viernes, 30 de septiembre de 2011

El polimodal (11)


Daniel, un aparente pibe de familia bien, tenía una propensión al odio que enfocaba ciertos estereotipos, y que sostenía con argumentos y anécdotas. Para Daniel los gordos eran resentidos, las gordas no dejaban coger a sus amigas, las viejas eran conchudas, los pelirrojos eran mufa, los hinchas de independiente eran todos amargos, los tarjeteros eran pelotudos, los hipocondríacos eran simplemente mentirosos, y los chupamedias merecían morir. Su fuerza no estaba en la credibilidad de sus historias, sino en la forma en que las contaba, su habilidad para obligar al que oía a reírse, y al hacerlo, aceptar tácitamente que Daniel tenía algo de razón. El colectivero que seguía de largo y mirando fijo hacia delante siempre era gordo. Si en un partido la cámara enfocaba a un pelirrojo en la hinchada la siguiente jugada contra Racing terminaba en gol. Si una  historia con una chica se frustraba siempre había alguna gorda de por medio. La menstruación en realidad era un mito para atormentar a los hombres. Muchas veces lo escuchaba decir cosas que no tenían sostén alguno y que se imponían por la pura fuerza de su carisma. Esto él lo sabía muy bien, pero lo tomaba como un desafío: no tener razón era una desventaja inicial, nada más. Organizaba constantemente bromas en las que la víctima de un día era el cómplice del siguiente, aminorando el costo de las venganzas en su contra. Los varones fuera de nuestro grupo no lo soportaban, hablaban mal de él a todo el mundo pero les costaba hacerles frente sin quedar en ridículo. Algunas chicas lo veían como a un pibe que se hacía el loco, otras hacían saber sin problemas que “le daban”. Unas pocas lo tomaban en serio (como Fernanda) y lo odiaban. A éstas Daniel siempre sabía hacerlas quedar mal. Y Cada vez que él tornaba las cosas a su favor, con uno de nosotros, con gente del curso o con los profesores, me mostraba la manera en que funcionaba el mundo de verdad.

Con Daniel se sentaba Marcos, morocho y vestido al estilo hardcore. El Chileno era un morboso, gustaba de generar asco con sus comentarios. Sus temas preferidos: fijaciones sexuales enfermizas. La lista de cosas por las que el Chileno había dejado en claro sentirse atraído era muy amplia, y a la vez no podía descartarse ninguna, por lo que cualquier cosa podía tener connotación sexual, y todos tenían que andar con cuidado de lo que decían. Nada ni nadie se salvaba. Los varones del lado de la ventana no querían meterse con él, sabían que era capaz de besarlos en la boca sin aviso. Lo extraño era que el temor a darle algún pie actuaba en hombres y mujeres como una tendencia a quedar mal parados. Una vez Natalia, de pocas luces, dijo que su perra había tenido cachorritos, y cuando el Chileno se le apareció al lado preguntándole si le regalaba uno, se tapó la cara con horror, mientras unos pocos nos reíamos. Otra vez Pamela, la petisa tetona, dijo a la profesora de Inglés que había pasado con el colectivo por al lado del lugar de un accidente, con patrulleros y una ambulancia, y que había visto un cuerpo manchado con sangre, postrado al lado de una moto. El Chileno se paró con urgencia y los ojos bien abiertos, y preguntó donde había sido eso, y preguntó a la profesora si podía salir a hacer algo importante. Si pescaba a alguien mirándolo, le guiñaba el ojo o le sacaba la lengua lascivamente. En los recreos gustaba de tomar elementos de los demás y pasárselos por abajo de los calzoncillos, y en clase esperábamos con ansia el momento en que esa lapicera era llevada a la boca, mordida, chupada. Entonces era imposible no tentarse, no dar y recibir codazos en las costillas, ante la incomprensión del resto.

Héctor era más tranquilo, odiaba los deportes y parecía tener un desprecio por el mundo adolescente en general, como si él fuese un adulto, como si él hubiese estado obligado a serlo desde hace tiempo. Trabajaba en el kiosco de revistas de su padre, íbamos a hacerle compañía de vez en cuando a fuerza de ajedrez, mate y pedirle prestado alguna revista para hojear (nunca para llevar a casa). Su condición de presidente del Centro lo llevaba a ausentarse de clase con frecuencia para atender distintos asuntos, y los profesores no le decían nada porque sus notas siempre iban por encima de lo necesario. Se sorprendió cuando le dije que había leído el Leviatán de Hobbes, y se rió mucho cuando le dije otras cosas que había leído, como Jorge Bucay y Paulo Coelho. Le dije que no tenía mucho para elegir en mi casa, y me ayudó con la bibliotecaria para poder llevarme cosas fuera del colegio. También me pasaba algunos textos sobre política, la mayoría sobre marxismo y anarquismo, pero también sobre filosofía e historia. Le gustaba escucharme sacar conclusiones, por momentos parecía sacarlo de su aburrimiento. A medida que iba ganando su confianza, deslizaba su humor ácido en voz baja, entendía sus pensamientos con miradas o gestos leves de indicación, muchos eran para remarcar las maneras nefastas en que los profesores manejaban el poder que tenían, lo inútiles que eran las clases en sí. Héctor decía aprender más escuchándonos a nosotros que a los profesores, y eso no era necesariamente un elogio para sus amigos. Una vez discutimos porque yo dije que todos somos libres de elegir, siempre. Él decía que en ciertos momentos de la historia fue imposible elegir, como en la dictadura. Yo puse ejemplos como el de William Wallace en Corazón Valiente, y él dijo que películas como esa eran productos del sistema liberal-capitalista para alimentar la ilusión de la libertad ante la injusticia, perpetuando esta última. Yo dije que si me apuntaban con un arma, aún era capaz de elegir, y él dijo que eso era mentira, como si a mí me faltase todavía entender la gravedad de una situación así.

Al principio yo viví de hacer imitaciones improvisadas, pero eso no podía durar mucho tiempo. De Daniel aprendía a estar mas seguro de las cosas que decía, o en todo caso aparentarlo. De Marcos a usar en mi favor el rechazo que pudiese generar alguna actitud mía, transformando equívocos en risas. De Héctor a tratar de mirar siempre un poco mas allá de la escena, de entender el esquema en las situaciones y predecir el siguiente movimiento. Pero mi principal recurso se volvió esperar el momento exacto para rematar situaciones con una frase. Me constaba contar chistes, la presión de que lo último que vaya a decir tenga que ser gracioso me sobrepasaba, pero con mis remates lograba por un momento captar varias cosas a la vez y darles un sentido. Eran actos completamente originales, en el sentido de que no había guión que marcase esa línea a decir, que sin embargo venía de lo más profundo de mí, como un rayo que me obligaba a abrir la boca y recibir las risas, a veces generales, y a veces mas restringidas. Eran momentos dorados, en los que me sentía capaz de todo, en los que me parecía que el destino me tenía reservado para decir esas palabras en ese momento y lugar, para hacer reír. De repente todo tenía sentido para mí, como si el curso fuese una gran comedia y yo estuviese llamado a representar un papel.

Melina tenía el pelo negro, largo y lacio, tapando la mitad de su diminuto torso. Sus rasgos eran una mezcla de árabes con europeos, su ascendencia, como la mía, debía ser portuguesa por su apellido, Castelo. Escuchaba todas nuestras conversaciones, la veía de espaldas encorvar los hombros o tirar la cabeza para atrás al soltar una carcajada, incluso golpear la mesa con fuerza. Cada vez que hacía reír a Melina, me anotaba un punto.  Y cada vez que Melina reía, yo tenía que saber la causa, incorporarla para mis intervenciones. Cada día era un avance en mi conocimiento de lo que a ella le hacía gracia. Tanto los planteos de Daniel, como las salidas del Chileno o mis remates la tentaban, pero mientras que en ellos dos era un efecto entre otros, para mí se fue volviendo cada vez más en una meta precisa. Hubo veces en las que me conformaba con un murmullo solo quebrado por esa risa demoníaca, o con verla sonreir un poco y decirle algo a su compañera de banco, Alejandra. A veces fallaba y percibía su disgusto, y me aseguraba de no repetir el error. Sentía que iba encontrando sus puntos sensibles, calándola, adquiriendo cierta clase de poder sutil sobre ella, poco en comparación al que tenía su risa sobre mí. Nulo, irrisorio al que empezó a tener cuando empezó a voltearse hacia mí al reirse, mirándome. Sus ojos eran oscuros, mucho más que los míos. Me tenía.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El polimodal (10)

Las primeras semanas fueron difíciles. En casa nadie se levantaba a las 7 excepto yo (papá salía de casa a las 6), y apenas desayunaba algo mientras ponía la tele de fondo. Hacía el mismo camino que antes, encogiendo los hombros por el frío de la mañana, con mi cabeza todavía entumecida por el sueño.

Me sentaba solo, adelante, y durante el recreo me quedaba en el salón, dormitando con la cabeza sobre la carpeta. En clase no intervenía, y si los profesores preguntaban algo me contenía, esperando que alguien respondiese en mi lugar. Solo participaba si me lo pedían expresamente. Entonces sentía que todos me miraban, y yo quería desaparecer, no existir para nadie. A la salida me cruzaba con los de la tarde, así me enteré de que todos los varones repitieron menos César. La primera vez que crucé a Patricia, en la escalera de la entrada, se me quedó mirando como a un fantasma, me saludó y no supe que decirle, antes de que la marea de gente se pusiera entre nosotros.

Pasado el mediodía llegaba a casa, si no había cruzado a Fede en el camino lo veía entonces, terminando de cambiarse. Mamá podía no haberse levantado, la otra posibilidad era verla saliendo del baño en camisón, a lo sumo cocinando algo. Con la tarde libre, me dedicaba a leer cualquier cosa que encontrase en casa: en los estantes del living había algunas novelas, en el escritorio de Emiliano había fotocopias de la facultad sobre política y derecho, y en la cajonera de Hernán había una caja de lata llena de cartas de las chicas con que estaba o había estado.

Fue recién pasado un mes que hubo que hacer grupos para trabajos prácticos, y ahí conocí a los pibes. Daniel, un flaco de ojos claros, su voz ya me era familiar por escucharlo putear y hacer chistes a costa de cualquiera (fuese amigo suyo o no). Marcos, alias el Chileno, le gustaba hacer frases morbosas para quedar como un enfermo. Héctor, presidente del Centro de Estudiantes, nunca se exaltaba demasiado y siempre parecía saber más que todos sobre todo: política, música, cine. Juntarme con ellos se hizo costumbre, empecé a sentarme con Héctor. Al principio me aceptaron por mi capacidad de redacción para las respuestas, a mí me encantaba hacerlo porque en ocasiones se trataba de resumir los puntos en común a partir de discusiones acaloradas entre ellos, de a poco iba interviniendo también. A veces los enunciados finales no tenían mucho que ver con lo que la actividad pedía, pero no importaba, era divertido hacerlo así. Para conversar con ellos era necesario tener algo de imaginación, capacidad de réplica instantánea, conocimiento óptimo de los capítulos de los Simpsons, y no estar pendiente de quedar bien con las mujeres. Para ganar una discusión valía cualquier cosa, y tener razón no garantizaba nada.

Solo entonces empecé a mirar de verdad al curso, a sentirme parte de él. Del otro lado del salón se juntaba el grupo de varones mas preocupados por salir a bailar e impresionar a las mujeres, de responder a los profesores con ignorancia y gesto cómplice. Minas lindas había varias, eso lo supe desde el principio, pero ahora mirarlas me ayudaba a olvidar Patricia. Y tal vez no fuese solo eso, porque con cada día que pasaba, y en relación directa a los chistes que hacíamos los pibes, resonaba en mi cabeza la risa de la chica de pelo negro y lacio sentada contra la pared, cerca nuestro. Melina se llamaba.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Vacaciones (Polimodal-9)




 No aparecí para el acto de fin de año, menos todavía para la fiesta que hicieron después. La mitad del verano la pasé en el delta de Entre Ríos, en la casa de la familia de mi madre. Íbamos casi todos los años, siempre había que limpiar la costa de maleza y ventilar la casa. Pescar, limpiar el pescado, hacer leña, remar, machetear. Comiendo a la luz de un farol de querosén. Mirando correr el agua del río, hacia el este de día, bajando. Hacia el oeste de noche, en subida.

 Papá iba los fines de semana, la mayoría del tiempo estábamos solos con mamá. Si el día era soleado mis hermanos y yo nos metíamos al río, intentando piruetas por turnos. De noche hacíamos grandes montañas de ramas secas y las llamas subían varios metros. Nos quedábamos pescando hasta tarde, hablando boludeces , avivando las brasas. Volver a ese lugar era volver a ser chico. Podía estaba triste, apático la mayoría del tiempo, pero también me divertía escuchando las historias de terror que inventaba Hernán, o las anécdotas de peces enormes que contaba Emi. Por algunos días venía algun tío o tía con sus hijos (con quienes podíamos jugar a la escondida), o incluso la abuela, lo que era muy festejado por todos nosotros. En un lugar así, donde por momentos la única salida era escuchar la radio o leer revistas viejas, todo ser familiar era bienvenido, incluso aquellos a quienes nunca iba a visitar si de mí dependía.

 Generalmente a la hora en que todos dormían la siesta o tomaban sol, me ponía a escribir en un cuaderno anillado. Escribía sobre Patricia, sobre los sueños o pesadillas que tenía cada noche, sobre mi creciente ateísmo, sobre  la muerte, sobre el aburrimiento y la pena que por momentos me agarraba, aunque cada vez menos. Hacía algunos intentos de escribir en verso, bastante flojos. También hacía dibujos, bosquejos que en su mayoría no mostraba a nadie, a lo sumo a Fede.

 A veces un viento frío hacía silbar los sauces, y mamá decía “sudestada”. Podía significar simplemente que el agua suba un poco durante el día. Pero si se veía en el horizonte una columna de nubes oscuras avanzando, el viento iba tomando fuerza. Cuando oscurecían el cielo, el viento era capaz de revolear cualquier objeto liviano, incluso de tumbar personas adultas, por lo que había que entrar todo a las corridas y con cuidado de no caerse al río. Los relámpagos y truenos se sentían mucho más fuerte que en la ciudad, y cuando finalmente se largaba la lluvia, sabíamos que duraría hasta el otro día. Esas tormentas siempre habían tenido un halo apocalíptico para mí, las respetaba. Emi siempre decía que en la sudestada andaba el surubí, y se lamentaba de que mamá nunca lo dejara ir a encarnar chicotes y espineles en medio del vendaval. Esa vez quiso aprovechar la distracción de mamá que entraba las cosas con Elena, pero necesitaba alguien que lo acompañe en el bote. Me ofrecí. Mamá nos vió tarde, apenas escuchamos sus gritos desde el otro lado del río. El agua empezó a arreciar a mitad de camino, pero me sentía terriblemente bien. Ya no tenía miedo. Ni a la tormenta, ni al castigo de mamá, ni al fin del mundo. A nada.

 El viaje de vuelta fué de noche, la última semana de febrero. Adoraba viajar en la lancha de noche, sobre todo al cruzar el Paraná en medio de la marejada, antes de que saliera la luna. Cuando llegamos a casa, recuperé todos los lazos con la civilización y la tecnología, prendiendo la tele y subiéndole el volumen, viendo las noticias, prendiendo y apagando las luces frenéticamente, poniendo la cara contra el ventilador, sacando algo frío de la heladera para tomar. Solo entonces sentí la verdadera energía de un nuevo año.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El polimodal (8)


Terminaba septiembre cuando Carina me preguntó que me pasaba.

-Andás raro vos… es por Pato ¿no?
-Parece que acá se sabe todo ¿Ella te dijo?
-¿Querés saber?
-Si.
-No, no fue ella. Pero eso no importa nene, vos estás mal, te veo que estás mal. Esa cara, por favor, dónde quedó el Nico que yo conozco...
-Se quedó en esa esquina, para siempre.
-¡No seas exagerado! ¿Y cómo es eso de que te vas a cambiar de turno?
-Es posta.
-¿Y por qué? No la vas a conquistar así eh.
-No importa.
-¿Cómo que no importa? ¿Y nosotros no te importamos?
-…
-¿Ni un poco?
-Te voy a extrañar Cari.
-Me estás jodiendo.
-Ojalá.
-Forro. ¿Por qué no hablaste conmigo antes?
-Habría sido lo mismo. Si no gusta de mí.
-Ves que no entendés nada. Dale tiempo y vas a ver. Pero cambiándote de turno…
-No puedo esperar. Yo…
-¿No vas a terminar el año con nosotros por lo menos? ¿Ya tiene que ser?
-Pregunté y no hay vacantes, tengo que esperar al año que viene. Seguro repite gente y me hacen el hueco dijeron.
-La verdad… me dejás sin palabras. Pensé que era mentira.
-Perdón Cari. Te voy a extrañar, de verdad.

La miré a los ojos, amagando una sonrisa. Me alejé caminando hacia las escaleras, momentos antes de que sonara el timbre que marcó el final del recreo. La idea de cambiar de curso había sido lo único que me dio cierta sensación de control de la situación. Patricia no podía obligarme a mantenerme cerca de ella después de rechazarme. No pensé mucho en si estaba lastimando a mis amigos. No lo hice porque todos en ese curso, día a día, dejaban de existir para mí.

La semana después de hablar con Carina, Carlos me dio un papel doblado con mi nombre. La letra era de Patricia, sin duda. En esa carta me pedía que por favor no me cambie a la mañana. Decía estar triste porque yo ya no le hablaba, que ni siquiera la saludaba, que cómo podía ser que le hiciese algo así. Decía que no podía estar conmigo en ese momento, pero que más adelante era posible. Decía que lo que yo le había dicho era muy fuerte y que necesitaba tiempo. Decía algunas cosas lindas sobre mí, y me pedía perdón por no poder darme una respuesta segura. Leí esa carta tantas veces que me la aprendí de memoria. Al otro día le escribí. Mi carta decía que si no la había saludado ni le había hablado era para no hacerla sentir incómoda, que quería borrarme de su mapa para que pudiera estudiar tranquila, que no quería obligarla a verme. Le preguntaba qué le impedía estar conmigo, y por qué tenia que ser más adelante y no ahora. Decía que me había costado mucho decirle lo que sentía, y que a lo mejor me habría ido mejor si hubiese ido mas despacio, pero que lo que sentía por ella no me había pasado nunca, y que por momentos no sabía qué hacer. Le decía que era la chica mas linda que había conocido y que verla tan cerca era una tortura para mí. Ella nunca respondió.

Juan reconocía en esa carta el tesoro que era para mí. Juntos la habíamos desmenuzado, aislando ciertas frases, intentando analizarlas, sacando conclusiones. La llevaba siempre conmigo. Juan estaba conmigo el día que a la salida, un tipo que debía tener como mínimo 26 o 28 años, saludó a Patricia con un beso en la boca y se fue por Entre Ríos, caminando con ella de la mano. Juan vió cómo la miré hasta que doblaron en Tucumán camino al Bajo, y no dijo nada cuando saqué la carta del bolsillo de mi pantalón y la rompí, tirando los pedacitos en el tacho de la esquina. Juan supo por mi cara que si antes había dudado de cambiarme, a partir de ese momento supe que iba a hacerlo. Juan era el único que entendia que a veces lo mejor es caminar en silencio.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El polimodal (7)


Lunes al mediodía, en mi cama. No quería levantarme. Un fin de semana en el que pude zafar de ir al banquete familiar en lo de mi abuela, solo para quedarme en casa, mirando por la ventana de mi pieza cómo caía la linea del sol en el paredón, cómo se acercaba lo imposible. Tener que verla de nuevo, esquivarla ¿Cómo? Y solo para evitarle el problema de esquivarme. Ya no podría saludarla, eso seguro. Tampoco podía faltar, en algún momento tendría que ir y sería peor. Tenía que levantarme, tenía que ir. Prendieron la tele en el comedor, era mamá levantándose. Me convenía ocupar el baño antes de que ella pasara. Me levanté.

Llegué tarde, media falta. La clase de Matemáticas ya había empezado. Desde la puerta, en la esquina del fondo del salón, me pegué a la pared para llegar a mi lugar. Tardé media hora hasta subir un poco la vista y verla copiando. “¿No copias nada?” me dijo Carlos. “Ya vimos esto” le dije, glacial. Carlos iba en picada con varias materias, incluyendo matemáticas. Necesitaba de mí más que nunca y yo ya no podía ayudarle. No podía ayudar a nadie.
Hicimos grupo para Geografía, pero mi capacidad ese día era tan nula que César agarró el libro y se puso a buscar las respuestas él mismo. Me limité a aprobar las que propuso, y a copiarlas cuando dictó.

En el recreo quise quedarme en el salón, pero Carlos me insistió para ir al patio.
-¿Qué te pasa pelotudo? Contáme.
-Nada.
-Qué nada, estas con una cara de concha desde hoy. Qué pasó.
-Le dije.
-Qué dijiste. A quién.
-A Pato.
-Qué le dijiste.
-Que estoy enamorado de ella.
-¿No ves que sos un pelotudo? Ahora ya está.
-El qué.
-No viste que la semana pasada la vino a buscar la hermana, va a la 20.
-…
-Zafa. Y dice que te vió y que gusta de vos, pero ahora cagaste todo.
-Y qué tiene si no quiero a la hermana.
-Pero así empezabas a ir a la casa, le dabas celos, entendés, y al final te comías a Pato. Ahora ya fué. No me avisaste encima ¿Por qué no me avisaste?
-No sé.
-Bueno, y qué te dijo ella.
-Que me quiere como amigo.
-Hija de puta. ¡Vos también! ¿Cómo te vas a mandar así de una? Cuándo le dijiste.
-El viernes a la salida.
-Qué hiciste.
-Nada, se iba caminando sola, ya se habían ido todos. Fui y le dije. Le dí un bonobón.
-¡Un bonobón! Jajaja… ¿te lo devolvió?
-No, se lo quedó, se puso así como nerviosa, me dijo eso, me saludó y se fue.
-¿Y ahora que vas a hacer?
-Nada.
-No pensás hacer nada.
-Qué se yo. No iba a venir hoy, pero sino después era peor. Igual me voy a cambiar de turno, a la mañana.
-Dejáte de joder, por una mina…
-No puedo estar ahí con ella, no puedo… me viste hoy, no puedo estar así.
-Sí, así es Juan. Te andas juntando con él, mirá donde estás ahora.
-…
-Tranquilo Nico, no hablés con nadie y dejame hacer a mí.
-¿Qué vas a hacer? No quiero que hables nada eh.
-¿Qué te pensás, que Carina no sabe? Fija que ya sabe. Dejáme a mí.
-No, dejalo así…  No quiero molestar a Pato, al pedo.
-Bueno ¿Le dijiste a alguien más de esto?
-A nadie.
-Listo, no le cuentes a nadie entonces. Y si vas a hacer algo así de nuevo avisáme, no seas boludo.

A la salida Juan me acompañó a casa, se dio cuenta de que había pasado algo y me preguntó. Cuando le dije, esperaba que tuviese alguna expresión de regocijo, de “bienvenido al club”, pero lo vi muy serio, escuchando todos los detalles que yo necesitaba contar para graficar el momento. Se sorprendió cuando le dije que quería cambiarme al turno mañana. Le dije que no podía soportar verla todos los días, tan cerca mío, sabiendo que nunca iba a ser mi novia. Le dije que era demasiado para mí. “Soy débil, Juan” le dije. “No, Nico –dijo-. Ya entendiste que es mejor olvidarla. Yo soy débil”. No le respondí. Caminamos en silencio el resto del camino.

Con cada día se repitió lo mismo. Despertar era sentir que iba a tener que verla de nuevo. Caminar hacia el colegio era acercarme a ella. Llegaba tarde casi siempre, a veces la portera me dejaba pasar sin avisar a la secretaria y llegaba al aula antes de que pasaran lista. Me daba mucha vergüenza que Patricia pudiese sentirse incómoda por mi presencia, entonces intentaba pasar desapercibido. Hablaba mucho menos, casi no hacía chistes, y era difícil reírme. Si lo hacía, me paraba en la mitad, como un enfermo que olvida por un momento su dolencia, intentando levantarse, para sentir un dolor en el pecho y volver a reposar. Sentía la necesidad de estar solo, de cerrarle las puertas a todo el mundo. Si mis amigos se juntaban en el fin de semana, buscaba excusas para no ir.

Cuando caminaba solo hacia mi casa lloraba, y entonces me quedaba un rato en la esquina, hasta sentir que mis ojos no estaban hinchados. En casa también, cuando estaba solo y sentía que el aire no podía entrar, que nada tenía sentido, que cómo era posible sentir algo así por alguien y no ser correspondido. Cómo podía ser que todas las películas, toda la música se la pasaran hablando del amor, repitiendo siempre el mensaje de “hacé lo que sientas”, de “no esperes más, decíselo ¿Y si ella está esperando que lo hagas?”. Me sentía enfermo si ponían la radio, cada estribillo de los temas de moda me parecía peor que un vómito. Sentía tristeza, pero por momentos sentía odio. Cómo podía ser que nadie me hubiese avisado que el amor podía ser así. Me sentía víctima de una trampa, de un mundo  alimentándome día a día de esperanza para después no avisarme que había un paredón infinitamente alto. Y cuando intentaba negarle lugar a mis sentimientos por Patricia, la recordaba de perfil, escribiendo en la carpeta. No podía no amarla.

Me ocupaba mucho menos de las tareas que hacía para ayudar a mamá, y los domingos de limpieza general me volví intratable. A veces faltaba al colegio y me quedaba mirando la tele en el fondo de casa, mientras mamá miraba la del living o se ocupaba de la ropa en el lavadero. A veces discutíamos y yo terminaba barriendo el patio. A veces subía a la terraza y caminaba por el borde, haciendo equilibrio, o me quedaba sentado, con las piernas colgando, mirando pasar los coches. A veces agarraba la bici de Hernán y salía a dar vueltas, y algunas de esas veces me encontré casi sin darme cuenta cerca del Bajo de Pacheco, peligrosamente cerca de la casa de Patricia. Incluso una vez paré a una pareja mayor y le pregunté si conocía la casa de la familia Van Hess, pero no tenían idea. A veces ponía el disco de solos de piano de Emi, para escuchar Moonlight Sonata de Beethoveen, mientras hilaba los momentos felices antes de mi sincericidio con lo que vino después. Cuando terminaba lo volvía a poner. Una y otra vez.

El polimodal (6)

 Incluso cuando me levantaba pensando en que ese sería el día, siempre encontraba una excusa para posponerlo. Podía ser que la ropa que quería ponerme no estuviese limpia, que mi pelo se pusiese inmanejable o que durante la clase Patricia se mostrase inusualmente seria. Varias veces a la salida dejé ir a mis amigos, diciendo que necesitaba sacar libros en la biblioteca, para salir un minuto después y detenerme en la esquina, sintiendo que era el momento, y sin poder dar un paso más, mientras la veía alejarse. Otras lograba caminar hacia ella, pero de repente creía percibir una mala señal: una paloma que se posaba inesperadamente sobre una rama, un gato que no lograba saltar un paredón, o una ráfaga de viento que pegaba de costado, llevándome de vuelta por Jujuy. Si Juan venía conmigo ese día, me esperaba a mitad de cuadra, sin decir palabra.

No siempre, pero a veces podía saludarla con un beso de mejilla, más que nada cuando estaba en grupo. Entonces podía dárselo como a una chica entre varias, sin miedo a quedar en evidencia. A la salida podía pasar también, en la esquina que siempre nos dividía. Parecía mentira estar así de cerca de darle un beso de verdad,  y recogía un placer tan impune en ese instante, que por miedo a que se diera cuenta resignaba muchas ocasiones de hacerlo.

A veces me enojaba con ella, me mostraba molesto con todos en clase y salía solo, directo hacia mi casa, a despecho de cualquier posible iniciativa que ella pudiese tener. No podía evitar pensarla caminando detrás de mí, apurándose para tomarme del brazo y preguntarme qué me pasaba. Posibilidad que se hacía absurda cuando hacía una cuadra, llegando a la plaza. En vano me detenía un momento en la esquina, aprovechando el bebedero de la heladería.

Cesar gustaba de Débora, aplicada y cortante, por momentos agresiva, tenía un peinado que (especulábamos) la madre debía hacerle todas las mañanas. Sus chances no parecían mayores a las mías. Sole ignoraba completamente a Juan, una vez incluso se rió en voz alta cuando Natalia lo mencionó en una conversación. Carlos y Ezequiel la zafaban, siempre parecía irles bien y nunca se enganchaban con nadie. “Lo que pasa es que vos pensás demasiado” me decían. Pero estar en el colegio era muy distinto a ir a bailar.

En un boliche el alcohol anula la capacidad de pensar bien, entonces la cabeza agarra el primer salvavidas que encuentra, las decisiones son rápidas, actuar por impulso se vuelve lo mas lógico. La música está tan alta que reduce las conversaciones al mínimo, todo tiende a resolverse con miradas, alguna frase, un gesto, bailar un tema o dos. La oscuridad y la cantidad de gente hacen que uno pueda enfrentar muchos fracasos como si fueran el primero, incluso a pocos metros de distancia (algunos se dedican a tocar los culos de todas las que pasan en fila). Pero la oscuridad, también hace que las personas se vean mejores de lo que son.

La tarde del viernes 31 de agosto de 2001, en la esquina de Jujuy y Entre Ríos, no tenía oscuridad, ni música, ni un tumulto de gente donde esconderse en caso de una derrota. Salimos temprano, había faltado la profesora de inglés. Todos se habían ido, y Patricia se quedó hablando conmigo en la esquina. No había sol, mala señal, pero reíamos. En mi cuaderno de comunicados yo había puesto “Sres padres: la profe faltó por borracha que es, nos vamos a la mierda…” y la preceptora como nunca leía nada lo había firmado igual. Y entonces se lo dije. Todo.

sábado, 27 de agosto de 2011

El polimodal (parte 5)


No llovió mucho ese año. Y no podría decirse que fue un invierno realmente distinto a todos, pero no puedo olvidarlo. Cada vez que salía del colegio, doblaba la esquina con mis amigos, agarrando la calle Jujuy. Siempre buscaba alguna excusa para parar un ratito en la esquina, mientras veía a Patricia seguir derecho sola por Entre Ríos, haciendo una cuadra hasta llegar a Córdoba y doblar a la derecha. Retengo imágenes de cuando la veía caminar así: con sol, su pelo agitado por el viento seco, su bufanda roja y amarilla, su campera negra encima del guardapolvo blanco, su mochila pequeña; o nublado, con mejillas coloradas, pelo recogido, a veces mojado por el rocío, su mirada al piso, de regreso a lo que sea que soportase en su casa. Córdoba, la calle que hacia la izquierda, varias cuadras mas arriba, cortaba Tucumán, en la esquina de mi casa. Esquina en la que a veces me paraba, cuando necesitaba sentirme más cerca de ella, mirando hacia el fondo, para recordar que sólo me separaban 6 cuadras hasta su casa (las dos últimas en bajada, por eso ese barrio se llama el Bajo de Pacheco), para recordar que al día siguiente la vería de nuevo, y que entonces nos separarían apenas más que unos pasos. Podía salir a la esquina a la tarde, cuando se veían mas allá del bajo los terrenos descampados de la Radio Nacional, y mas al fondo los edificios blancos cerca del centro del Tigre. Podía ser a la noche, cuando el brillo del neón daba a las calles ese tono anaranjado que fascina a los noctámbulos, cuando los árboles pelados rasguñaban el aire y las hojas me hablaban de que Patricia dormía.

Córdoba era la calle que Juan había empezado a agarrar conmigo para ir a su casa, haciendo un leve desvío. Mis conversaciones con él constantemente recaían sobre el sentido de la vida, sobre estar enamorado, sobre la posibilidad de ser feliz. Él había llegado a pensar que de conseguir lo que quería con Sole, entonces habría sido mas infeliz que nunca, porque seguro se decepcionaría y después ya no tendría nada con qué ilusionarse. Yo me defendía de ideas de esa clase, no quería resignarme a ver en Patricia un espejismo, no podía aceptar que todo mi sufrimiento fuese en el fondo tan vacío. A mi favor estaba el hecho de que no importaba que dijera Juan sobre el amor, a la mínima llamada habría ido corriendo hacia Sole. Nunca me lo negó. El entendimiento con Juan llegó al punto de que nos alcanzara con intercambiar una mirada para transmitirnos pensamientos acerca de las cosas que sucedían en clase, a veces de melancolía, cuando Sole o Pato reían o respondían a un profesor en voz alta. A veces de acidez corrosiva, cuando alguna de las dos hacía o decía algo que las dejaba mal paradas, como si eso resaltara la falacia implícita en la imagen que teníamos de ellas. Aún cuando hubiésemos dado la vida por ellas, sin pensarlo.

Fueron tantas las veces que vi a Patricia alejarse caminando sola por Entre Ríos que empecé a tener una sensación de loop, de repetición de una secuencia interminable. En esos deja vú veía una nueva posibilidad desperdiciada de decirle todo lo que sentía, de terminar con mi angustia, de descubrir si yo le interesaba o no. Con cada día, empezó a tomar forma a su lado mi figura fantasmagórica, proyección holográfica de cómo sería ir caminando con ella por Entre Ríos hasta llegar a la Córdoba, hablando, riendo, demorando la despedida en esa esquina de direcciones opuestas, al principio con un beso en la mejilla, y después quien sabe. Así imaginé muchas maneras de encararla, en cada una veía errores que me erizaban la piel, al tiempo que me sentía a salvo por estar todavía en la antecámara de esa escena, por sentirme así como un viajero del tiempo que ensaya una y otra vez distintos futuros hasta quedarse con el mejor. Decisión que creí tomar cuando llegó Agosto.

martes, 23 de agosto de 2011

El polimodal (parte 4)


Estábamos esperando Carlos y yo en la fila para entrar a La Mónica, cuando Ale y  Tincho se pegaron a nosotros, nos dijeron que el grupo de Diana ya estaba adentro. Una vez que entramos pedimos cervezas, y no llegó a pasar una hora cuando la hermana de Diana me agarró del brazo y me llevó hasta donde estaban sus amigas. Diana estaba justo enfrente de mí, no me miraba. Eso me molestó, pero me acerqué a ella y empezamos a bailar. Ella miraba hacia abajo o al costado, no sabía si por tímida o por orgullosa. Solo fugazmente sorprendía su mirada de reojo. Habíamos bailado más de 5 minutos cuando sin aviso alguno acerqué mi boca rápidamente a la suya, que respondió a mi movimiento instantáneamente, como si hubiese estado esperándome. Nuestras lenguas chocaron como dos fieras soltadas en el coliseo, encarnizándose en la lucha. Se sentía bien, muy bien de hecho. Apreté su cuerpo más estrechamente contra el mío, una mano en su cintura y otra detrás de su cuello, y la besé más fuerte, abriendo más mi boca y esforzándome por meter mi lengua más allá de su paladar. Ella parecía buscar lo mismo conmigo. Pasaron unos minutos hasta que sentí que su deseo aflojaba, que su  boca empezaba a cerrarse cada vez más. Retiré mi lengua del todo y le di unos besos suaves sobre sus labios húmedos. Abrí mis ojos al hacerlo, ella los tenía cerrados aún, vi su boca esperando un poco más de esos últimos resquicios de placer, y entonces Diana no me pareció ya mediocre, sino fea. Bailamos un poco más, y cuando solté su mano, en seguida se dio vuelta y bailó sola la cumbia, como si nada hubiera pasado.  Me apresuré en volver con mis amigos, Carlos me señalaba riéndose, decía “¡te vi guachín, te viii, le comiste la boca! jaja”. Solo él sabía que había sido mi 1º beso. Me pasó la cerveza y tomé un trago largo. Esa noche Carlos se tranzó 3 minas. Yo me limité a seguir tomando cerveza mientras lo veía chamuyar. Se reía, Carlos siempre se reía.

Yo no trabajaba, el único dinero que conseguía me lo daban mis padres con cuentagotas, no podía salir a bailar siempre, pero me las arreglaba para ir de vez en cuando con Carlos, a veces venía también Ezequiel. El otoño fue pasando así. Carlos me daba consejos para chamuyar, me faltaba algo de carisma pero estaba aprendiendo a bailar bien. Una vez una chica preciosa de ojos verdes me tomó de las manos y empezó a bailar conmigo, me dijo que por favor no la soltara porque su novio era un idiota y quería hacerlo sentir mal. Estuvimos un rato así, ella mirando por encima de mi hombro para cerciorarse de que su novio la veía bailar con otro, mientras yo intentaba sacarle conversación. Otra vez estaba subido a una tarima con mucha gente mientras una pecosa rozaba sus tetas contra mí, entonces le dije “me pasan cosas con vos”. Se rió y se dio media vuelta, buscando a otro para rozarse, a lo mejor alguien que no le viniera con cuentos.

Otra vez caminábamos con Carlos entre la gente con nuestras cervezas, y Carlos me dijo “¿Viste como te miró esa boludo? Andá y encará”.  “¿Posta?” le dije. “Si, si, está con vos, dale, dale andá”. Estaba buena, le ayudaba el maquillaje, tetas medianas y culo grande. Me dije a mí mismo que no solo me la tranzaría sino que le manosearía el culo. Todavía me miraba, sin desesperación pero sin disimulo. Me acerqué y sin preguntar la tomé de la mano. Pasaban una cumbia que me gustaba, hacía gestos con la letra, coordinando los pasos. Ella sonreía. Al rato levanté su mano y la hice dar vuelta, y en la mitad me pegué a su espalda, ella no protestó. La agarré del vientre y las caderas, bamboleándola hacia un costado y al otro. Puse mi boca en su cuello, y su mano se posó en mi nuca, atrayéndome hacia sus labios que se abrían en flor para recibirme. Mientras le hacía una transfusión de saliva la seguía apretando contra mí, ahora no nos movíamos casi. La zona de apriete no estaba lejos, un largo asiento al costado de la barra y la llevé hasta ahí, mis piernas sintieron su peso al ponerla sobre mi regazo. Tenía todavía fija la idea de meterle mano a ese culo enorme, pero demoraba el momento. Le puse una mano al cuello, acariciando su nuca con mis dedos, empujándola contra mí.  Y mientras más me metía en su boca, más iba bajando mi otra mano por su espalda hasta sentir la curva hacia afuera, y apreté bien fuerte cuando por fin palpé de lleno la nalga. Permanecimos así mucho tiempo, ella me mantenía agarrado y no parecía querer soltarme por nada, entonces deslicé mi otra mano junto a la otra y sentí que el cielo se abría, que Moisés separaba las aguas, que el piojo López hacía su inflador al borde del área y que me convertía en un supersaiyayin. Le dije al oído suspirando en un quejido “Ay, que culo que tenés…”, mientras se lo apretaba fuerte. Puso su frente en mi hombro, y la besé de nuevo. Tocarle las tetas no estaba mal, pero no había comparación posible. Cuando mi mano quiso ir más allá, ella la sacó despacio, tanto no daba. Yo me reí y seguimos apretando. Al rato tuvimos sed. Busqué una cerveza y cuando volví los dos estábamos más calmados. Nos besamos despacio mientras tomábamos, hasta que me dijo que se tenía que ir. Le di mi teléfono pero nunca me llamó. Analía se llamaba, o Anabella, no sé.

Una noche terminé en el nivel superior, una pasarela alrededor del centro de la planta baja y me acerqué a la baranda para mirar hacia abajo, se veía la muchedumbre apretujada bailando el cuarteto. Después puse atención en la chica al lado mío, apoyada también en la baranda, pelo oscuro y tez pálida, miraba hacia abajo con desinterés. Relojié que me había visto también, y cuando sonó un cuarteto de Rodrigo la saqué a bailar, tenía una sonrisa tímida y una mirada esquiva pero curiosa. Agustina era su nombre. Después de 3 temas seguidos descansamos apoyados como antes en la baranda, me preguntó de qué signo era, le dije que de Escorpio, entonces se rió nerviosa, dijo que sus preferidos eran los de Escorpio. El horóscopo para mí era todo chamuyo, pero sólo entonces entendí que eso era cierto en más de un sentido. Dije que eso seguro era porque los de mi signo sabían besar bien, y como la tenía ya tomada de la mano la acerqué hacía mi y la besé, casi logra esquivarme, pero en pocos segundos pude ver que lo quería tanto como yo. Un rato después me dijo que tenía que volver con sus amigas, yo estaba contento de no haberla manoseado porque no era su estilo, parecía inocente, aunque sin serlo.

Muchas veces me encontré completamente solo, deambulando sin sentido entre la gente, tomando cerveza en un rincón, o apoyado contra la pared mirando a los grupos mantenerse unidos para no ser devorados por la marea, a las chicas rechazar o aceptar invitaciones de tragos y  baile, algún altercado entre varones con irrupción de los patovicas, y de vez en cuando alguna cara conocida del colegio que asentía levemente al pasar.

Un día Carlos me dijo que su amiga Marina gustaba de mí, me había visto en fotos. Esa clase de garantías se me daba bien porque me ahorraba el trabajo de tener que adivinar si sus gestos eran una invitación o no, lo cual, si no tenia alcohol en la sangre era todo un problema, y le dije que nos presentara. Nos juntamos primero en casa de Carlos. Cuando llegué, hora de la cena, Marina ya había llegado con una amiga. Como me había adelantado Carlos, Marina era un poco más bajita que yo, flaquita y morocha, con el tono de piel que deben haber tenido los primeros egipcios, y no el más propio de estas tierras. Parecía seria pero sólo porque no se reía mucho, usaba mucho el sarcasmo. La otra, Florencia, era rubiecita y no estaba nada mal, era más dócil y Carlos no me había dicho pero ya se la había transado. Después de comer unas pizzas fuimos a la pieza de Carlos y jugamos verdad-consecuencia, y cuando tomamos el remis a La Mónica los dos ya les habíamos dado picos a ambas en medio de risas.

Cuando entramos me hice el banana como nunca, riéndome, haciéndole bromas y gestos pícaros, bailando como si fuese año nuevo. Le dije, en medio del quilombo:
-Si yo te pidiese que por un segundo me dejes hacer lo que yo quiera ¿Me dejarías?
-No sé- dijo ella y me miró. La miré. Le di un pico, y al abrir mi boca sobre la suya despacio asomé mi lengua, que acarició la suya suavemente, una ola del Mediterráneo. Fue un beso dulce, que duró bastante, casi podía ignorar la música y las luces alrededor, sumido en el calor de su cuerpo junto al mío, de sus labios finos y delicados, de su lengua pequeña pero hábil. La música paró de golpe, ella se apartó un poco, se anunciaba la banda que tocaba en vivo esa noche: Mala Fama. “El tecladista es amigo mío” dijo. Me puse a sus espaldas y la abracé mientras los vimos tocar, a veces levantábamos las manos para acompañar, pero mis brazos volvían siempre a los suyos. Ella los tenía cruzados sobre el pecho, y jugueteaba con los dedos de mi mano derecha. Cuando la banda se fue y volvió la cumbia del dj, le dije si me daba otro segundo. “Vos sos peligroso con un segundo” me dijo. Sonreía. La besé de nuevo.

Cuando busqué a Carlos lo encontré sentado, transándose a una morocha que tenía encima con las manos en el culo de ella. Me vió y me guiñó un ojo. Lo esperé un rato y salimos. Los dos estábamos un poco borrachos, caminamos hasta su casa que quedaba más cerca, a veces me quedaba a dormir. “¡Qué puta esa Vanina boludo! Me pasó el teléfono, me la voy a garchar ya vas a ver”. “¿Y Flor?” le dije. “No sé, por ahí jaja” dijo. Le conté de Marina y me felicitó, preguntándome detalles. “¿Así que le dijiste eso? Jaja alto chamuyo, te lo voy a robar. Ya vas a ver cuando garches a una mina lo que es. Son re putas las pendejas, te vas a volver loco”. Yo me reía. Me brillaban los ojos, en el fondo pensaba en Patricia.

viernes, 19 de agosto de 2011

El polimodal (Capítulo 3)


La casa de Juan era más grande y apacible, nuestro cuartel general. Sus padres tenían al fondo de la casa un taller grande donde fabricaban cortinas de plástico. Poníamos música con algo para tomar y pasábamos la noche. No pasó mucho tiempo para que todos supiesen que me gustaba Patricia. En algún momento Carina se enteró. Empezó a hacerme miradas cómplices, encontraba maneras de acercarme a ella, yo le dejaba hacer, aunque no estaba seguro de qué sabia Carina exactamente, y peor aún, qué sabía Patricia. No sabía si interpretar su calidez para conmigo como un guiño o como ignorancia de su parte, y vivía cada día en la cuerda floja, sin atreverme a dar pasos definitivos, pero también sin dar un paso atrás.

Al llegar a mi casa me encerraba en la pieza de mis hermanos a escuchar música, mientras todavía no volvían del trabajo, y entonces recordaba momentos del día con ella, y fantaseaba con mutuas declaraciones, donde todo se resolvía con un eterno beso. Muchas veces encontraba así detalles que no había apreciado, que tanto podían alegrarme como podían quitarme el aliento, algo quizás demasiado obvio que yo había hecho en su presencia, alguna mirada suya de indiferencia o hasta de frialdad hacia mí, y enredaba estos elementos, complicándolos entre sí y dando lugar a conclusiones que se disolvían con el sueño durante la noche, o que recordaba vagamente al caminar las 4 cuadras que me separaban del colegio, desapareciendo por completo al entrar al salón y verla sentada, porque fue en esa época que empecé a llegar tarde casi todos los días.

En 8º, cuando iba a la 50, me gustaba María, de 14 años pero cuerpo de 18. En esa época era fanático del cazador. La dibujaba desnuda y rodeada de hombres, asaltada desde todas las posiciones posibles. Se ve que le llegó el rumor de mis dibujos obscenos, y encontró uno adentro de un tacho de basura. Me denunció con la preceptora, quién reconoció el parecido, pero dijo que no podía comprobarse a menos que yo confesara. La preceptora tenía esas ojeras no producto del cansancio sino de la pigmentación de la piel, rasgo que siempre me atrajo. Cuando quedé a solas en su despacho quise empezar a decirle que tenía problemas en casa, pero enseguida me dijo que me quedara tranquilo, que no pasaba nada. Ese día dibujé a la preceptora.

Pero con Patricia era diferente, era sagrada. Me resistía a imaginarla desnuda, y cuando finalmente cedía, estaba rodeada por una especie de aureola suave, como de ensueño. Casi siempre la veía con el delantal, que escondía sus líneas, excepto en las clases de gimnasia por la mañana, cuando podía verla sólo con un jogging y una camiseta. A veces no podía contenerme de pensarla transpirada y en ropa interior, pero aún así permanecía ella en un halo de pureza, como si verla así solo pudiera deberse a su descuido y a mi voyeurismo, pero no a su voluntad.

Todo eso se acabó cuando la vi transando en el recreo con Ricky, un rolinga. Ese día algo se rompió dentro de mí. Pero no sólo por mis celos y por la amargura de que otro me hubiese ganado de mano, sino también porque entonces se desbordó mi deseo, y ya no pude contener mi imaginación. Lo suyo con Ricky no duró mucho, era una transa nada más. Eso no evitó que todos los que sabían de mi pesar estuviesen expectantes de mí, sobre todos mis amigos. Me decían: “¿Y ahora que vas a hacer?”, “No sé” les decía. No lo sabía. Pero lentamente se gestaba en mí la resolución de hacer algo, empezaba a necesitarlo de verdad.

La miraba con más insistencia. A veces nuestros ojos se encontraban, como pasa con todo el mundo (contaba con precisamente esa inevitabilidad), y la miraba directamente, como interrogándola y queriendo decirle algo a la vez, un lenguaje que ella no podía o no quería corresponder, porque sólo se mostraba un poco perpleja primero, y luego desviaba la mirada como si nada hubiera pasado. Entonces yo miraba a mi derecha, hacia los ventanales que desde el 2º piso daban vista a la ciudad de Pacheco, y me quedaba en silencio un largo rato. Al verme así Carlos intentaba hacerme reír, y cuando yo, desconsolado, apoyaba mi mentón en la mesa como un perro viejo, me ponía la mano en el hombro y me decía “No te mates boludo, te estás ahogando en un vaso de agua”. Carlos creía que cuando yo conociese muchas mujeres una atrás de otra, rápidamente olvidaría a Patricia. Yo intentaba creerle, pero entonces otra vez la veía y me parecía imposible, ofendido por la idea.

Era cierto que no tenía mucha experiencia. Ni siquiera había tenido mi primer beso con lengua, y esto me atormentaba, porque me encantaba la idea de tenerlo con Patricia, pero tampoco era prudente arriesgarme a dar una mala impresión a la primera oportunidad y arruinarlo todo. Me había enterado de que una amiga de Ale que iba a un colegio privado gustaba de mí, al parecer me había visto cuando cruzamos a ella y a su grupo de amigas caminando por el cruce, la principal avenida comercial donde se paseaba todo Pacheco, pero eso le había alcanzado para echarme el ojo. Tenía curiosidad por saber cuál de las del grupo era ella, Ale me la describió pero no la recordé, y me decepcioné porque evidentemente no era la rubia castaña de labios carnosos y piel sonrosada. Era la hermana menor, ni linda ni fea, mediocre. Mi ansiedad alrededor del 1º beso me entorpecía tanto a la hora de encarar cualquier chica que pensé que estaba bien así. Diana se llamaba.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El polimodal (2)

  
Yo vivía más cerca que nadie, a 4 cuadras, pero mi casa no era el mejor lugar para juntarnos. No tanto por mis 5 hermanos, sino sobre todo por mi madre, que sabía hacer de ese hogar un infierno cuando se lo proponía, reprochándole a mi viejo su falta de iniciativa, quien a su vez cansado después de 12 horas de trabajo rezongaba intentando seguir su película de Steven Seagal o Van Damme. Era común verlo dormido en el sillón después de la cena mientras mi madre lavaba los platos, diciendo que había tomado “una decisión”, “me harté”, “se piensan que me van a tener toda la vida fregando (haciendo chasquidos de negación), no señor, ya me van a conocer…”. Y entre cada uno de estos descargos intercalaba un silencio punzante que hacía zumbar el aire en mis oídos, dejando en claro que en su cabeza no cesaban las maquinaciones, como agua que hierve y siempre a punto de rebalsar. Su silencio, acompañado del sonido por momentos frenético con que limpiaba la cocina, mantenía mi angustia, y con cada año que pasaba así yo mismo me iba convirtiendo en una olla hirviendo, fermentando refutaciones a sus estallidos, que pusieran en evidencia sus contradicciones con algo dicho por ella la semana pasada, y a veces esa misma tarde. Pero esto demostraba ser la mayoría de las veces un gran error, porque entonces toda su ira se enfocaba en mí, como si el ojo de Mordor viera el anillo en mi mano y procurara aplastarme con fuego.
En principio mi madre podía razonar normalmente, pero sus accesos la dominaban al punto de ubicarse siempre como una víctima de todo, de mi abuela que la puso en un convento a los 7 años cuando murió mi abuelo y donde permaneció hasta los 15, de sus hermanos que no la apoyaron como ella hubiese querido con sus proyectos, de los hermanos de mi padre que la hicieron a un lado por meterse donde no la llamaban, de nosotros sus hijos por estancarle su realización personal, de los empleados públicos que la hacían esperar demasiado para los trámites, del colectivero que pasaba de largo, y así toda una serie de atenuantes que la excluían de cualquier responsabilidad sobre sus decisiones, sus malas decisiones.  
Fueron mis 2 hermanos mayores, Emiliano y Hernán, quienes lentamente y sin saberlo, me mostraron el camino para dominar a la bestia, o al menos para hacerle frente, aunque eso implicara episodios de violencia antológicos.
-¿Te acordás- me decía Fede, Dos años menor que yo- esa vez que mamá discutía con papá, que Emi le dijo a mamá que la tía Antonia la había cagado con lo de la casa en Córdoba que no fue?
-Seee- decía yo-, agarró la pila de platos sucios de la mesada y los revoleó contra el piso.
-Jaja y Emi agarra y dice “Claro, no queda bien decirle a tu hermana que es una garca, pero bien que te la agarrás con papá y con nosotros como si nada, eso si queda bien”.
-Y mamá dando un grito se quiere tirar encima de Emi mientras papá la agarra de los brazos, mamá se pone a llorar.
-Y Emi diciendo re tranqui “si, está bien mamá, está bien…”.
-Se la hizo bien. 
Emiliano era más retórico con ella, la desafiaba. Hernán era más pragmático, sólo la encaraba cuando ya no había salida pacífica posible. Decía mi mamá con tono de suficiencia: 
-Mirá Hernán, vos me tenés cansada ya, así que andá buscándote un lugar. Ya estás grande además.
-¿Querés que me vaya? Listo, sabés que me llevo el lavarropas, la secadora, la computadora y la tele del living. Te acordás que es mía ¿No?
-Llevatelá, te la doy.
-No mamá, es mía. Me gasté medio aguinaldo ahí, no me vas a correr con esa. Y quiero ver cómo te las arreglás sin la plata que te paso por mes.
-Pero si, como no me voy a arreglar, que te creés, si las habré pasado yo…
Curiosamente la discusión iba tomando tono de conversación, hasta que Hernán se iba a la pieza haciendo gesto de “por favor lo que hay que aguantar”, mientras mamá parecía olvidar su tentativa de desalojo y hasta parecía extrañamente calmada. 
Mi hermana Elena era quien la tenía más difícil de todos. La mayor, Clarisa, con síndrome de Down, era como una nena grande, por lo que mi mamá, que por supuesto no tenía amigas (o solo por escaso tiempo, hasta que las espantaba), tendía a acercarse a Elena como confidente. Pero después de que Elena comprobara la facilidad con que mi madre tornaba su amistad en reproches, o incluso en actos de abierta traición (como esos secretos que le contaba a la tía Fabiola, quien por lo demás se los contaba a todo el resto de la familia), no quería saber nada, y se revolvía tortuosamente buscando la manera de mantenerse a salvo sin ofenderla. Para empeorar las cosas, Elena había repetido de año. Papá intentaba protegerla de los cachetazos, tironeadas de pelo y zamarreadas que mi madre le soltaba en los peores momentos. 
Fede solía despreocuparse por la conducta de nuestra madre. Yo me lo tomaba más a pecho, anotando mentalmente sus erratas, y teniendo discusiones con ella, que muchas veces comenzaban con algún comentario que yo dejaba escapar sobre Dios, el Papa, y que no quería retractar, aún cuando mi padre me instaba a ello con un “porque sí y punto”, en el que yo leía “por favor no hagas enojar a tu madre que hoy juega Racing”. En mis discusiones con ella la cosa podía llegar a lo filosófico o metafísico, temas en los que mi madre creía tener alguna clase de erudición, en realidad escasa, terrenos de los cuales la obligaba a batirse en retirada, y entonces cambiaba de tema sacando del pasado algún reproche que hacerme para avergonzar, hasta que llegábamos inevitablemente al punto en que para ganarle debía disponer de recursos como los de Hernán. Al no tenerlos tenía que resignar la partida, no sin sufrir amenazas que rayaban la extorsión acerca de las salidas y el dinero, pero incluso a veces de la comida y de mi lugar en la casa. Fede me remarcaba siempre mi actitud suicida, pero con cada una de esas derrotas algo dentro de mí se hacía más y más fuerte, sediento de por fin verla alguna vez caer de lleno.  

Así y todo Fede era mi compinche para las bromas y burlas que podía hacerle a mi madre sobre su pensamiento pseudorreligioso, sobre la basura que miraba en la tele, sobre su desproporcionado histrionismo. Mamá dejaba al acostarse un vaso de agua en la mesita de luz, para “absorber las malas ondas”, vaso que yo a veces tomaba antes de que ella pudiera atajarme, con alarido de protesta. Durante la cena Fede pasaba su dedo por alrededor del vaso, según ella “llamando a los demonios”. También abríamos paraguas adentro de la casa en días soleados, eso siempre la desquiciaba. Cuando hablaba por teléfono se ocupaba de que toda la casa escuchara su conversación: nos dedicábamos a hacerle chistidos desde la pieza para que se callara, era cuestión de minutos que apareciera en la puerta con su peor cara. Durante la cena, cuando Tinelli era la única opción, soltábamos gestos de fastidio, o incluso comentarios como “¿Podemos cambiar esta mierda que miramos todos los días?”, “¿No se cansa este hijo de puta de robar tanto?”, “Este tipo representa lo peor de la televisión, me da vergüenza tener que aguantarlo” o “Mañana consigo un chumbo en la villa para ir a matar a Tinelli”. Enseguida venía la represalia, el estallido de mamá y la llamada de papá a cerrar la boca. Fede era el único que podía entender lo que yo sufría con el carácter de mamá, no me sentía capaz de contárselo a mis amigos. Había aprendido a ver en ella la esencia de lo falso, ese gesto amable después de una discusión, “Te hago un té ¿Querés?”, o un bizcochuelo una tarde de domingo, gestos que en un inevitable ciclo tornaban hacia la sed de venganza, a los reproches de siempre, casi siempre a medida que se acercaba fin de mes y no daban las cuentas. Y nunca daban las cuentas.
  
Imagen: sin datos.