía, en todo caso podía refugiarse en la duda para tratar conmigo.
Ahora tenía más trabajo, intentando que a veces hubiese 4 respuestas diferentes para una misma pregunta, variando la forma del contenido. Sólo en Historia y Geografía, en el resto de las materias daba prácticamente lo mismo, en general los profesores sólo querían sus respuestas.
Una vez saltó la ficha en Historia de que algo estaba pasando, pero Carina logró escandalizarse más que el profesor, diciendo en voz alta que los libros de texto eran muy simples, y que muchas veces marcaban lo mas importante en negrita (o sea, las respuestas).
-¿Qué podemos hacer si lo ponen así? No es culpa nuestra ¿Sabe?
-Es una guía, a partir de ahí ustedes tienen que analizar y…
-Las respuestas están correctas ¿Nos va a desaprobar?
-No digo eso, pero inténtenlo chicos, no es tan difícil.
-Estos libros- dijo sosteniendo uno con la mano y soltándolo sobre la mesa- son una mierda, y encima son carísimos-. El libro cayó sonando como la sentencia de un juez en su martillo, dando inicio a que todo el curso irrumpiera a viva voz en las mismas protestas, en un coro ininteligible.
-Chicos, calma, acá nadie va a desaprobar a nadie…
Y Carina ya estaba sentada, satisfecha. Me miró como diciendo “No lo voy a poder hacer siempre, ponéte las pilas”.
Cuando llegaron los primeros exámenes la tuve difícil, pero me las arreglé para terminar rápido lo mío mientras guiaba a Carlos en lo suyo. Entonces me quedaba cerca de la mitad del tiempo, mientras fingía no haber terminado, para empezar a soplar al resto a mi alrededor, en voz baja o en pequeños machetes, papelitos enrollados adentro de una birome. César podía necesitar alguna que otra ayuda, pero generalmente se las arreglaba para aprobar solo. Juan nunca me pedía nada, y podía sacar un 9 como un 5, no parecía importarle demasiado tener un buen promedio, ni siquiera aprobar, pero era evidente para mí que iba a media máquina. Juan estaba en otra parte, lejos, como lejos de él estaba Sole, sentada una mesa a la izquierda y delante de él, en diagonal.
Idéntica era mi ubicación respecto a Patricia (ya todos le decían Pato). Así podía verla de espaldas cuando miraba al pizarrón, y de perfil cuando giraba un poco su cabeza a la derecha para hablar con Adriana, su compañera de banco. A veces se daba vuelta para hablar con Carina o con Gaby, y yo tenía que sacarle rápido la mirada para no ser sorprendido. Que eso pasase a la vez me aterrorizaba y lo deseaba, pasando más de una vez que sus ojos celestes cruzaran los míos, quedando yo paralizado como liebre antes de ser aplastada por un camión. Soportaba esta presión en el pecho día tras día, al tiempo que crecía como un cáncer, tomando mi garganta y el vientre, provocándome temblores compulsivos, lapiceras mordidas y suspiros al techo. Mi oído había aprendido a tomar su voz de entre el confuso murmullo del salón, desenmarañándolo, elevándolo por encima de cualquier otro registro, y cuando giraba sobre su hombro y me miraba de reojo, susurrándome para pedir ayuda durante un examen, poco faltaba para que me meara encima. Se la pasaba a Carlos con la birome, que inventaba un bostezo estirando el brazo hacia Gaby, o sino en un bollito de papel que yo tiraba al suelo despacito, pateándolo en dirección a Patricia mientras Carlos tosía como un condenado. Había que regular el movimiento dependiendo de cuán atento estuviese el profesor de turno.

En los recreos solíamos juntarnos con los de contable que habían sido compañeros nuestros el año pasado: Ale, Tincho y Damián. Carlos y Ezequiel eran los que más ligaban, solían tener alguna transa. Una vez dijo Carlos:
-Mirá ¿Ves esa que está ahí?
-¿Cuál?- preguntó Ezequiel
-Esa, la de la trenza.
-Sí.
-Esa me la comí en La Mónica en las vacaciones. Un mal aliento tenía la hija de puta! Pero me dejó tocarle el culo. Ahora se hace la que no me conoce.
-Esta de novia con Matías de 3º boludo. Hace 2 meses ya- dijo Ezequiel.
-¿Quién te dijo?
-Mi hermana la conoce desde 9º
-La concha de tu hermana entonces.
Y todos reíamos.
La hermana de Ezequiel se llamaba María. Flaquita, bien proporcionada, pelirroja, pelo corto a lo Meg Ryan. Divina. Pero yo solo podía fijarme en Patricia, del otro lado del patio, sentada entre las demás chicas, con la coleta en la boca mientras se acomodaba el pelo hacia atrás con las manos. Patricia riendo, con súbita coloración de sus mejillas. Patricia yendo al quiosco, mientras yo buscaba algo de dinero en el bolsillo para comprar algo también, preguntando si alguien quería que le comprara algo ya que estaba y me dieran la plata. Y Carlos con sonrisa cómplice: “Andá, andá” me decía.
Yo iba.

viernes, 30 de abril de 2010

Si dudás, redondeá para arriba


Un colectivo pasaba sobre la ruta 197 camino a Pablo Nogués y alejándose de la Panamericana, conmigo arriba. Pasaban de las ocho, y ya había anochecido. Así cedía el verano su paso. De día es fácil ubicarse, tener una dimensión del tiempo, e imperceptiblemente el sol regula lo que hacemos, según se ponga en lo alto o se acerque en el horizonte. Es como si a la noche eso no le gustara, como si renegase del modo en que el sol hace las cosas. Sean las 8 o sea madrugada hay sombra, a veces con luna, y eso es todo. Uno de mis pasatiempos como aspirante a antropólogo, aventurar concepciones animistas del universo. Imaginaba el punto de vista que suponía debieron tener los humanos hace miles de años. Es decir, cuando con la misma docilidad que ahora el mundo aceptaba que las cosas eran de tal o cual manera, solo que no existían aún las herramientas geométricas y menos todavía los viajes espaciales. La necesidad en ese entonces, como ahora, era que todos estuviesen de acuerdo en lo que el mundo es y en lo que se puede esperar de él, y quien fuese capaz de erigirse como poseedor de ese conocimiento, tendría el poder. Por como le veía, todo habría empezado por algo mas simple. Un golpe, y a lo mejor uno con garrote. La mujer se queda en casa y el varón sale a cazar. Y a la vez, el varón mas poronga se gana el respeto de los otros, ocasionalmente la obediencia. Esto me enloquecía y obsesionaba, porque a una escala infinitesimal empezaban las disyuntivas, variables a través de las cuales cada sociedad iba deviniendo en lo que vemos ahora ¿El lider es respetado o dirige con mano de hierro? La pregunta quedaba suspendida en el aire un momento, como parte de un ejercicio ritual. La angustia generada por el interrogante demandaba una respuesta a mi intelecto, quien por sus propios medios parecía no dar pie. Pero la angustia por sí misma tarde o temprano genera un calmante. Es un fenómeno psíquico, orgánico, que se manifiesta en forma de una idea. Mi objetivo era prolongar el mayor tiempo posible la ansiedad para encontrar una respuesta que realmente me sorprenda, y a la vez volver mi plato más y más apetitoso. Era esto lo que daba en un desenlace como de iluminación, de verdad revelada. En mi caso se daba al punto de cambiar el registro interno de la voz que a este ese momento había llevado adelante el proceso. En vez del escéptico impávido y minucioso, aparecía la seducción del orador. Lo primero fue dar con un término claro, que pudiese enlazar la serie de elementos hasta entonces inconexos y darles sentido. “Los recursos”. Según esa idea la clave para diferenciar el origen de los distintos tipos de liderazgo estaba en la disposición de recursos de subsistencia. Una red de comunidades podía convivir más o menos en paz si cada una tenía todo lo necesario para vivir y desarrollarse. Así parecía haber sido en el este de la Norteamérica precolonial, donde cada año las diversas tribus se reunían para competir por los mejores regalos. Esa parecía ser a la vez la razón de que pueblos surgidos de parajes inhóspitos como los vikingos y los mongoles fuesen grandes conquistadores. ¿Pero qué quería decir esto en el fondo? Así rezaba mi yo antes mecánicamente descreído, ahora absorbido por el hechizo de sencillez con que podía verse el asunto. Todo se trataba de la fuerza con que se imponía el poder cuando una sociedad está en peligro de desaparecer. Cuando los recursos son escasos comienza la lucha por sobrevivir, como en toda especie, solo que en nuestro caso aumentamos nuestras chances trabajando en grupos. Y enseguida pensé en los chimpancés o en los mandriles de la sabana tirando piedras a un gran felino. Intenté llevar esa imagen a la enésima potencia y pensé en una especie que fuese triunfando sobre todo el resto, expandiéndose por todo el mundo gracias a su combinación de grupo unido y manejo de herramientas. Nosotros. En ese caso, tarde o temprano la lucha por sobrevivir sería entre nosotros mismos. Sentía en el fondo que había alguna clase de ecuación al estilo “Relación apellido alemán-apellido noruego” que cuantificaba los elementos de este enfoque, y que en tono glacial debía decir algo como “a menor disposición de recursos para un mismo número de comunidades (o a un mayor número de comunidades para una misma cantidad de recursos), es más probable que alguna/s de ellas devenga dominante para someter, expulsar o exterminar al resto”. Para quienes presentan una fijación pitagórica por los números y las fórmulas, es decir, para quienes este envase indica que dentro está la verdad buscada, esta especie de principio así presentado sería suficiente, pero mi ritual exigía más. Porque había una razón todavía más profunda que lo dirigía, a una escala más diminuta y por eso difícil de precisar. Pero yo la sabía, y la presentía como se espera la lluvia después de los primeros truenos. Se trataba de lo que era capaz de hacer una persona cuando se ve forzada a sobrevivir, sea lo que sea que eso signifique en cada caso. No era otra cosa lo que toda persona sondea cuando pregunta a otra que haría en tal o cual situación límite. Ezequiel hacía esas preguntas.

-Ponele que viene un chorro y te ata a vos y a tu familia en tu casa. Pero onda, viste esos chorros que se violan a gente que le roban y les pegan hasta dejarlos inconcientes.
 -Se.
-Bueno que son varios chorros y te están desvalijando, y entonces uno así el más poronga se pone gede- intercaló una pequeña risa, como de quien propone una jugada audaz- y se quiere violar a tu hermana que tiene síndrome de down, y los demás se cagan de risa y les cabe la idea.-Me detuve levemente en la sensación de mierda que la idea me provocaba, imaginando el escenario.
-Ahá. Bueno estaría atado, pero trataría de apelar a su moral, no sé, onda “No seas así, a ella no”, o sea que nos robe, ya fue, le prometo no hacer denuncia total sabe donde vivo.
-Pero es un chorro y violador, le chupa un huevo. Además no le estás ofreciendo nada que de por sí ya no te pueda sacar por tener un arma y saber donde vivís.
-Bueno no sé, grito a lo desquiciado para que no pueda cogérsela en paz, capaz desiste.
-O te pega un tiro, pero eso no salva a tu hermana, te salva a vos nomás de presenciar como la violan.
-Capaz… Pero si grito capaz alguien afuera escucha y eso no le conviene. Suponiendo que no me hayan amordazado. Ahí no podría hacer nada… De última me muerdo la lengua para empezar a chorrear sangre, a lo mejor eso espanta al más impresionable y empieza a presionar para irse a la mierda rápido. Viste que siempre hay un gil en las bandas.
-Si, en las películas de bandas… -risas de ambos-.Y ponele entonces -se rió ahora otra vez, como retrucando-, te querés hacer el loco pero estás atado y le decís onda que pare, y se te caga de risa. Y te dice que vos elegís, que te deja vivir violando a tu hermana y a tu vieja mientras vos mirás todo, o te mata y no les hace nada.
-Le digo que me mate. Pasa que ¿Cómo creerle? Si es un chorro que me está desvalijando la casa no voy a pretender que sea un tipo piola.
-Pero hay chorros piola, no es lo mismo que te la hagan fácil para que les des todo sin lastimarte a quemarte de una sin preguntar.
-¡Chorros piola! Jajaja igual eso suele ser porque vienen re duros de merca, bah antes. Ahora es con paco. El problema es que por más que no pueda saber si me dice la posta, sería una mierda vivir sabiendo mi familia ve en mí al que no dió la vida por la inocencia de su hermana. Que se yo, en el fondo me pregunto, ella seguiría viva, yo también, pero es una sensación de mierda. No es tanto por esa lógica de quien queda vivo y después remontarla como se pueda, que te admito sería mas racional, es más ese momento en que pensás en como va a ser tu vida si no te morís ahí aunque sea con la esperanza de que el gede esté diciendo la verdad y no la vayan a tocar después.
-No decís nada de tu vieja… -sonrisa malévola-. No la querés.
-Pero es mi hermanita boludo la que más importa, si hay alguien que es prioridad que no pase por algo así es ella, no tiene herramientas como una persona normal para racionalizar lo que pasó y superar el trauma. No sé, me la imagino re perturbada…y si no muero ahí intentando salvarla me volvería depresivo de verla nomás, mortificándome toda la vida y me terminaría suicidando. Ya de por sí me comporto como buscando la excusa para recibir castigo, así habría encontrado la excusa perfecta para pegarme un tiro…
-O sea que si la quieren agarrar a tu vieja, te hacés el boludo mostrando algo de indignación, pero sin ofrecer tu vida.
-Hay un estudio sobre una comunidad…
-Daaale jajaja
- Pará. Hay un estudio etnográfico sobre una comunidad, creo que de Malinowski en las islas Tobriand.
-Ahá.
-Cuando alguien moría, las minas tenían que mostrar signos de dolor y sufrimiento desgarrador, tirarse tierra en el cuerpo, llorar, todo. Los familiares ¿No? Y se ponían en grupo para hacerlo, ponele que era un flaco el muerto, bueno, entonces la madre, las hermanas, etc. Pero también la esposa y sobre todo la familia de la esposa, porque si no mostraban ese padecer en el ritual se pudría todo y no les correspondía nada en el reparto de los bienes.
-Ahá, claro.
-Onda que cuando alguien moría todos pensaban en los bienes, era particular de esa cultura, como acá con los regalos de navidad. Viste cuando alguien se va del país y quiere vender todo ya, casi regala las cosas, y que aparece gente de cualquier lado desesperada por conseguir algo por dos mangos. Bueno así.
-Re piola. Acá nos hacen vestir de negro y ponen un cura a decir pelotudeces de alguien que no conocía. Seguro el cura es pedófilo.
-¡Ja! Si. Y resulta que el tipo este que los estudia se da cuenta de que las minas tienen-que mostrar dolor, y que no lo hacen así espontáneamente. Así como algo más teatral, no de posta.
-Bueno pero si él se da cuenta y la familia del fiambre no, son medio pelotudos, cualquiera. ¿Cómo que se dio cuenta?
-Pero no, o sea…
-Era rubio y de ojos celestes, claro. Y cristiano.
-Jajaja no boludo o sea, claro que la otra familia se daba cuenta de que era un acto todo, pero era el ritual. Ellos querían que den los signos ceremoniales del funeral como muestra de respeto al grupo, no importaba que sea fingido o no. Reclamaban respeto, y el dolor en sí no era importante, era…
-…el símbolo de ese respeto.
-Cláaa…
-¿Y entonces?
-¿Bueno y viste esa peli “Cuatro funerales y una orgía”?
-No existe esa película.- dijo sonriendo.
-Debería existir. Pero viste que en los funerales de gente de plata todos los interesados en la herencia por lo menos tienen que ir al funeral. Puede ser una cláusula del testamento que se lee después, imagináte. Yo haría eso.
-Y si quieren morder algo sí, mímino tienen que estar.
-Es así, todo pasa por ahí. Lo reconozcamos o no, es secundario. Bueno, y con mi vieja pasaría algo así.
-Jajaj ¿Cómo?
-Nadie, ni ella, me podría pedir con autoridad moral que yo dé mi vida para que no le hagan eso. Y enton…
-Decílo, que la violen.
-… y entonces yo daría mi señal de respeto. Tendría que demostrar que eso me parte el alma, sacudirme en la silla o en el suelo sin amenazar seriamente mis ataduras, enloquecido, rabioso, hasta llegar al momento de la frustración y de llorar desconsoladamente. Tendría que vivir con eso, pero se puede pilotear.
-Para mí que no la querés a tu vieja, que querés que te diga….
-Tomatelá hijo de puta…
-Jajaja!
-Si no me pasas el control remoto me garcho a la perra. Ahora.
-Te recomiendo a Selene que está en celo.
-Dale paja cambiá de canal, odio esta publicidades de mierda. “Mandá joda al 2020.” ¿Qué mierda se supone que va a pasar? ¿Aparece una bola de espejos de la nada? La verga!
-Sale una trola mágicamente del celular y mueve el culo. Y ahí si mandás “culo” al 2020…

(risas)

No había pasado mucho desde eso, y me servía para pensar desde esa óptica. Porque una comunidad que diese la vida por la supervivencia de otra es simple, dejaría de existir. No sabríamos nada de ella y evolutivamente sería un fracaso. Una comunidad que en condiciones de escasez de recursos puede sobrevivir es porque acapara esos recursos, a menos que emigre a otro lugar. Y al analizar una zona geográfica dada, las que hayan emigrado son irrelevantes. Interesan las que pudieron quedarse, y cómo lo hicieron. Como dice el Dos-Caras, te morís siendo héroe, o vivís lo suficiente para convertirte en villano. Mi intento de explicación era que se trataba de un líder. La gente sufriendo, temerosa de ver morir a sus hijos de hambre o de sed comienza a exaltarse, y acentúa la frecuencia sus danzas de la lluvia o lo que sea. Pero nada de eso funciona. Y entonces el pueblo ya está dispuesto a cualquier salvación, sea cual sea. Dispuesto a seguir a quien sea que proponga una salida, cueste lo que cueste. Es decir, todo estaría preparado para la aparición de un gran lider, patriarcal, de tipo militar. Alguien capaz de coordinar la fuerza hasta entonces confusa de los individuos y formar un cuerpo coordinado (Y pensé en los grandes conquistadores, incluso los fascistas contemporáneos, desfilando ante mis ideas, como escudriñando una pintura; los veía asentir levemente, con interés). El impulso vital de esta unificación a modo de esqueleto era la voluntad de poder del líder, su capacidad para ser obedecido. Es lo que permite hacer planes sólidos por ejemplo para invadir una aldea, y a la vez reaccionar rápido al ser invadidos. Un consejo de ancianos no sirve ante una situación así, genera demasiadas variables y posibilidades de traición por la filtración de la información. (Una imagen del parlamento democrático volando en pedazos pasó en un flash). Como hacía Ezequiel con sus planteos de mierda, había que llevar la situación al límite, como una prueba de simulación, y establecer probabilidades de supervivencia. Una voluntad que domine todo puede decir vuelen el puente sobre el río para que los invasores no lleguen, y el puente se vuela. Si fuese por los ancianos para cuando la aldea está prendida fuego todavía van a estar discutiendo. En ese sentido un gran lider garpa mucho más. Con el tiempo, el lider muere, pero su deseo de perpetuarse lo lleva a establecer un heredero para su legado, no necesariamente un hijo, y puede que el sistema de poder se sostenga, puede que no. Pero si sucede ¿Cómo es que sucede? Y entonces volví al principio, al establecimiento de una cosmovisión más o menos firme, una versión de lo que es el mundo y el significado de la vida. La luna, el sol las estrellas, los animales, el mar, las montañas, la putrefacción de los cuerpos. Todo tenía que tener sentido en una especie de cuento pleno de simbolismo. Probablemente la comunidad ya tuviese alguna clase de sistema de creencias que preexistan al gran líder. Mi interés pasaba por cómo éste debía consensuar con esta visión, públicamente ante sus súbditos, para legitimizar su poder político. Un chamán respetado, una hechicera de prestigio. Un detentor espiritual. Napoleón me miró mientras recibía la corona de las manos del Papa, me guiñó el ojo mientras se la colocaba él mismo, y Constantino se reía por lo bajo. Es ahí, en ese cruce, cuando el poder político se vuelve religioso, y viceversa. Ahí el líder empieza a meter mano en el orden del universo y mete lo que le conviene. Enrique VII tosió. Y cuando logra volverse representante de las fuerzas espirituales sobre la Tierra, la farsa es completa. Cuando un sistema así echa a rodar tarde o temprano aparece un dios al estilo monoteísta, o al menos un dios supremo que domina a los dioses menores. Cristalización personificada, antropomórfica, en la conciencia de los dominados de ese poder que los enreda, el que todo puede, todo lo ve, y todo lo juzga. Y quien tuviese la marca del poder era la voz de ese dios en este mundo, más valía seguirlo. Era la salida más eficaz para que el poder sobreviviese a los líderes históricos, a los malos líderes sobre todo. Cuando un pelotudo cualquiera pueda gobernar sabremos que la civilización habrá progresado al máximo. El próximo paso sería el último de la humanidad: Deus Ex Machina.

Sabía que estaba dejando cabos sueltos, problemas irresueltos. Pero la seducción de entender de qué se trataba todo era muy fuerte, y me llevaba a toda marcha. Todo buen orador sabe evitar los detalles que complican todo, recorta, simplifica lo conflictivo, lo que no sirve para contar su historia. Sabe generar la sensación de que las cosas cierran, y es entonces cuando mejor miente. Y todos adoramos a los buenos oradores, casi olvidamos que para tener carisma hay que saber mentir bien, redondear los ángulos agudos de la realidad. La gente lo pide a gritos.


Imagen: "Eyes see U 2", de Flame Eluge

martes, 6 de abril de 2010

La homosexualidad y la confesión

¿Por qué la homosexualidad es cosa de confesion y la heterosexualidad no? es muy simple, una cosa es tradicional y la otra no. No es que algo esté bien y lo otro esté mal en el sentido moral-filosófico, pero si es algo que está mal visto por nuestra cultura, en la cual pesa el elemento judeocristiano, queramos o no. A mi me parece un poco naif cuestionar las bases de esa moral, en el caso en que se pretenda que las masas cambien su parecer al respecto a fuerza de razonamientos, porque no lo van a hacer por esa vía. La discriminación a la homosexualidad tiene ante todo un papel social definido, por ejemplo en un pueblo, que es preciso primero reconocer si se quiere hacer algo al respecto. La homosexualidad, antes que una elección de objeto sexual (individualmente), implica ser menos varón en términos de masculinidad y virilidad (socialmente). Lógico, las víctimas de este criterio protestan indignadas por el juicio a una elección en apariencia inocua, pero para decirlo en criollo, el típico padre no quiere que su hijo sea homosexual. Si, a pesar de todo el discurso de dejarlo que elija, un padre que quiere a su hijo le proyecta sus aspiraciones y no quiere que sea homosexual. Algunos son felices mientras sea un escritor fracasado con tal de que no sea homosexual. A un padre así no le gusta que un homosexual ande por ahí como si nada, que se pueda casar con un hombre, etc. Ése es el principal problema, que en la ciudad no se ve tanto, porque precisamente la urbe es el símbolo moderno, donde cada uno hace lo que quiere y todos son desconocidos. Falta ahí lo que si está presente en un pueblo, donde si a fulano lo ven cogiendo con un flaco afuera del bar al otro dia todos se van a enterar, va a ser marcado, alejado de los nenes, oveja negra. Los medios a lo mejor revitalizan eso, porque hacen pública una realidad que "mejor sería ocultar a los nenes", y ahí cae Ricky Martin diciendo que le cabe. En eso que a lo mejor podemos llamar aldea global, todos "conocen" y "saben" quien es Ricky, el que cantaba Maria, etc. Entonces pasa un poco lo que pasaba en el pueblo, donde de repente todos se enteran que el Zoilo es bufarra.
Hay que buscar las razones a ese nivel para mí. No tanto en los motivos particulares que pueden aducir las personas que discriminan (como el ejemplo del padre que no quiere que su hijo sea trolo), generalmente ellos ni saben por qué lo hacen (en el sentido de la función social que eso cumple). Solo hacen lo que les enseñaron a hacer. Pero hay una historia de esa enseñanza. Quien quiere respuestas, puede rastrearla.

En cuanto a Ricky Martin, convengamos en que su carrera estaba bastante baqueteada ya, y con esto remontó bastante, volvió a las tapas de las revistas, etc. Si dentro de poco saca un nuevo disco, me atrevo a sospechar de que tenga un representante maquiavélico.

Imagen: nombre y autor desconocidos