viernes, 19 de agosto de 2011

El polimodal (Capítulo 3)


La casa de Juan era más grande y apacible, nuestro cuartel general. Sus padres tenían al fondo de la casa un taller grande donde fabricaban cortinas de plástico. Poníamos música con algo para tomar y pasábamos la noche. No pasó mucho tiempo para que todos supiesen que me gustaba Patricia. En algún momento Carina se enteró. Empezó a hacerme miradas cómplices, encontraba maneras de acercarme a ella, yo le dejaba hacer, aunque no estaba seguro de qué sabia Carina exactamente, y peor aún, qué sabía Patricia. No sabía si interpretar su calidez para conmigo como un guiño o como ignorancia de su parte, y vivía cada día en la cuerda floja, sin atreverme a dar pasos definitivos, pero también sin dar un paso atrás.

Al llegar a mi casa me encerraba en la pieza de mis hermanos a escuchar música, mientras todavía no volvían del trabajo, y entonces recordaba momentos del día con ella, y fantaseaba con mutuas declaraciones, donde todo se resolvía con un eterno beso. Muchas veces encontraba así detalles que no había apreciado, que tanto podían alegrarme como podían quitarme el aliento, algo quizás demasiado obvio que yo había hecho en su presencia, alguna mirada suya de indiferencia o hasta de frialdad hacia mí, y enredaba estos elementos, complicándolos entre sí y dando lugar a conclusiones que se disolvían con el sueño durante la noche, o que recordaba vagamente al caminar las 4 cuadras que me separaban del colegio, desapareciendo por completo al entrar al salón y verla sentada, porque fue en esa época que empecé a llegar tarde casi todos los días.

En 8º, cuando iba a la 50, me gustaba María, de 14 años pero cuerpo de 18. En esa época era fanático del cazador. La dibujaba desnuda y rodeada de hombres, asaltada desde todas las posiciones posibles. Se ve que le llegó el rumor de mis dibujos obscenos, y encontró uno adentro de un tacho de basura. Me denunció con la preceptora, quién reconoció el parecido, pero dijo que no podía comprobarse a menos que yo confesara. La preceptora tenía esas ojeras no producto del cansancio sino de la pigmentación de la piel, rasgo que siempre me atrajo. Cuando quedé a solas en su despacho quise empezar a decirle que tenía problemas en casa, pero enseguida me dijo que me quedara tranquilo, que no pasaba nada. Ese día dibujé a la preceptora.

Pero con Patricia era diferente, era sagrada. Me resistía a imaginarla desnuda, y cuando finalmente cedía, estaba rodeada por una especie de aureola suave, como de ensueño. Casi siempre la veía con el delantal, que escondía sus líneas, excepto en las clases de gimnasia por la mañana, cuando podía verla sólo con un jogging y una camiseta. A veces no podía contenerme de pensarla transpirada y en ropa interior, pero aún así permanecía ella en un halo de pureza, como si verla así solo pudiera deberse a su descuido y a mi voyeurismo, pero no a su voluntad.

Todo eso se acabó cuando la vi transando en el recreo con Ricky, un rolinga. Ese día algo se rompió dentro de mí. Pero no sólo por mis celos y por la amargura de que otro me hubiese ganado de mano, sino también porque entonces se desbordó mi deseo, y ya no pude contener mi imaginación. Lo suyo con Ricky no duró mucho, era una transa nada más. Eso no evitó que todos los que sabían de mi pesar estuviesen expectantes de mí, sobre todos mis amigos. Me decían: “¿Y ahora que vas a hacer?”, “No sé” les decía. No lo sabía. Pero lentamente se gestaba en mí la resolución de hacer algo, empezaba a necesitarlo de verdad.

La miraba con más insistencia. A veces nuestros ojos se encontraban, como pasa con todo el mundo (contaba con precisamente esa inevitabilidad), y la miraba directamente, como interrogándola y queriendo decirle algo a la vez, un lenguaje que ella no podía o no quería corresponder, porque sólo se mostraba un poco perpleja primero, y luego desviaba la mirada como si nada hubiera pasado. Entonces yo miraba a mi derecha, hacia los ventanales que desde el 2º piso daban vista a la ciudad de Pacheco, y me quedaba en silencio un largo rato. Al verme así Carlos intentaba hacerme reír, y cuando yo, desconsolado, apoyaba mi mentón en la mesa como un perro viejo, me ponía la mano en el hombro y me decía “No te mates boludo, te estás ahogando en un vaso de agua”. Carlos creía que cuando yo conociese muchas mujeres una atrás de otra, rápidamente olvidaría a Patricia. Yo intentaba creerle, pero entonces otra vez la veía y me parecía imposible, ofendido por la idea.

Era cierto que no tenía mucha experiencia. Ni siquiera había tenido mi primer beso con lengua, y esto me atormentaba, porque me encantaba la idea de tenerlo con Patricia, pero tampoco era prudente arriesgarme a dar una mala impresión a la primera oportunidad y arruinarlo todo. Me había enterado de que una amiga de Ale que iba a un colegio privado gustaba de mí, al parecer me había visto cuando cruzamos a ella y a su grupo de amigas caminando por el cruce, la principal avenida comercial donde se paseaba todo Pacheco, pero eso le había alcanzado para echarme el ojo. Tenía curiosidad por saber cuál de las del grupo era ella, Ale me la describió pero no la recordé, y me decepcioné porque evidentemente no era la rubia castaña de labios carnosos y piel sonrosada. Era la hermana menor, ni linda ni fea, mediocre. Mi ansiedad alrededor del 1º beso me entorpecía tanto a la hora de encarar cualquier chica que pensé que estaba bien así. Diana se llamaba.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El polimodal (2)

  
Yo vivía más cerca que nadie, a 4 cuadras, pero mi casa no era el mejor lugar para juntarnos. No tanto por mis 5 hermanos, sino sobre todo por mi madre, que sabía hacer de ese hogar un infierno cuando se lo proponía, reprochándole a mi viejo su falta de iniciativa, quien a su vez cansado después de 12 horas de trabajo rezongaba intentando seguir su película de Steven Seagal o Van Damme. Era común verlo dormido en el sillón después de la cena mientras mi madre lavaba los platos, diciendo que había tomado “una decisión”, “me harté”, “se piensan que me van a tener toda la vida fregando (haciendo chasquidos de negación), no señor, ya me van a conocer…”. Y entre cada uno de estos descargos intercalaba un silencio punzante que hacía zumbar el aire en mis oídos, dejando en claro que en su cabeza no cesaban las maquinaciones, como agua que hierve y siempre a punto de rebalsar. Su silencio, acompañado del sonido por momentos frenético con que limpiaba la cocina, mantenía mi angustia, y con cada año que pasaba así yo mismo me iba convirtiendo en una olla hirviendo, fermentando refutaciones a sus estallidos, que pusieran en evidencia sus contradicciones con algo dicho por ella la semana pasada, y a veces esa misma tarde. Pero esto demostraba ser la mayoría de las veces un gran error, porque entonces toda su ira se enfocaba en mí, como si el ojo de Mordor viera el anillo en mi mano y procurara aplastarme con fuego.
En principio mi madre podía razonar normalmente, pero sus accesos la dominaban al punto de ubicarse siempre como una víctima de todo, de mi abuela que la puso en un convento a los 7 años cuando murió mi abuelo y donde permaneció hasta los 15, de sus hermanos que no la apoyaron como ella hubiese querido con sus proyectos, de los hermanos de mi padre que la hicieron a un lado por meterse donde no la llamaban, de nosotros sus hijos por estancarle su realización personal, de los empleados públicos que la hacían esperar demasiado para los trámites, del colectivero que pasaba de largo, y así toda una serie de atenuantes que la excluían de cualquier responsabilidad sobre sus decisiones, sus malas decisiones.  
Fueron mis 2 hermanos mayores, Emiliano y Hernán, quienes lentamente y sin saberlo, me mostraron el camino para dominar a la bestia, o al menos para hacerle frente, aunque eso implicara episodios de violencia antológicos.
-¿Te acordás- me decía Fede, Dos años menor que yo- esa vez que mamá discutía con papá, que Emi le dijo a mamá que la tía Antonia la había cagado con lo de la casa en Córdoba que no fue?
-Seee- decía yo-, agarró la pila de platos sucios de la mesada y los revoleó contra el piso.
-Jaja y Emi agarra y dice “Claro, no queda bien decirle a tu hermana que es una garca, pero bien que te la agarrás con papá y con nosotros como si nada, eso si queda bien”.
-Y mamá dando un grito se quiere tirar encima de Emi mientras papá la agarra de los brazos, mamá se pone a llorar.
-Y Emi diciendo re tranqui “si, está bien mamá, está bien…”.
-Se la hizo bien. 
Emiliano era más retórico con ella, la desafiaba. Hernán era más pragmático, sólo la encaraba cuando ya no había salida pacífica posible. Decía mi mamá con tono de suficiencia: 
-Mirá Hernán, vos me tenés cansada ya, así que andá buscándote un lugar. Ya estás grande además.
-¿Querés que me vaya? Listo, sabés que me llevo el lavarropas, la secadora, la computadora y la tele del living. Te acordás que es mía ¿No?
-Llevatelá, te la doy.
-No mamá, es mía. Me gasté medio aguinaldo ahí, no me vas a correr con esa. Y quiero ver cómo te las arreglás sin la plata que te paso por mes.
-Pero si, como no me voy a arreglar, que te creés, si las habré pasado yo…
Curiosamente la discusión iba tomando tono de conversación, hasta que Hernán se iba a la pieza haciendo gesto de “por favor lo que hay que aguantar”, mientras mamá parecía olvidar su tentativa de desalojo y hasta parecía extrañamente calmada. 
Mi hermana Elena era quien la tenía más difícil de todos. La mayor, Clarisa, con síndrome de Down, era como una nena grande, por lo que mi mamá, que por supuesto no tenía amigas (o solo por escaso tiempo, hasta que las espantaba), tendía a acercarse a Elena como confidente. Pero después de que Elena comprobara la facilidad con que mi madre tornaba su amistad en reproches, o incluso en actos de abierta traición (como esos secretos que le contaba a la tía Fabiola, quien por lo demás se los contaba a todo el resto de la familia), no quería saber nada, y se revolvía tortuosamente buscando la manera de mantenerse a salvo sin ofenderla. Para empeorar las cosas, Elena había repetido de año. Papá intentaba protegerla de los cachetazos, tironeadas de pelo y zamarreadas que mi madre le soltaba en los peores momentos. 
Fede solía despreocuparse por la conducta de nuestra madre. Yo me lo tomaba más a pecho, anotando mentalmente sus erratas, y teniendo discusiones con ella, que muchas veces comenzaban con algún comentario que yo dejaba escapar sobre Dios, el Papa, y que no quería retractar, aún cuando mi padre me instaba a ello con un “porque sí y punto”, en el que yo leía “por favor no hagas enojar a tu madre que hoy juega Racing”. En mis discusiones con ella la cosa podía llegar a lo filosófico o metafísico, temas en los que mi madre creía tener alguna clase de erudición, en realidad escasa, terrenos de los cuales la obligaba a batirse en retirada, y entonces cambiaba de tema sacando del pasado algún reproche que hacerme para avergonzar, hasta que llegábamos inevitablemente al punto en que para ganarle debía disponer de recursos como los de Hernán. Al no tenerlos tenía que resignar la partida, no sin sufrir amenazas que rayaban la extorsión acerca de las salidas y el dinero, pero incluso a veces de la comida y de mi lugar en la casa. Fede me remarcaba siempre mi actitud suicida, pero con cada una de esas derrotas algo dentro de mí se hacía más y más fuerte, sediento de por fin verla alguna vez caer de lleno.  

Así y todo Fede era mi compinche para las bromas y burlas que podía hacerle a mi madre sobre su pensamiento pseudorreligioso, sobre la basura que miraba en la tele, sobre su desproporcionado histrionismo. Mamá dejaba al acostarse un vaso de agua en la mesita de luz, para “absorber las malas ondas”, vaso que yo a veces tomaba antes de que ella pudiera atajarme, con alarido de protesta. Durante la cena Fede pasaba su dedo por alrededor del vaso, según ella “llamando a los demonios”. También abríamos paraguas adentro de la casa en días soleados, eso siempre la desquiciaba. Cuando hablaba por teléfono se ocupaba de que toda la casa escuchara su conversación: nos dedicábamos a hacerle chistidos desde la pieza para que se callara, era cuestión de minutos que apareciera en la puerta con su peor cara. Durante la cena, cuando Tinelli era la única opción, soltábamos gestos de fastidio, o incluso comentarios como “¿Podemos cambiar esta mierda que miramos todos los días?”, “¿No se cansa este hijo de puta de robar tanto?”, “Este tipo representa lo peor de la televisión, me da vergüenza tener que aguantarlo” o “Mañana consigo un chumbo en la villa para ir a matar a Tinelli”. Enseguida venía la represalia, el estallido de mamá y la llamada de papá a cerrar la boca. Fede era el único que podía entender lo que yo sufría con el carácter de mamá, no me sentía capaz de contárselo a mis amigos. Había aprendido a ver en ella la esencia de lo falso, ese gesto amable después de una discusión, “Te hago un té ¿Querés?”, o un bizcochuelo una tarde de domingo, gestos que en un inevitable ciclo tornaban hacia la sed de venganza, a los reproches de siempre, casi siempre a medida que se acercaba fin de mes y no daban las cuentas. Y nunca daban las cuentas.
  
Imagen: sin datos.

domingo, 10 de julio de 2011

(intento de) Análisis de poesía: Fiesta, de Alfonsina Storni


Fiesta[1]
Junto a la playa, núbiles criaturas,
Dulces y bellas, danzan las cinturas
Abandonadas en el brazo amigo.
Y las estrellas sirven de testigo.

Visten de azul, de blanco, plata, verde...
Y la mano pequeña, que se pierde
Entre la grande, espera. Y la fingida,
Vaga frase amorosa, ya es creída.

Hay quien dice feliz:-La vida es bella.
Hay quien tiende su mano hacia una estrella
Y la espera con dulce arrobamiento.

Yo me vuelvo de espaldas. Desde un quiosco
Contemplo el mar lejano, negro y fosco.
Irónica la boca. Ruge el viento.

Se trata de la proposición de un escenario típico de la época, y en particular para la mujer. Como conocedora de la poesía clásica que es, la autora no ahorra recursos líricos para retratar la escena en su esplendor, a la vez que se guarda algunos trucos para el final, una vuelta de tuerca.
En primer lugar, tenemos una primera estrofa plagada de términos que participan de un mismo campo semántico, en oposición a otro que irrumpirá después. Tenemos: “playa”, “estrellas” y “núbiles criaturas”. Es decir, una playa en la noche con mujeres pequeñas. Se trata de una analogía implícita entre las estrellas, como luz en medio de un cielo nocturno, y las “núbiles criaturas”, inocentes en medio de una playa oscura. La imagen evocada podría ser también las de las luciérnagas.
En la segunda estrofa irrumpe el 2º grupo, justo después de “una mano pequeña se pierde”: una mano grande que espera, y una frase amorosa fingida que es creída. Este elemento que irrumpe es el hombre, desde la perspectiva de la mujer. No vemos un rostro, no vemos una sonrisa, vemos una mano grande. A su vez, la repetición de la palabra “mano”, de modo similar a una ecuación matemática, provoca una anulación entre ambas, su repetición al mismo tiempo que evoca la imagen de una mano grande envolviendo a una pequeña, permite pensar en una pequeña, una niña, que se pierde. Una playa en la noche, es así el lugar donde las pequeñas pierden su inocencia. No es otra cosa lo que insinúan los versos sobre una frase amorosa fingida que surte su efecto, que es “creída”. El propietario de esa mano grande, claramente es el mismo de “un brazo amigo” en la cintura abandonada.
La tercera estrofa es similar a la primera, sirve ante todo para marcar un contraste con la que seguirá, donde la autora mostrará su carta final. Como parte de ese primer grupo del que se hablaba antes tenemos: “feliz”, “bella”, “estrella” y “dulce arrobamiento”. Está otra vez aludiendo a la inocencia, con “hay quien dice”, o sea existen personas que esperan de la vida lo bueno, lo bello.
La voz narradora entonces aparece en escena por primera vez diciendo “Yo”. Dice “Yo me vuelvo de espaldas”. Una negación, un rechazo manifiesto frene a la escena. En vez de ello, contemplación de un “mar lejano, negro, fosco (hosco)”. (y entrando ahora sí de lleno el segundo grupo semántico, contrapuesto al primero). Es una pose de una exiliada, de una ermitaña, desengañada de la sociedad, que prefiere la observación de la naturaleza a la de los hombres. Esa “irónica boca” remite naturalmente a todo lo que de fingido tiene la escena amorosa anterior, hacia lo falso en ella. Porque del mismo modo en que la poesía la niega a la autora ser mujer sin tratar de los temas que debiera tratar una mujer, forzada a tratar sobre el amor para ser una figura poética legítima, así es que las pequeñas no tienen mas opción, para cumplir sus deseos si los tienen, que fingir una inocencia que no poseen. La “frase amorosa que ya es creída” llega, incluso, a ese punto doble, de jugar con la ambigüedad acerca de quien miente a quien. “Irónica la boca” es ese gesto de lo malo conocido frente a quien (porque “hay quien”) aún extiende su mano hacia las estrellas. Ese gesto acaso evoca lo vivido, porque toda mujer que en el término de su inocencia no se deja envolver, no espera ser atrapada por el hombre y va en busca de su deseo, choca ineludiblemente con prejuicios, impedimentos y censura moral, que la excluyen del género femenino, de lo bello. “Ruge el viento”, dice al final, porque dando espaldas al amor, la voz de una mujer solo puede callar, parece decir.
Un último detalle a señalar, respecto del aspecto gráfico, de la organización visual de los versos: en la última estrofa, como esos mensajes en clave que un niño rebelde incluye en sus trabajos, usando la primera palabra de cada renglón, puede leerse así:

Yo (…)
Contemplo (…)
Irónica (…)


[1] Storni, Alfonsina, “Fiesta”, en Ocre, 1925.
 Imagen: Miranda- The tempest, de John Williams Waterhouse

jueves, 2 de junio de 2011

Borges y Proust: la memoria y dos formas de hacer literatura



 A partir de la lectura de Borges puede advertirse un diálogo del autor con la obra de Proust. Por momentos como un detalle cifrado, pero a veces también bajo la forma de una interpelación casi obvia, incluso de una réplica, sobre todo a propósito de la concepción de la novela (y por ende), del modo en que se construye un relato.
A primera vista, la oposición resulta casi inevitable. El grueso de la producción ficcional del escritor francés se concentra en su monumental novela En busca del tiempo perdido, que supera en cualquier edición las 3000 páginas, admirada por su profundidad psicológica y reseñada por buena parte de la crítica como la novela mas influyente del siglo XX. El argentino, en cambio, nunca escribió una novela, su obra de ficción por el contrario consiste en una multiplicidad de cuentos, en los que el autor sorprende continuamente al lector con la guardia baja, donde la elegancia de la síntesis es la gran protagonista.
En La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges[1], Herbert E. Craig hace un registro de las referencias explícitas e implícitas de Borges sobre Proust. Por ejemplo, en el prólogo a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares dice Borges: "Hay paginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día"(3). Sostiene Herbert E. Craig, en el mismo ensayo, que Ts´ui Pen, antepasado de Yu Tsun en El jardín de senderos que se bifurcan[2], está inspirado en la figura de Proust. Dice: “Tanto este como Ts'ui Pen abandonaron un mundo de placeres y de banquetes y se enclaustraron por una docena de años para escribir una novela. Asimismo al morir dejaron un manuscrito inconcluso que parecía caótico.” (4). La oposición de Borges a la novela era explícita. Dijo a Sorrentino en Siete conversaciones: "Nunca pensé en escribir novelas. Yo creo que, si yo empezara a escribir una novela, yo me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin" (1).
Asimismo, hay numerosos comentarios de diversa índole de Borges a propósito de Proust, pero el presente análisis no pretende abarcar toda la complejidad de este contrapunto que, por lo demás, ya ha sido tratado por varios estudiosos de la materia.
Mi propósito es acaso instalar algunas cuestiones elementales en esta articulación para aquellos que, como yo, están en los inicios del estudio de la literatura. En ese sentido creo que resulta más ilustrativo tomar un caso particular y profundizarlo. Para ello he escogido Funes el memorioso, cuento de Ficciones.

Análisis del cuento

El autor comienza diciendo “Lo recuerdo”. Es llamativo que repita el término seis veces tan solo en el primer párrafo, utilizándolo dos veces más en el siguiente, y tan solo una en el resto del relato. Esto puede estar queriendo mostrar el modo en que se construye un relato, porque por un lado, en esta parte inicial nos encontramos con una seguidilla de detalles inconexos, como de un pensamiento en voz alta:

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.”[3]

Luego, a partir del segundo párrafo, la voz narradora se sumerge progresivamente en una sucesión de hechos deliberadamente recortados, es decir, escogidos de entre el total posible, a fin de hacer más entendible la historia para el lector. Esta operación es organizadora, arriba desde el divague hacia la síntesis. Este detalle cobrará importancia a medida que se avance en la lectura de esta exposición.
En su primer encuentro con el narrador, Ireneo Funes es un chico físicamente diestro:

“Había oscurecido de golpe, oí rápidos y secretos pasos en lo alto; alce los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared.”(51)

Pero además, Funes está metido de lleno en el presente. El autor da clara cuento de ello mediante un elemento plenamente simbólico (como veremos no es el único presente en el cuento), es decir, este niño sabe siempre sabe la hora presente con exactitud. Luego del accidente se encuentra físicamente desvalido, y vive principalmente del recuerdo. Hay en este  sentido un contraste muy fuerte entre un Funes rebozante de vida, y otro postrado en el encierro, como un viejo que se vale de la nostalgia y la melancolía para terminar sus días. Porque al parecer para el autor, vivir en el recuerdo sería propio de la vejez, es decir, aquello a lo que el humano se aboca con resignación por la degradación de sus fuerzas, pero no por verdadera elección ni porque aquello comporte alguna utilidad. Funes encarna la oposición a este concepto,”Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado”; y también: “Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles” (52). Es precisamente este regocijo en la rememoración lo que el autor se propone rebatir como iluso al final. Ya donde Funes dice haber razonado, el narrador le agrega un corrector: “sintió”.
Por otro lado, si la vejez permite una actividad en todo caso más rica en cuanto a la evocación del pasado y en cuanto al balance de la vida hecha, lo hace ante todo por la vastedad de experiencias que décadas de vida brindan al sujeto. Es razonable sospechar que el autor considera de este modo la sabiduría en relación a la vejez, y que de ese modo un joven que se dedique a extraer un saber a partir de su corta vida caiga en arrogancia. Herbert E. Craig sostiene, en el ensayo citado anteriormente, que el cuento en sí mismo es una parodia del Hommage a Marcel Proust de La Nouvelle Revue Francaise, en el que numerosos escritores de renombre, poco después de la muerte del escritor, fueron convocados a escribir sobre él. Recordemos lo que el narrador dice al principio:

“Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el mas pobre (…). Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay-, cuando el tema es un uruguayo” (51).

(De modo que para Funes, así como para Proust, Borges sería alguien que viene a entrometerse, desde “el otro lado del charco”). Una posible lectura es entonces entender este relato como un correctivo de parte de un “viejo sabio y conciso” (Borges) a un “joven arrogante y verborrágico” (Proust), de parte de un maestro a un alumno.
Muestras de la futilidad en la profusa actividad mental de Funes son dos tentativas que él mismo ni siquiera llega a realizar del todo (de este modo la crítica es doble: la tarea emprendida no solo es inútil, sino también imposible): por un lado, el intento de elaboración de un sistema original de numeración, y por otro, la clasificación de los recuerdos por cada día vivido. Ambos intentos pecan de singularismo, porque para el narrador hay una concepción positiva del olvido. El olvido como omisión, como recorte y posibilidad de toda síntesis. Están en juego dos cuestiones: el entendimiento entre los sujetos, la necesidad de un código convencional por una parte, y por la otra la capacidad misma de elaborar un pensamiento lógico. Acerca del primer punto se aprecia que la singularización  del pensamiento de Funes no es casual respecto de su soledad, así como la inclusión de un dato aleccionador: “Locke, en el SXVII, postulo (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual (…) tuviera un nombre propio” (54), es decir, solo para refutar la idea y demostrar su inconsecuencia, obviamente en relación con el contrato social que el filósofo defendía. En esto encontramos de nuevo el tono correctivo de un maestro, otra vez entre paréntesis.
Acerca del segundo punto, el de la posibilidad de pensar, dice el narrador (hablando de Funes):

“Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. (…) Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. (…) Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”.
(…) Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” (54)

De hecho el principio sintético es esencial en Borges, en ello reside su negativa a la novela en general y su adscripción al cuento como modo de relato por excelencia.

Otro aspecto de interés en el cuento aparece en una posible articulación con otro del mismo autor: El milagro secreto[4]. Porque en ambos el tiempo sufre una manipulación de tinte fenomenológico. En este relato Jaromir Hladík, el protagonista, puede estirar los últimos momentos de vida en base a su percepción del tiempo, separado del flujo normal de los acontecimientos y a salvo del fuego de sus verdugos por gracia divina. En “Funes…” sucede algo similar pero llevado más lejos en su consecuencias, lo que deriva en efectos opuestos. Porque la plenitud con que Funes percibe la realidad exige a su cuerpo un esfuerzo que lo consume en la misma proporción. Este efecto se revela estéticamente solo al final del relato, cuando el protagonista menciona la edad de Funes y su fecha de nacimiento, y a continuación describe su aspecto, aunque majestuoso, de vejez demacrada. Esta doble evocación de una imagen solemne pero a la vez desgastada es conseguida mediante otro elemento simbólico: el antiguo Egipto. Las pirámides ante todo, pero entonces inevitablemente el lector se representa la imagen de un faraón momificado, una momia ni mas ni menos. No es casual pues, que inmediatamente después el lector tenga noticia de la muerte de Funes, esto consolida la imagen de un cuerpo cadavérico, como si la visión de ese cadáver quisiera significar el castigo ante las pretensiones humanas de eternidad, de querer saber y ser todo. No es descabellado suponer ironía en este fragmento en la mitad del relato:

“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo impostergable, tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo” (54).

Eran los faraones quienes se sometían a la momificación para que su cuerpo estuviese en condiciones de volver a la vida en el futuro. Y ante esto el cuento nos dice que el tiempo se pierde irremediablemente, que nadie escapa de la muerte.
Se resuelve así la aparente contradicción ante el uso de la relatividad fenomenológica del tiempo en ambos cuentos, porque es posible en todo caso escapar por un momento a su inclemencia, pero invariablemente hemos de sucumbir ante él. Tarde (Jaromir Hladík) o temprano (Funes).
La fenomenología es uno de los elementos identificables en la novela de Proust, es decir específicamente respecto del tiempo, el principio según el cual el eje del mismo reside en la percepción que el sujeto tiene de él, y no en el tiempo objetivo, es decir el del mundo exterior al sujeto. La influencia de Bergson y su principio de memoria vital (que revive un acontecimiento pasado en su originalidad única y constituyendo así el fondo de nuestro ser) acerca de esto es patente.

“En el transcurso de mi vida, la realidad me decepcionó muchas veces porque, en el momento de percibirla, mi imaginación, que era mi único órgano para gozar de la belleza, no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable que dispone que sólo se pueda imaginar lo que está ausente. Y he aquí que, de pronto, el efecto de esta dura ley quedaba neutralizado, suspendido, por un expediente maravilloso de la naturaleza, que hizo espejear una sensación (…) a la vez en el pasado, lo que permitía a mi imaginación saborearla, y en el presente, donde la sacudida efectiva de mi sentido por el ruido, el contacto de la servilleta, etc., añadió a los sueños de la imaginación aquello de que habitualmente carecen: la idea de existencia, y, en virtud de este subterfugio, permitió a mi ser lograr, aislar, inmovilizar -el instante de un relámpago- lo que no apresa jamás: un poco de tiempo en estado puro.”[5]

Y poco después:

“Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no parezca contener lógicamente las razones de esa alegría; se comprende que la palabra «muerte» no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?"(113)

La obra de Proust se destaca, entre mucho otros factores, por el uso del tiempo como un principio activo, es decir, no como algo que el sujeto simplemente padece y ante el cual sólo le resta observar con impotencia, sino como algo que le permite, primero a partir del depósito de las experiencias en la memoria, y luego a través de su recuperación mediante el recuerdo, reinterpretar los sucesos pasados, resignificarlos. Este elemento numerosas veces se demuestra como de gran importancia para el sentir del protagonista, que se permite observar escenas de las que fue partícipe en primer lugar ahora desde un punto de vista especulativo y estético, sobretodo cuando se trata de sus desencuentros con Gilberte (295) y Albertine (79). Si para el narrador de Funes, pensar es olvidar, para Proust pensar es ante todo recordar.
A grandes rasgos el paralelismo a nivel más general, a sabiendas de todo lo indicado anteriormente, se observa entre la vida de Funes y la de Marcel Proust (cuya novela es en gran parte autobiográfica). Para ambos, la precarización de su salud física (que prácticamente los obliga al encierro y al reposo, y si bien en el caso de Proust esto ocurre con intermitencias durante su infancia y adolescencia, y hacia el final de su vida ya definitivamente), es un motivo impulsor de una actividad mental profusa, introspectiva, que se aboca al recuerdo y que ahonda en el detalle.
En el primer volumen de su eminente novela, Proust escribió:

“Tal vez las cosas a nuestro alrededor deban su inmovilidad a nuestra incertidumbre de que son ellas y no otras, a la inmovilidad de nuestro pensamiento ante ellas. El caso es que, cuando me despertaba así, agitándome mentalmente para intentar -sin conseguirlo- saber donde estaba, todo –las cosas, los países, los años – giraba en torno a mí en la oscuridad. Mi cuerpo, demasiado entumecido para moverse, intentaba descubrir –por la forma de su fatiga – la posición de sus miembros para de ella deducir la dirección de la pared y el lugar ocupado por los muebles a fin de reconstruir y nombrar la morada en que se encontraba. Su memoria –la memoria de sus costillas, sus rótulas, sus hombros– le presentaba sucesivamente varias de las alcobas en que había dormido, mientras que a su alrededor las paredes invisibles –al cambiar de lugar según la forma del cuarto imaginado – giraban en las tinieblas. Y, antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiera identificado la casa al relacionar las circunstancias, él –mi cuerpo – recordaba en cada caso cómo era la cama, dónde estaban las puertas, adónde daban las ventanas, si había un pasillo, junto con lo que estaba pensando en el momento de quedarme dormido y que recobraba al despertar.[6]

Y en “Funes…”, el narrador dice:

“Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía la forma de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro de pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro en la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples, cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras.”(53)

Es llamativo el nivel de paralelismo. El protagonista de En busca del tiempo perdido aduce en el primer volumen de la obra que su encierro, la uniformidad de estímulo que le brinda su cuarto, le permite proyectar imaginariamente sobre las paredes sus recuerdos (15), se puede decir que a la manera de un cine. Precisamente en el cine se da por descontado que uno permanece más o menos inmóvil mientras fija su vista en la pantalla (por supuesto que esta analogía no la realiza el autor, puesto que no había en esa época salas de proyección, la primera surgió en 1929, varios años después de su muerte).
En “Funes…” también es de vital importancia este desapego del cuerpo, esta pérdida de conexión con el plano físico y más despiadado de la condición humana. Para resaltarlo el autor escoge una posible profesión para el padre de Funes, la de domador de caballos:

“…algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O´Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.”(51)

La ambigüedad  está presente en esta elección, pero es la que hace verosímil el incidente que cambia para siempre la vida de Funes:

“Me  contestaron que lo había volteado un redomón de la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza.”(52)

El narrador duda de la veracidad del hecho, pero Funes lo confirma después:

“Me dijo que antes de esa tarde en que lo volteó el azulejo, el había sido lo que son todos  los cristianos; un ciego, un sordo, un sonámbulo, un desmemoriado.”(53)

Es de vital importancia este elemento, un caballo indomable, porque otra vez se trata de un recurso plenamente simbólico, en el que el autor se propone encarnar todo aquello que frustra el desempeño del sujeto por medio de su cuerpo, en relación con un mundo inclemente, salvaje. Representa aquello de lo que el hombre huye cuando no puede lidiar con la realidad, sea cual sea el elemento del que se trate en cada caso. De este modo, vemos en acción con toda su fuerza la actividad sintética del autor, representando muchas cosas posibles a partir de pocas, fiel a su modelo de pensamiento.
En Proust, se puede decir que esa bestia indomable es su enfermedad pulmonar, pero en un sentido más existencial también lo es la mujer. Y a la inversa del autor argentino, para retratar este conflicto dedica gran parte de su extensa obra, representándolo desde múltiples situaciones, diálogos, idas y vueltas, arranques de manía posesiva, etc.
En un primer momento Gilberte, que en su infancia lo desconcierta, digamos, aplicando la analogía, a la cual nunca puede de hecho montarse. Pero es Albertine la que, siendo poseída carnalmente por el protagonista, y enredada con él en un intenso romance, repleto de intrigas, celos y especulaciones de ambas partes, la que se muestra auténticamente inmanejable. Gilberte le aclara al protagonista que en sus desencuentros, tan sólo hubiese alcanzado con que él avanzara sobre ella para que sus deseos fueran correspondidos[7]. Albertine en cambio se entrega solo aparentemente, utilizando múltiples recursos para escapar al control de Marcel, sin admitirlo nunca. Muere en una de sus escapadas al campo, llamativamente para el contexto del presente trabajo, en un accidente de equitación (66).


Conclusión

Consideraciones finales acerca de esta oposición serían excesivas. Pero como tentativas de lectura, como puntos de partida, algunas cosas quedan más claras. En Borges hay un modo de hacer literatura (decir mucho con poco, con lo imprescindible), que a su vez deviene de un modelo de pensamiento (sinteticista). Por supuesto, la pregunta inicial debería ser: ¿Cómo funciona éste en el cuento de Funes? Y bien, funciona vehiculizando una lección filosófica: la aclaración del malentendido en el que incurren aquellos que pretenden extraer un saber verdadero con un desapego del mundo “real” o físico, para aquellos que, al pretender abarcar la totalidad del ser, se olvidan de la inevitable barrera de la muerte. Pero esta lectura cobra aún una mayor profundidad si tenemos en cuenta la figura de Funes en relación con la de Proust, cuya concepción de la literatura y del valor estético, antes que por la síntesis, pasaba mucho más por la multiplicidad fractal, para quien el verdadero goce sucede en el reencuentro con los “paraísos perdidos” del pasado[8], y en base a lo cual la rememoración exhaustiva se reviste de un valor altamente productivo (en primer término por el goce estético en sí, pero también por su derivación artística).
Por último, hay un fragmento de Albertine desaparecida donde Proust casi pareciera replicar a Borges, porque habla en realidad del modelo del pensamiento al que el autor argentino adscribe:

“En cuanto a las verdades que la inteligencia -hasta de los más esclarecidos cerebros recoge delante de sus narices, en plena luz, su valor puede ser muy grande; pero tienen unos contornos muy secos y son planas, carecen de profundidad porque, para llegar a ellas, no ha habido que franquear profundidades, porque no han sido recreadas. Muchas veces algunos escritores, en el fondo de los cuales no aparecen ya esas verdades misteriosas, a partir de cierta edad no escriben más que con su inteligencia, que ha adquirido cada vez más fuerza; debido a esto, los libros de su edad madura tienen más fuerza que los de su juventud, pero no tienen ya el mismo aterciopelado.”(130)




[1] Craig, Herbert E., "La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges", The Place of Letters: The World of Borges. Universidad de Iowa, Ciudad de Iowa, Abril. 2007.
[2] Borges, Jorge L., “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Ficciones, Milennium, Barcelona, 2001.
[3] Borges, Jorge L., “Funes el memorioso”, Ficciones, Barcelona, Millenium, 2001, p. 51

[4] Borges, Jorge L. “El milagro secreto”, Ficciones, Milennium, Barcelona, 2001
[5] Proust, Marcel, “Albertine desaparecida”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, 2009, p. 112
[6] Proust, Marcel, “Por la parte de Swann”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p.12
[7] Proust, Marcel, “Albertine Desaparecida”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p. 295
[8] Proust, Marcel, “El tiempo recobrado”, En busca del tiempo perdido, Sudamericana, Bs. As, p.111


Bibliografía

Borges, Jorge L., “Funes el memorioso”; “El milagro secreto”; Ficciones, Barcelona, Millenium, 2001.

Craig, Herbert E., "La novela de Proust/ Ts’ui Pên, según Borges", The Place of Letters: The World of Borges. Universidad de Iowa, Ciudad de Iowa, Abril. 2007.

Proust, Marcel, “Por la parte de Swann”, “Albertine desaparecida”, “El tiempo recobrado”, En Busca del Tiempo Perdido, Sudamericana, Buenos Aires, 2009.


Imagen: Seurat, "Le port de Gravelines"

domingo, 28 de noviembre de 2010

Argentina sangra

Heridas. Repartidas tiene llagas Argentina sobre su piel, heridas que sangran. No a chorros ni a borbotones, sino como una grieta por donde el agua se filtra en la piedra. No como surtidores pero si como un drenaje por el que se escapa un goteo incesante. Adolescente en protesta muere a manos de patota mercenaria, jubilada muere al resistirse a un asalto, muere el policía que intenta frustrar una salidera, muere el motochorro al chocar cuando huía a toda velocidad. Muere un niño de hambre en el interior, no sale en ningún diario, pero muere. Muere embarazada atropellada por borracho. El borracho huye y muere después, se suicida. La muerte a la vuelta de la esquina, desde siempre, ya sangraba Argentina cuando Roca decide despejar el desierto de sus improductivos pobladores, ya sangraba cuando los negros fueron carne de cañón, exterminados en el frente de guerra, y sangró cuando una generación fue presa del genocidio sistemático, secuestrada y torturada. La muerte siempre exhalando su aliento sobre almas atemorizadas, pero acostumbradas a que ella pueda en cualquier momento y sin dilación apoyar la funesta mano en su hombro. Con cada una Argentina pierde un padre, una madre, un hijo, la sangre corre a través de las rendijas hasta tocar la pared.
No obstante Argentina da señales de mejoría, se levanta como puede, camina lentamente y antes de poder abrir del todo sus ojos ya señala a quienes le robaron sus islas, cuando un general borracho envió a sus hijos a ocuparlas, desprovistos de cualquier posibilidad de plantar cara al contraataque pirata. Sus médicos de siempre, horrorizados, le piden que se acueste nuevamente, que duerma, sobre todo que duerma, que cierre sus ojos a lo que es sometida cada día por ellos, que en elogio de las prácticas más supersticiosas le hacen sangrados, le provocan con exactitud metódica nuevas heridas, para que no se recupere, para que no se levante, para que no sienta jamás que puede levantarse. Revisan sus papeles, cómo puede ser, tantos años de hermoso coma, otra vez quiere levantarse, pero ahora tendremos que ser más sutiles, habremos de segregarle en sus venas algún veneno que socave en su cuerpo cualquier inicio de voluntad, inducirle una nueva crisis, y entonces volverán los buenos tiempos, porque morir no queremos que muera, necesitamos su sangre. Pero no puede levantarse, no señor: Argentina ha sido, es y será el escudo de nuestros intereses, el arcón del que siempre podremos sacar más, a costa del hambre, de la violencia y de lo que sea, por nuestro señor Jesucristo amén. Los médicos asienten con seriedad, no hay que permitirlo, pero Argentina camina otra vez por los pasillos y los ve, comienza a entender lo que están tramando, como si recordase haberlo entendido antes, como si en algún momento hace años también hubiese querido caminar y entonces la hubiesen maniatado en su camilla, dándole shocks y extrayéndole su preciada sangre. Si, ellos otra vez afilan el bisturí y los colmillos, ella lo sabe, desde el final del pasillo los mira, dispuesta a hacerles frente. Argentina pronto llama la atención de otros pacientes, que como ella renuevan sus fuerzas, muchas de sus heridas siguen abiertas, pero otras van cerrándose, algunas costras se caen dejando en su lugar una cicatriz. Los médicos la acosan con informes de su salud, donde dicen que no tiene fuerza, que es mejor acostarse, que les haga caso, que es por su bien, y a veces ni siquiera, le dicen que no tiene derecho a levantarse, que le corresponde cerrar los ojos y callar, seguir sangrando para ellos. Argentina se revuelve y reparte imprecaciones, hace memoria, vos eras el que elegía el sedante, vos me ataste las muñecas, vos me pusiste la inyección, vos me violaste mientras yo tenía convulsiones. Los médicos están rabiosos, y ésta que se cree, que se piensa. Pero los sexagenarios médicos, verdaderos dinosaurios, ya no pueden con ella, intentan convencer al personal auxiliar para que la sometan. Ellos, que siempre siguieron las órdenes sin rechistar, ahora titubean, dudan, recuerdan todas las veces que su conciencia se resintió por participar de esa violencia, de callar, de mirar para otro lado cuando escuchaban los gritos de Argentina arrastrada hacia la sala del quirófano, vieron a los médicos llenarse los bolsillos mientras un espantajo de patillas largas le cortaba con tijeras sus cabellos de oro a una Argentina inconsciente. Y mientras tanto Argentina sangre, sigue sangrando, y los médicos quisieran pintar las paredes con su sangre, llenar el hospital entero con su sangre, para convencer a todos de que no puede ser, que se tiene que acostar, sacuden en alto sus papeles, análisis de nivel de glucosa en sangre, colesterol alto, presión alta, influenza, cáncer dice uno, viva el cáncer dice otro, viva la sangre dice el más viejo, mientras todos se mantienen a salvo de cualquier salpicadura, de cualquier manchita, jamás la sangre los toca a ellos, erigirían muros si fuese necesario para estar a salvo de la sangre.
Argentina, dejando un rastro de pisadas rojizas, habla con los otros enfermos, ata cabos sueltos, estrecha alianzas, no nos van a poner en cama de nuevo dicen, y su palidez de antaño va dejando paso a un tono más lozano. Cuando los médicos traen a un cirujano de renombre internacional especializado en extirpaciones (lobotomías quizás), entre todos los pacientes sacan a patadas al cirujano, que sube de vuelta a su avión y se vuelve a su casa, contrariado, le corrieron el arco, como si su padre le hubiese instruido con técnicas en desuso. El hospital ya no parece un hospital, ya no aloja a enfermos crónicos, mas bien a individuos con dolencias diversas pero con francas señales de recuperación, comparten experiencias, los más avezados en el horror advierten a los menos versados de los peligrosos médicos, que no dejan de rondar por los pasillos, acechando, siempre con sus informes, con ese porte de profesionalismo y sentido del deber, detrás del cual ya pocos no ven la ambición de poner a Argentina y a todos los pacientes de nuevo a su merced, ellos mismos no son sino mercenarios, que muy a gusto les pasa una generosa comisión.
Argentina ya asiste a eventos públicos, tiene pretendientes que no dejan de advertir heridas en su piel, pero con cada día la ven mejor, todas tienen miedo de no aprovechar la oportunidad de invertir en ella sus esfuerzos antes de que otro lo haga. Argentina, que antes ni siquiera podía dignarse de fregar el piso del salón de recepción, y que en vez de levantar la voz sólo dejaba oír un quejido ahogado (frente a la mirada satisfecha de sus doctores, que habiéndola exhibido así la volvían a dormir), ahora se sienta en la mesa de los 20 comensales mas importantes, y ella sangra, todavía sangra, pero muchos en esa mesa sangran también y otros tienen las manos manchadas de sangre. Argentina hace sentir su voz, y ahora, como al principio, apunta directamente con el dedo a quien le debe sus islas, algunos de los 20 ya le dan la razón. Argentina ya no confía en sus médicos, que desesperados apelan a cualquier recurso que les permita sentir cercana la posibilidad de dormirla de nuevo, día a día pierden el respeto de sus auxiliares, algunos directamente los ignoran y otros ya se interponen entre ellos y Argentina, cada vez que ella baja una escalera. El terror de los médicos se hace monstruoso cuando algunos de sus predecesores más venerados son llevados a un calabozo por orden de Argentina, que con cada día recupera más la memoria, se hace consciente de quién y por qué la sometió, la sangró, la torturó, la violó y la saqueó. Ya retirados de su ejercicio, y amparados en por el cumplimiento de lo que llaman deber, estos carniceros habían logrado su impunidad, y muchos otros aún escapan al yugo, hasta mueren impunes algunos, pero el miedo se extiende, esta hija de puta nos va a hundir a todos, hay que aplastarla antes de que sea demasiado tarde, dicen los médicos.
Un día Argentina inesperadamente sufre una descompensación, algo se ha perdido en su  interior, una nueva herida se abre en el pecho de Argentina, de sus ojos caen lágrimas, los ojos de los médicos en cambio brillan, por fin pierde su fuerza dicen, éste es el momento, la sala de los médicos es una fiesta, con los globos, las prostitutas y la música alternan conciliábulos, donde intentan ponerse de acuerdo en cómo repetir el proceso de siempre, Argentina cayendo de nuevo, Argentina encadenada para siempre.  Es como si algo irremplazable se hubiese ido de Argentina, desapareciendo. Pero así como esos corpúsculos eléctricos que son las neuronas al perderse no pueden recuperarse, el espacio que una de ellas deja permite a las restantes aumentar las conexiones entre sí, asimismo es como si Argentina estrechase los lazos que la componen, y sin dejar de llorar Argentina sigue caminando, sus compañeros la abrazan y sorprende a los médicos en medio de su fiesta, que no salen de su estupor, uno de ellos apenas alcanza a recoger un informe del piso para repetir la consabida fórmula: es hora de descansar. Pero Argentina ni siquiera les replica, se da vuelta y camina, cada día está más entera, como si haber perdido algo en lo profundo de sí le hubiese permitido despertar una fortaleza inusitada, como si su sangre hirviera, esa sangre que todavía mana de ella, pero que ya puede pensarse que un día no muy lejano deje de hacerlo, lejos de los que quieren que vuelva a ser esclava impasible ante el saqueo y el horror, ante la muerte de sus hijos. No podrán con ella, nunca más podrán.

sábado, 30 de octubre de 2010

El polimodal


1º del Polimodal, tenía 16 años. Año 2000, las computadoras seguían funcionando. Ahora los profetas se dedicaban a robar diciendo que en el 2012 se iba todo a la mierda. Algunos habíamos hecho 9º juntos, y con el polimodal nos dividimos en Contable o Humanística. Los que seguían el consejo de sus padres y se proyectaban a un futuro con mejor currículum elegían Contable. Los vagos como yo elegían Humanística. Siempre buenas notas, pero sin demasiado esfuerzo: mejor un 8 con improvisación que un 10 de memoria, por más que no aprendiese mucho en el colegio realmente.
“En Humanística los profesores faltan más” había dicho Cintia a fin de año, arqueando las cejas en desaprobación.  Pero mientras ella lo veía como una condena a la desocupación después del egreso, con Carlos vimos enseguida horas libres que se proyectaban en nuestras tardes futuras como en una pasarela sin fin que se perdía en el horizonte. Además así ya no teníamos que soportar a la conchuda de Cintia. Le dije:
–Cintia, cuando pases con tu 4x4 y me veas mendigando en la calle me vas a sacar a dar un paseo no?
–Moríte pendejo- contestó y se dio vuelta. Carlos se reía, y yo también.
El 1º día entramos al aula y elegimos asiento, atrás de todo. El curso terminaba de acomodarse, algunas caras nuevas, otras conocidas, como Juan y César del otro 9º, que se sentaron al lado nuestro. Conté:
-5 varones, y 22 mujeres.
-23- dijo Carlos y entonces se me cerró la garganta. Como una aparición entró al salón una chica. Pelo castaño claro, ojos celestes, grisáceos. Pómulos perfectos, buena cintura. Era como si nuestro colegio fuese una película clase B y hubiese fichado a Nicole Kidman en el reparto.
-Te gustó eh?- dijo Carlos.
-¿Quién es? –dije idiotizado.
-Te averiguo, pero no la vi antes, es nueva.
Carlos conocía bien a Carina, también del otro 9º, quien al parecer obraba de confidente y celestina con sus amigas, pasando cartas, mensajes y chismes. Su obesidad robusta le daba cierto toque de madama, su carácter frontal y risa ruidosa impedían a cualquier otra discutirle el puesto. 
-Patricia Van nosequé- me dijo por lo bajo, y ese nombre me llegó como una diadema que se aparecía en la frente de Patricia. Parecía simpática, ya estaba hablando animadamente con las que estaban sentadas cerca suyo, pero aún así no podía evitar verla como una diosa del Olimpo que se mezclaba entre los mortales por curiosidad. Su voz tenía un tono suave y nítido, femenino, sobre todo femenino.
-Pará de mirarla tanto, boludo. La vas a gastar- me dijo Carlos, y tenía razón.
Intenté seguir el día sin prestarle demasiada atención, pero apenas dejaba de concentrarme en la clase me encontraba mirándola, a veces de reojo, a veces de pasada cuando pedía prestado el liquid paper a César, y otras abiertamente, encandilado, hasta que Carlos me daba un codazo en las costillas. El primer día de clases siempre es interesante, se empieza a ver quien se junta con quién y esas cosas, pero ese día yo solo podía pensar en Patricia. Intenté llevar una conversación decente con mis amigos durante el trecho que compartíamos camino cada uno a su casa, y cuando me separé de ellos a unas cuadras de la mía suspiré aliviado. Casi podía ver su nombre formado en las nubes.

Mientras pasaban los días los varones fuimos formando un mismo grupo. Carlos tenía el pelo corto y enrulado, piel morena, excelente enganche para jugar al a pelota, siempre interrumpía los trabajos en clase con alguna boludez que me hacía reír. César era un poco rellenito, supuestamente sabía de computadoras, tenía una moral despreciable pero con nosotros se comportaba. Juan era amable pero taciturno, costaba hacerlo reír, parecía constantemente absorto en algo que no podía adivinarse. También estaba Ezequiel, que se sentaba solo y fumaba desde los 15, el más vago de todos, se las arreglaba para transarse a alguna de vez en cuando en los recreos (la Dirección no lo permitía pero tampoco pretendía un control absoluto al respecto). A veces lo miraba y me preguntaba cómo, siendo tan flaco y con esas cejas anchas podía irle tan bien.
Para los trabajos en grupo Juan y César me ayudaban a buscar las respuestas, sobre mí recaía encargarme de enunciarlas, como un notario de actas. Carlos y Ezequiel hacían divertido el proceso, y sobre todo Carlos negociaba con los grupos de mujeres para intercambiarnos respuestas. Siempre recordábamos con risas el día que la vez que a Gaby, que tenía novio, le dio una respuesta de Historia a cambio de un beso en la mejilla, pero a último momento le corrió la cara y le dio un pico. Gaby protestó con un cachetazo en el hombro de Carlos, quien volvió al grupo entre nuestros festejos y las risas generales.
El intercambio solía ser de unas respuestas por otras, la calidad dependía del grupo. Las mejores eran del grupo de Sole, porque ella leía bastante y ya se reconocía de izquierda, lo que mal o bien ya implicaba alguna clase de visión personal sobre el mundo. El año anterior ya era compañera mía y de Carlos, no nos sorprendía escucharla protestar en clase. Aún así, y Carlos lo sabía, yo nunca me perdía de intercambiar con el grupo de Carina, donde estaba Patricia.
–Dales la 6 y pedíle la 4 que no la encuentro- le decía yo y Carlos sonreía sin delatarme, había escuchado tan bien como yo que al lado nuestro el grupo de Carina discutía sobre la pregunta 6, con Patricia impacientándose,  y sabía también que la 6 yo la tenía marcada entre corchetes en el libro. Carlos era un buen amigo.
Un problema adicional era que a raíz de este mercado negro de respuestas, los productos finales de los distintos grupos tendían a ser muy similares, y un par de profesores (los más jóvenes, claro) mostraron su recelo. Por eso me preocupaba de que nuestros trabajos fuesen distintos al resto, más completos. En menor medida lo mismo hacía con lo que le pasábamos a Carina. No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta de que Juan se preocupaba por lo que intercambiábamos con Sole. Fue César quien me iluminó sobre eso.
-Esto viene de hacer largo ya, Juan se le declaró a Sole hace 2 años, fue a su casa con una flor en la mano el boludo.
-¿Y qué pasó?
-Nada, Sole le dijo que lo quería como amigo nomás, y se lo dijo por decir, porque amigos no eran, porque no podía decir “como hermano” ¿No?
-Y no… pero ¿Cómo puede ser que no me haya enterado de nada?
-Bueno, es que Juan sólo me lo contó a mí después de insistirle una semana, lo veía tan mal… y parece que Sole ni siquiera se lo contó a Natalia.
-Si Natalia supiera…
-Por eso. Y como vos y Carlos llegaron el año pasado, a lo mejor alguien se enteró y ustedes no.
-Y me lo contás ahora.
-Sé que te gusta Pato- y se me hizo un nudo en la garganta.
-Cualquiera, nada que ver.
-Dale boludo, a ver decime que es fea.
-Bueno y qué.
-Que veo como le pasas lo mejor a Carina porque está con Pato, y a Sole le pasás medio pelo.
Solté una risa forzada, César me estaba poniendo nervioso.
-Hacélo por Juan no seas forro. El resto me chupa un huevo- lo decía por los otros grupos dos grupos, formado por chicas de perfil bajo que no jodían a nadie.
-Dale, no hay drama- dije.
Desde ese día entendí mejor a Juan, esa mirada perdida, mirando hacia nada y hacia adentro, pendiente de la voz de Sole, a quien tenía casi al lado, pero a la vez tan lejos, completamente inalcanzable, porque ella no le prestaba la menor atención, ni siquiera con antipatía. A lo mejor por eso, y por el hermetismo de Juan no lo había sospechado, Sole no estaba mal pero no había pensado que pudiese tener tan encandilado a alguien. A mí me iba un poco mejor, por lo menos Patricia me hablaba, mirándome a los ojos, se reía de algo que yo podía decir, y me decía “qué cabeza tenés nene, no sé como hacés”. Pero ella no sospechaba de mí, y si lo hacía, en todo caso podía refugiarse en la duda para tratar conmigo.
Ahora tenía más trabajo, intentando que a veces hubiese 4 respuestas diferentes para una misma pregunta, variando la forma del contenido. Sólo en Historia y Geografía, en el resto de las materias daba prácticamente lo mismo, en general los profesores sólo querían sus respuestas.
Una vez saltó la ficha en Historia de que algo estaba pasando, pero Carina logró escandalizarse más que el profesor, diciendo en voz alta que los libros de texto eran muy simples, y que muchas veces marcaban lo mas importante en negrita (o sea, las respuestas).
-¿Qué podemos hacer si lo ponen así? No es culpa nuestra ¿Sabe?
-Es una guía, a partir de ahí ustedes tienen que analizar y…
-Las respuestas están correctas ¿Nos va a desaprobar?
-No digo eso, pero inténtenlo chicos, no es tan difícil.
-Estos libros- dijo sosteniendo uno con la mano y soltándolo sobre la mesa- son una mierda, y encima son carísimos-. El libro cayó sonando como la sentencia de un juez en su martillo, dando inicio a que todo el curso irrumpiera a viva voz en las mismas protestas, en un coro ininteligible.
-Chicos, calma, acá nadie va a desaprobar a nadie…
Y Carina ya estaba sentada, satisfecha. Me miró como diciendo “No lo voy a poder hacer siempre, ponéte las pilas”.
Cuando llegaron los primeros exámenes la tuve difícil, pero me las arreglé para terminar rápido lo mío mientras guiaba a Carlos en lo suyo. Entonces me quedaba cerca de la mitad del tiempo, mientras fingía no haber terminado, para empezar a soplar al resto a mi alrededor, en voz baja o en pequeños machetes, papelitos enrollados adentro de una birome. César podía necesitar alguna que otra ayuda, pero generalmente se las arreglaba para aprobar solo. Juan nunca me pedía nada, y podía sacar un 9 como un 5, no parecía importarle demasiado tener un buen promedio, ni siquiera aprobar, pero era evidente para mí que iba a media máquina. Juan estaba en otra parte, lejos, como lejos de él estaba Sole, sentada una mesa a la izquierda y delante de él, en diagonal.
Idéntica era mi ubicación respecto a Patricia (ya todos le decían Pato). Así podía verla de espaldas cuando miraba al pizarrón, y de perfil cuando giraba un poco su cabeza a la derecha para hablar con Adriana, su compañera de banco. A veces se daba vuelta para hablar con Carina o con Gaby, y yo tenía que sacarle rápido la mirada para no ser sorprendido. Que eso pasase a la vez me aterrorizaba y lo deseaba, pasando más de una vez que sus ojos celestes cruzaran los míos, quedando yo paralizado como liebre antes de ser aplastada por un camión. Soportaba esta presión en el pecho día tras día, al tiempo que crecía como un cáncer, tomando mi garganta y el vientre, provocándome temblores compulsivos, lapiceras mordidas y suspiros al techo. Mi oído había aprendido a tomar su voz de entre el confuso murmullo del salón, desenmarañándolo, elevándolo por encima de cualquier otro registro, y cuando giraba sobre su hombro y me miraba de reojo, susurrándome para pedir ayuda durante un examen, poco faltaba para que me meara encima. Se la pasaba a Carlos con la birome, que inventaba un bostezo estirando el brazo hacia Gaby, o sino en un bollito de papel que yo tiraba al suelo despacito, pateándolo en dirección a Patricia mientras Carlos tosía como un condenado. Había que regular el movimiento dependiendo de cuán atento estuviese el profesor de turno.

En los recreos solíamos juntarnos con los de contable que habían sido compañeros nuestros el año pasado: Ale, Tincho y Damián. Carlos y Ezequiel eran los que más ligaban, solían tener alguna transa. Una vez dijo Carlos:
-Mirá ¿Ves esa que está ahí?
-¿Cuál?- preguntó Ezequiel
-Esa, la de la trenza.
-Sí.
-Esa me la comí en La Mónica en las vacaciones. Un mal aliento tenía la hija de puta! Pero me dejó tocarle el culo. Ahora se hace la que no me conoce.
-Esta de novia con Matías de 3º boludo. Hace 2 meses ya- dijo Ezequiel.
-¿Quién te dijo?
-Mi hermana la conoce desde 9º
-La concha de tu hermana entonces.
Y todos reíamos.
La hermana de Ezequiel se llamaba María. Flaquita, bien proporcionada, pelirroja, pelo corto a lo Meg Ryan. Divina. Pero yo solo podía fijarme en Patricia, del otro lado del patio, sentada entre las demás chicas, con la coleta en la boca mientras se acomodaba el pelo hacia atrás con las manos. Patricia riendo, con súbita coloración de sus mejillas. Patricia yendo al quiosco, mientras yo buscaba algo de dinero en el bolsillo para comprar algo también, preguntando si alguien quería que le comprara algo ya que estaba y me dieran la plata. Y Carlos con sonrisa cómplice: “Andá, andá” me decía.
Yo iba.