La situación en casa había tenido algunos cambios. Fede y yo nos
volvimos mutuamente más independientes, nuestros círculos sociales casi
no se cruzaban. A los dos nos parecó lógico. Emiliano ahorró y se fue a
España con una buena oferta de trabajo, relacionada con la empresa
autopartista en la había estado varios años. Él era el preferido de mamá
así que eso la afectó. Hernán se puso de novio, y mi cuñada tuvo que
pasar por lo que pasa cualquiera que conocía a mi madre: al principio
amable y cálida, y después una bestia impredecible con ataques de celos,
contra los que Hernán tenía que pelear de tanto en tanto. Elena se
estaba llevando todas las materias, camino a repetir de año otra vez. El
día que mamá se enteró le pegó varias veces mientras ella escapaba a la
pieza. Papá tuvo que ponerse en el medio y recibió algunos bifes.
Era
difícil contribuir así, pero intenté hacer mi parte, metiendo la
religión y la política en la mesa. Alguna frase iniciaba todo, sobre
algo como el racismo o el aborto, en tono blasfemo, antipapista si era
posible. Sobre todo si había puchero o sopa. Una vez mientras yo
defendía los derechos de los homosexuales, ella dijo “Nicolás, hijo,
insistís tanto con ese tema… me parece que tenés un conflicto, y si es
así lo podés hablar conmigo ¿Sabés? Puedo tener un hijo así, ya estoy
para todo”, y al decirlo miró a mi hermana con saña. Me la jugó bien.
Pero la mayoría de las veces la dejaba sin argumentos, la obligaba sus
recursos más bajos, uno tras otro, y a medida que lo lograba se
desgajaba su ficticia disposición a dialogar las cosas, salía a la luz
el hecho de que ella tenía el poder en la casa, y que lo usaba si las
papas quemaban. Antes, sufría amargamente las privaciones de dinero y
salidas como una injusticia. Pero aprendí a tomar esos desenlaces como
señal de mi superioridad moral ante ella.
Les contaba sobre mi madre a mis amigos, se reían mucho de
ella. Daniel dijo que un día yo iba a aparecer en el noticiero por
matarla de 114 puñaladas o algo así. El Chileno dijo que la autopsia
revelaría violación, antes y después de su muerte. Héctor agregó que a
partir de esa conversación el acto ya sería premeditado, y que
atestiguaría en mi contra en el juicio para desechar mi defensa por
emoción violenta.
Antes de noviembre ya tenía mis primeras amonestaciones.
Una profesora de otro curso me vio dándole una patada voladora a la
puerta. Yo quería pasar, pero desde adentro el Chileno hacía fuerza para
trabarla. Falsificar la firma de mis padres fue fácil. También tenía
algunas faltas por llegadas tardes, nada grave. No me llevaba ninguna
materia. La nueva ley decía que si la nota del 3º trimestre era un 7, el
año de esa asignatura quedaba aprobado, por lo que Noviembre fue el mes
en el que los profesores intentaban hacer recuperar a los que venían
mal. Así que tuvimos mucho al tiempo al pedo, incluso nos dejaban salir
al patio a los que no teníamos que recuperar nada. Entre esas personas
por supuesto, también estaba Melina.
Noviembre era también el mes de mi cumpleaños, en el que
hicimos un festejo quemando el muñeco que habíamos armado durante el
año, en la esquina de lo de Daniel (lo sacamos por partes). Cuando
llegué a casa, entrada la noche, mi familia me esperaba con enojo
generalizado, había hecho esperar a mi tía varias horas y mi abuela se
había ido porque trabajaba temprano al otro día.
-Te estábamos esperando.
-Es mi día y lo puedo pasar como yo quiera y con quien quiera. No le pedí nada a nadie.
-¡No seas maleducado!
-Contestále bien a tu madre- dijo papá.
-¿Quién te enseñó a hablar así me querés decir?
-Vos mamá. Vos me enseñaste perfecto.
-¿Por qué no trajiste a tus amigos a casa a ver?
-No quiero que los espantes con tus ataques. Llamarían al 911, habría lluvia de cristales y muchas bajas.
-Te hice una torta, tiene durazno con crema- dijo mi tía intentando aligerar la tensión.
-Gracias tía ¿Ves mamá? La tía no está enojada. Así que ya está, no
te preocupes más- dije, y sus ojos chispeaban. Como había visita, no
podía desbocarse, mi sonrisa le decía que yo lo sabía perfectamente.
Empezó a llorar.
-¡Tanto esfuerzo que hago por esta familia podés creer Fabi! Y este mocoso que me contesta así…
-Mamá ¿Qué te hacés la dolida? Ni que yo fuera el Anticristo… ¡Ojalá!
-¡Ah!- y con ese alarido se tapó la cara.
Fede no reía, pensaba que se me iba la mano. Elena no
entendía como podía yo no tenerle miedo a mamá, si sabía que apenas se
fuese mi tía me iba a caber. Papá intentaba mirar la tele, resoplando
con hastío. Yo comía mi porción de torta de durazno con crema. Mi tía
las hacía mejor que nadie.
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