
Daniel, un aparente pibe de familia bien, tenía una propensión al
odio que enfocaba ciertos estereotipos, y que sostenía con argumentos y
anécdotas. Para Daniel los gordos eran resentidos, las gordas no dejaban
coger a sus amigas, las viejas eran conchudas, los pelirrojos eran
mufa, los hinchas de independiente eran todos amargos, los tarjeteros
eran pelotudos, los hipocondríacos eran simplemente mentirosos, y los
chupamedias merecían morir. Su fuerza no estaba en la credibilidad de
sus historias, sino en la forma en que las contaba, su habilidad para
obligar al que oía a reírse, y al hacerlo, aceptar tácitamente que
Daniel tenía algo de razón. El colectivero que seguía de largo y mirando
fijo hacia delante siempre era gordo. Si en un partido la cámara
enfocaba a un pelirrojo en la hinchada la siguiente jugada contra Racing
terminaba en gol. Si una historia con una chica se frustraba siempre
había alguna gorda de por medio. La menstruación en realidad era un mito
para atormentar a los hombres. Muchas veces lo escuchaba decir cosas
que no tenían sostén alguno y que se imponían por la pura fuerza de su
carisma. Esto él lo sabía muy bien, pero lo tomaba como un desafío: no
tener razón era una desventaja inicial, nada más. Organizaba
constantemente bromas en las que la víctima de un día era el cómplice
del siguiente, aminorando el costo de las venganzas en su contra. Los
varones fuera de nuestro grupo no lo soportaban, hablaban mal de él a
todo el mundo pero les costaba hacerles frente sin quedar en ridículo.
Algunas chicas lo veían como a un pibe que se hacía el loco, otras
hacían saber sin problemas que “le daban”. Unas pocas lo tomaban en
serio (como Fernanda) y lo odiaban. A éstas Daniel siempre sabía
hacerlas quedar mal. Y Cada vez que él tornaba las cosas a su favor, con
uno de nosotros, con gente del curso o con los profesores, me mostraba
la manera en que funcionaba el mundo de verdad.
Con Daniel
se sentaba Marcos, morocho y vestido al estilo hardcore. El Chileno era
un morboso, gustaba de generar asco con sus comentarios. Sus temas
preferidos: fijaciones sexuales enfermizas. La lista de cosas por las
que el Chileno había dejado en claro sentirse atraído era muy amplia, y a
la vez no podía descartarse ninguna, por lo que cualquier cosa podía
tener connotación sexual, y todos tenían que andar con cuidado de lo que
decían. Nada ni nadie se salvaba. Los varones del lado de la ventana no
querían meterse con él, sabían que era capaz de besarlos en la boca sin
aviso. Lo extraño era que el temor a darle algún pie actuaba en hombres
y mujeres como una tendencia a quedar mal parados. Una vez Natalia, de
pocas luces, dijo que su perra había tenido cachorritos, y cuando el
Chileno se le apareció al lado preguntándole si le regalaba uno, se tapó
la cara con horror, mientras unos pocos nos reíamos. Otra vez Pamela,
la petisa tetona, dijo a la profesora de Inglés que había pasado con el
colectivo por al lado del lugar de un accidente, con patrulleros y una
ambulancia, y que había visto un cuerpo manchado con sangre, postrado al
lado de una moto. El Chileno se paró con urgencia y los ojos bien
abiertos, y preguntó donde había sido eso, y preguntó a la profesora si
podía salir a hacer algo importante. Si pescaba a alguien mirándolo, le
guiñaba el ojo o le sacaba la lengua lascivamente. En los recreos
gustaba de tomar elementos de los demás y pasárselos por abajo de los
calzoncillos, y en clase esperábamos con ansia el momento en que esa
lapicera era llevada a la boca, mordida, chupada. Entonces era imposible
no tentarse, no dar y recibir codazos en las costillas, ante la
incomprensión del resto.
Héctor era más tranquilo, odiaba
los deportes y parecía tener un desprecio por el mundo adolescente en
general, como si él fuese un adulto, como si él hubiese estado obligado a
serlo desde hace tiempo. Trabajaba en el kiosco de revistas de su
padre, íbamos a hacerle compañía de vez en cuando a fuerza de ajedrez,
mate y pedirle prestado alguna revista para hojear (nunca para llevar a
casa). Su condición de presidente del Centro lo llevaba a ausentarse de
clase con frecuencia para atender distintos asuntos, y los profesores no
le decían nada porque sus notas siempre iban por encima de lo
necesario. Se sorprendió cuando le dije que había leído el Leviatán de
Hobbes, y se rió mucho cuando le dije otras cosas que había leído, como
Jorge Bucay y Paulo Coelho. Le dije que no tenía mucho para elegir en mi
casa, y me ayudó con la bibliotecaria para poder llevarme cosas fuera
del colegio. También me pasaba algunos textos sobre política, la mayoría
sobre marxismo y anarquismo, pero también sobre filosofía e historia.
Le gustaba escucharme sacar conclusiones, por momentos parecía sacarlo
de su aburrimiento. A medida que iba ganando su confianza, deslizaba su
humor ácido en voz baja, entendía sus pensamientos con miradas o gestos
leves de indicación, muchos eran para remarcar las maneras nefastas en
que los profesores manejaban el poder que tenían, lo inútiles que eran
las clases en sí. Héctor decía aprender más escuchándonos a nosotros que
a los profesores, y eso no era necesariamente un elogio para sus
amigos. Una vez discutimos porque yo dije que todos somos libres de
elegir, siempre. Él decía que en ciertos momentos de la historia fue
imposible elegir, como en la dictadura. Yo puse ejemplos como el de
William Wallace en Corazón Valiente, y él dijo que películas como esa
eran productos del sistema liberal-capitalista para alimentar la ilusión
de la libertad ante la injusticia, perpetuando esta última. Yo dije que
si me apuntaban con un arma, aún era capaz de elegir, y él dijo que eso
era mentira, como si a mí me faltase todavía entender la gravedad de
una situación así.
Al principio yo viví de hacer
imitaciones improvisadas, pero eso no podía durar mucho tiempo. De
Daniel aprendía a estar mas seguro de las cosas que decía, o en todo
caso aparentarlo. De Marcos a usar en mi favor el rechazo que pudiese
generar alguna actitud mía, transformando equívocos en risas. De Héctor a
tratar de mirar siempre un poco mas allá de la escena, de entender el
esquema en las situaciones y predecir el siguiente movimiento. Pero mi
principal recurso se volvió esperar el momento exacto para rematar
situaciones con una frase. Me constaba contar chistes, la presión de que
lo último que vaya a decir tenga que ser gracioso me sobrepasaba, pero
con mis remates lograba por un momento captar varias cosas a la vez y
darles un sentido. Eran actos completamente originales, en el sentido de
que no había guión que marcase esa línea a decir, que sin embargo venía
de lo más profundo de mí, como un rayo que me obligaba a abrir la boca y
recibir las risas, a veces generales, y a veces mas restringidas. Eran
momentos dorados, en los que me sentía capaz de todo, en los que me
parecía que el destino me tenía reservado para decir esas palabras en
ese momento y lugar, para hacer reír. De repente todo tenía sentido para
mí, como si el curso fuese una gran comedia y yo estuviese llamado a
representar un papel.
Melina tenía el pelo negro, largo y
lacio, tapando la mitad de su diminuto torso. Sus rasgos eran una mezcla
de árabes con europeos, su ascendencia, como la mía, debía ser
portuguesa por su apellido, Castelo. Escuchaba todas nuestras
conversaciones, la veía de espaldas encorvar los hombros o tirar la
cabeza para atrás al soltar una carcajada, incluso golpear la mesa con
fuerza. Cada vez que hacía reír a Melina, me anotaba un punto. Y cada
vez que Melina reía, yo tenía que saber la causa, incorporarla para mis
intervenciones. Cada día era un avance en mi conocimiento de lo que a
ella le hacía gracia. Tanto los planteos de Daniel, como las salidas del
Chileno o mis remates la tentaban, pero mientras que en ellos dos era
un efecto entre otros, para mí se fue volviendo cada vez más en una meta
precisa. Hubo veces en las que me conformaba con un murmullo solo
quebrado por esa risa demoníaca, o con verla sonreir un poco y decirle
algo a su compañera de banco, Alejandra. A veces fallaba y percibía su
disgusto, y me aseguraba de no repetir el error. Sentía que iba
encontrando sus puntos sensibles, calándola, adquiriendo cierta clase de
poder sutil sobre ella, poco en comparación al que tenía su risa sobre
mí. Nulo, irrisorio al que empezó a tener cuando empezó a voltearse
hacia mí al reirse, mirándome. Sus ojos eran oscuros, mucho más que los
míos. Me tenía.
1 comentarios:
Muy bien, ya los leí todos, me gustan. Tenes que seguir la historia nomas ;). (qué va a pasar con la chica de la risa malvada...)
(el 10 igual, no sé, masomenos).
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