martes, 15 de noviembre de 2011

El polimodal (16)


La situación en casa había tenido algunos cambios. Fede y yo nos volvimos mutuamente más independientes, nuestros círculos sociales casi no se cruzaban. A los dos nos parecó lógico. Emiliano ahorró y se fue a España con una buena oferta de trabajo, relacionada con la empresa autopartista en la había estado varios años. Él era el preferido de mamá así que eso la afectó. Hernán se puso de novio, y mi cuñada tuvo que pasar por lo que pasa cualquiera que conocía a mi madre: al principio amable y cálida, y después una bestia impredecible con ataques de celos, contra los que Hernán tenía que pelear de tanto en tanto. Elena se estaba llevando todas las materias, camino a repetir de año otra vez. El día que mamá se enteró le pegó varias veces mientras ella escapaba a la pieza. Papá tuvo que ponerse en el medio y recibió algunos bifes.

Era difícil contribuir así, pero intenté hacer mi parte, metiendo la religión y la política en la mesa. Alguna frase iniciaba todo, sobre algo como el racismo o el aborto, en tono blasfemo, antipapista si era posible. Sobre todo si había puchero o sopa. Una vez mientras yo defendía los derechos de los homosexuales, ella dijo “Nicolás, hijo, insistís tanto con ese tema… me parece que tenés un conflicto, y si es así lo podés hablar conmigo ¿Sabés? Puedo tener un hijo así, ya estoy para todo”, y al decirlo miró a mi hermana con saña. Me la jugó bien. Pero la mayoría de las veces la dejaba sin argumentos, la obligaba sus recursos más bajos, uno tras otro, y a medida que lo lograba se desgajaba su ficticia disposición a dialogar las cosas, salía a la luz el hecho de que ella tenía el poder en la casa, y que lo usaba si las papas quemaban. Antes, sufría amargamente las privaciones de dinero y salidas como una injusticia. Pero aprendí a tomar esos desenlaces como señal de mi superioridad moral ante ella.

Les contaba sobre mi madre a mis amigos, se reían mucho de ella. Daniel dijo que un día yo iba a aparecer en el noticiero por matarla de 114 puñaladas o algo así. El Chileno dijo que la autopsia revelaría violación, antes y después de su muerte. Héctor agregó que a partir de esa conversación el acto ya sería premeditado, y que atestiguaría en mi contra en el juicio para desechar mi defensa por emoción violenta.

Antes de noviembre ya tenía mis primeras amonestaciones. Una profesora de otro curso me vio dándole una patada voladora a la puerta. Yo quería pasar, pero desde adentro el Chileno hacía fuerza para trabarla. Falsificar la firma de mis padres fue fácil. También tenía algunas faltas por llegadas tardes, nada grave. No me llevaba ninguna materia. La nueva ley decía que si la nota del 3º trimestre era un 7, el año de esa asignatura quedaba aprobado, por lo que Noviembre fue el mes en el que los profesores intentaban hacer recuperar a los que venían mal. Así que tuvimos mucho al tiempo al pedo, incluso nos dejaban salir al patio a los que no teníamos que recuperar nada. Entre esas personas por supuesto, también estaba Melina.

Noviembre era también el mes de mi cumpleaños, en el que hicimos un festejo quemando el muñeco que habíamos armado durante el año, en la esquina de lo de Daniel (lo sacamos por partes). Cuando llegué a casa, entrada la noche, mi familia me esperaba con enojo generalizado, había hecho esperar a mi tía varias horas y mi abuela se había ido porque trabajaba temprano al otro día.

-Te estábamos esperando.
-Es mi día y lo puedo pasar como yo quiera y con quien quiera. No le pedí nada a nadie.
-¡No seas maleducado!
-Contestále bien a tu madre- dijo papá.
-¿Quién te enseñó a hablar así me querés decir?
-Vos mamá. Vos me enseñaste perfecto.
-¿Por qué no trajiste a tus amigos a casa a ver?
-No quiero que los espantes con tus ataques. Llamarían al 911, habría lluvia de cristales y muchas bajas.
-Te hice una torta, tiene durazno con crema- dijo mi tía intentando aligerar la tensión.
-Gracias tía ¿Ves mamá? La tía no está enojada. Así que ya está, no te preocupes más- dije, y sus ojos chispeaban. Como había visita, no podía desbocarse, mi sonrisa le decía que yo lo sabía perfectamente. Empezó a llorar.
-¡Tanto esfuerzo que hago por esta familia podés creer Fabi! Y este mocoso que me contesta así…
-Mamá ¿Qué te hacés la dolida? Ni que yo fuera el Anticristo… ¡Ojalá!
-¡Ah!- y con ese alarido se tapó la cara.

Fede no reía, pensaba que se me iba la mano. Elena no entendía como podía yo no tenerle miedo a mamá, si sabía que apenas se fuese mi tía me iba a caber. Papá intentaba mirar la tele, resoplando con hastío. Yo comía mi porción de torta de durazno con crema. Mi tía las hacía mejor que nadie.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El polimodal (15)

 Muchas de nuestras conversaciones se trataban sobre cómo deberían ser muchas cosas. Uno de los principales blancos era la publicidad:

-¿Por qué las publicidades de dentífricos son tan pelotudas? Siempre ese lenguaje neutro, lo odio- dijo Daniel.
-Las de jabón para la ropa, para mujeres esclavas de la limpieza. Para mí fue como un trauma saber que diseñan todo eso de tocar el timbre de una mina para que parezca de verdad, es todo mentira, o sea hay un casting para elegir a esa mina que sale haciéndose la sorprendida- dije yo.
-Las del yogur violeta me dan ganas de ir a buscar al que las hace y deformarle la cara con un cutter, se piensan que no nos damos cuenta de que son para las viejas con cañerías tapadas- protestó el Chileno haciendo gesto alusivo.
-Están orientadas a targets específicos de la sociedad. Son estereotipos de consumidor que tienen estudiados, fórmulas que funcionan. No pueden salirse del esquema si no quieren perder plata- sentenció Héctor.
-Pero podrían hacer algo más copado. Dame la mitad de la plata y te hago una publicidad de la re puta madre- retrucó Daniel.
-Depende de que bien de consumo sea. Si es ropa, o un recital podés hacer de todo. Son cosas que definen tu identidad y que no son estrictamente necesarias. La plata que la gente gasta en eso no es parte de las cuentas del mes, es parte de los gastos de capricho. Ahí la publicidad trabaja sobre el deseo del consumidor, necesita tentarlo.
-Pero el jabón en polvo, el dentífrico, el limpiador antigrasa, el yogur laxante… son cosas que uno compra en teoría todos los meses- acoté, intentando seguir el razonamiento.
-Claro. Esas publicidades trabajan sobre la persona que recorre las góndolas pensando en lo que le hace falta en su casa. Alguien que está intentando ser responsable. Entonces no pueden trabajar con la tentación. Necesitan darle al que compra una imagen de gasto razonable, necesario, de conveniencia.
-Entonces siempre vamos a ver lo mismo. Para todo lo innecesario, publicidades que sorprenden, que intentan seducirnos con el impacto. Para todo lo necesario, la misma mierda de siempre, el mismo esquema que se repite. Es un asco- dije.
-Y va a ser peor. En el futuro las publicidades van a ser mucho más invasivas que ahora. Van a estar tan presentes que todo el asunto va a estar fuera de discusión. Ya es así en algún punto: Coca cola, Mc Donald´s, Disney… -concluyó Héctor.
-Yo podría vivir como creativo de publicidad. Haría mucho más que todos esos boludos juntos con menos recursos. Yo haría que las amas de casa compren espadas ninja y que los pelotudos como el Chileno compren una licuadora- dijo Daniel.
-Quiero una. Cuánto.
-No es tan fácil- dijo Héctor.
-Qué no. Lo que sea que pongas en la tele la gente va y lo compra. Y si no lo compra lo ponés de nuevo, y sino lo ponés de nuevo. La gente es pelotuda. Yo me aprovecharía mejor.

A veces la queja contenía sarcasmo, como si en el fondo supiésemos que no servían para nada, que nada podría en realidad cambiar, y que las cosas eran así porque no podían ser de otra forma. Esto por un lado coartaba cualquier chance a nuestras pretensiones de reformar del mundo, pero esa imposibilidad a la vez nos habilitaba entonces a expresar el enojo, aunque inofensivo, de la forma más corrosiva. Como en la música.

-Chileno ¿Por qué tenés una mochila de la 25? ¿Te hacés el rolinga ahora?- le pregunté una vez.
-Ni en pedo. Se la agarré a mi hermano. Necesitaba una.
-¿Saben que hay que hacer con todas esas bandas de mierda?- se metió Daniel.
-Cuáles.
-Como la de tu mochila: la 25, los gardelitos, Callejeros, Pier, Jóvenes Pordioseros.
-La Mancha de Rolando- agregué.
-Si, también. Primero hay que organizar un supuesto festival de rock en un estadio de fútbol. Después hacerles creer a cada uno que llegó su momento de tocar para que salgan todos juntos. La gente en las tribunas, todo lleno, popular, plateas. La parte de la cancha libre. Apenas terminan de entrar las bandas se cierran todas las salidas, quedan encerrados. Ahí hay que tirarles unas armas al piso.
-Onda gladiadores.
-Se. Entonces por los parlantes se escucha “como todas estas bandas de mierda son iguales, viven de hacer la misma música y confunden a la gente con su melodía mediocre, ahora todas van a luchar entre sí hasta la muerte. La última que quede, va a ser la única autorizada para tocar de esa manera tan nefasta. La gente pide sangre. A pelear”. Y listo.
-¿Y si al final quedan chabones de distintas bandas? Van a tener que armar una de última- dije.
-Yo soltaría unos leones tambíen- dijo el Chileno-, y si al final ganan los leones se termina el rock barrial. Para siempre.
-Yo me imagino- y me empecé a tentar, ya antes de relatar la imagen, eso me pasaba mucho- al flaco de la Mancha de Rolando, que se da cuenta de la que se viene antes de salir por la compuerta, y se quiere meter adentro, onda “¡Hace 20 años que tocamos nuestra música, qué nos vienen a decir, no merecemos estar acá!”, y cachetazo en la nuca ahí nomas, un empujón para que entre, la compuerta que se cierra y el chabón que mira alrededor, empezando a caer en la que se le viene.
-Y el flaco de Pier que ya lo espera con una llave cruz, decidido a que su banda sea la única, sabedor de su mediocridad o sea re asumido ya en el juego. Se la da en el mentón, no dura ni 5 segundos el chabon de la Mancha de Rolando, queda tirado en el piso mientras todos luchan por su banda y su vida. 20 años tocando y todo termina así. Charco de sangre- completó Daniel.
-El de la 25 que quiere tocar en vez de pelear y le cabe un espadazo en la jeta con el primer acorde. Juanse de los Paranoicos desde un palco vip, se cree a salvo, el Pity le corta el cuello y se lo tira a los leones. Por hijo de puta- dijo el Chileno.
-La gente enceguecida, agitando. Pide más- coronó Daniel.

Las risas podían durar mucho, según la capacidad que tuviésemos para construir las escenas, para ir agregándole cosas, manteniendo encendido el fuego. Todos los días conversaciones así, conciliábulos en los que nuestras miradas se cruzaban con entendimiento, en los que el mundo era continuamente destruido y reinventado. Cada uno de nosotros luchaba contra los titanes en su interior, intentando derribarlos. Éramos un ejército de 4.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El polimodal (13)


Melina no gustaba de todo lo que hacíamos, desaprobaba con un gesto algunas maniobras. Pero era evidente que para ella éramos un caso aparte, que estábamos en otro nivel. A veces estábamos en el medio de alguna discusión y ella quería decirnos algo, entonces yo mediaba para que tomase la palabra. Una vez los pibes nos reíamos de una escena de los Simpsons.

-Están hablando en la reunión de creativos de Tomy y Daly. Entonces la rubia de pelo corto le dice a Krusty lo de “asertivo” y “paradigmático”- dijo el Chileno.
-Ahí agarra uno de sombrerito y anteojitos y dice: “perdón, pero palabras como asertivo y paradigmático ¿No son las que usa la gente estúpida para parecer intelectual?”- dramatizó Daniel.
-El sombrero es verde, tiene una línea naranja. Tiene como unas rastas el chabón- completé.
-¡See! Y dice: “Estoy despedido ¿No?”- siguió el Chileno.
-“Sí, y con razón”- cerró Daniel.
-No dice así- dijo Melina dándose vuelta.
-Cómo dice- respondí.
-Dice “Sí, los demás nos vemos en la sala de almuerzos”. Es del capítulo que meten a Poochy. Lo de “si, y con razón” es de otro capítulo.
-Tomatelá- tiró Daniel-, a ver de qué capítulo es.
-No sé pero es de otro.
-Ves que no sabés una mierda.

Canal 11 repetía capítulos de temporadas viejas toda la semana. Un sábado a la tarde vi que Melina tenía razón, y les dije ocupándome de que ella me escuchara:

-Al final lo de “y con razón” es del capítulo del Niño Fisión.
-Ah, si, lo vi el otro día- dijo Daniel.

Melina se dio vuelta y me miró, pero no dijo nada, volvió a mirar hacia adelante.

Había cierta tensión en estas mediaciones porque yo no quería traicionar los códigos, pero no podía resistirme a Melina. Daniel se daba cuenta de mi situación. Su casa quedaba a 2 cuadras de la mía, cruzábamos la plaza para agarrar después cada uno por su lado. En esa esquina del reloj nos podíamos quedar media hora conversando antes de ir cada uno a su casa. A veces yo pasaba por su casa y después me iba a la mía, demorando el inicio de la segunda mitad del día, que por lo general incluía alguna escena tortuosa con mi madre.

-Te gusta Melina.
-Me puede.
-El Chileno ya sabe. Creo que él también le tiene ganas. Ojo.
-Nunca toca los útiles de ella.
-Viste. Es piola la minita, y linda. Pero no te vuelvas loco por una concha. Es peor.
-¿Ella sabrá?
-Las minas se hacen las pelotudas, siempre saben esas cosas, por más que te digan que no. Saben lo que generan y lo usan, todo el tiempo. No le des bola. Mientras menos te importe mejor.
-Como si pudiese elegir.
-No porque las minas te hacen eso, te van midiendo, te van probando. Cuando están seguras de que ya te tienen, te dejan tirado.
-Quieran al demonio para vestirlo de santo. No sé dónde lo leí.
-Se. Algo así.

El invierno pasó rápido. De alguna forma encontraba ocasiones para conversar con Melina, la mayoría de las veces cuando ella se quedaba en el salón y yo volvía del kiosco con algo para convidarle. La hacía reir hasta que le dolía la panza, aunque era más difícil si Alejandra estaba con ella. Tambíen volví muchas veces con algo en cada mano para encontrar el salón vacío, o con Daniel esperando para hacer la del duende.

En julio fué cumpleaños de Héctor, hizo una cena en su casa. Supe entonces que su madre no vivía, y que vivía con su padre y su hermana. Espiando la biblioteca de su familia encontré un volumen de poesía maldita, selección de obras de Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé. Se lo pedí, y me lo regaló. Leyéndolo sentí escalofríos, calor, estremecimentos, impulsos de voluptuosidad confusa, una energía cada vez mas grande y profunda. En dos semanas ya lo había releído tres veces.

En esos cuatro meses soltamos un gato de mi madre adentro del colegio, subimos al perro callejero al 2º piso tentándolo con comida, armamos un muñeco con partes de distintas cosas del colegio y lo escondimos en un compartimiento, juntamos más de 30 borradores que llevamos a la casa de Héctor y tiramos por la ventana una máquina de escribir destartalada. A la salida, cuando el salón quedaba vacío, revoleábamos sillas que al caer sobre las otras hacían gran estruendo, y ante el cual salíamos disparados por las escaleras, saltando los escalones de a 4 o 5 a la vez.

A la salida, las veces que hicimos la caminata por la avenida comercial, hasta llegar a la parada antes del puente, donde Héctor y el Chileno tomaban su colectivo, armamos escenas en los negocios, falsos avistamientos de ovnis, buscamos parecidos bizarros entre los transeúntes (mayor el mérito cuanto más rebuscados: jugadores de fútbol retirados, actores de segunda línea, etc), y llegó a pasar que predicáramos el nihilismo con el método de los evangelistas, parando a la gente para decirle que la vida no tenía sentido, que deje de hacer como si lo tuviese.

 A la noche, salimos  a pintar paredes del barrio con aerosol, poniendo frases y dibujos improvisados, robamos enanos de jardín, pusimos candados en rejas desconocidas tirando la llave al desagüe, corrimos tirando botellas de vidrio al aire, colgamos la basura de las casas en las rejas, pusimos macetas de una casa en la de al lado y una vez pusimos el juego de mesas y sillas de jardín de una casa en medio de la calle. Al hacer estas cosas nos reíamos hablando de qué pensaría la gente al empezar su día de esa manera. Imaginábamos preguntas como “¿A quién se le ocurriría algo así?”, o frases como “Este país se va la mierda”, o “No te la puedo creer y la puta madre que me re mil parió…”. Entre otras.

domingo, 23 de octubre de 2011

El polimodal (12)


 Entre las réplicas punzantes, la dramatización de escenas supuestamente típicas de barrio, los diálogos de los Simpsons aplicados a niveles estrafalarios de la vida, y los impulsos de histrionismo, algo se iba formando entre nosotros cuatro. No paso mucho tiempo para que hiciéramos camarilla, nos cubriéramos mutuamente en todo momento y nos entendiéramos con una mirada. Nuestras bromas se iban haciendo más crípticas, un encadenamiento de códigos que nos separaba del resto, provocando una reacción hacia fuera y otra hacia adentro, incluso cuando en ambos casos se tratara de carcajadas (porque nosotros sabíamos el verdadero significado).
En algún momento fue que empezamos a hacer cagadas. Al principio nada importante, frases inconexas en el pizarrón que los profesores borraban desorientados, ruidos ventrílocuos durante la clase, peleas simuladas. Y después, empezó de verdad, porque ya eran operaciones con un procedimiento estipulado de antemano.

“El duende”: si en un recreo veíamos que todos se iban del salón, volvíamos para intercambiar todos los útiles de las mesas, sin que faltara nada. Era anunciada casi siempre por Daniel con una risa de nene diabólico. Mientras que en la 1º vez hubo revuelo, con cada repetición todos en general terminaron aceptándolo, resignándose a mirar buscando sus útiles en las mesas de los otros.

“Veneno”: sacar un objeto de una mochila para ponerlo dentro de otra. Descubrimos que funcionaba mejor con mujeres, surgían más conflictos y sorpresas antes y después de la “confesión” y también era sorprendente atender a la conducta de la que demoraba el momento, con creciente angustia. Más de una vez el objeto nunca volvió a su dueña original. Era mi preferida, requería estar atento a las enemistades y tensiones entre ellas, se anunciaba con un alarido de mono.

“Vómito”: dejar escupidas en cada una de las sillas (las sufría el turno tarde). Esa le gustaba al Chileno, la pedía haciendo una arcada forzada varios minutos antes de salir para que juntemos saliva, sobre todo si alguno de nosotros tenía flema. Después de la 4º vez la directora vino a hablar al aula preguntando qué nos pasaba a los varones, sin saber si culpar a un grupo o al otro, incluso derramó unas lágrimas. Ese tipo de cosas nos fortalecía mucho.

“Sarcófago”: Una palabra rara era elegida mas o menos al azar, y después tenía que ser incluida durante la lección oral, fuese individual o en grupo. Ideada por Héctor. Como al principio fue demasiado fácil, se agregó la complicación de sortear 4 papeles cuyo contenido debía mantenerse en secreto. En uno decía “gatillo”, en otro decía “disparo” (en los otros nada). El gatillo era encargado de hacer un chasquido con la lengua durante la exposición. El disparo tenía que incluir la palabra acordada durante los siguientes 10 segundos. La primera vez que el procedimiento completo estuvo listo, hubo que incluir la palabra sarcófago en medio de una lección sobre los menonitas.

Las operaciones en potencia fueron innumerables, muchas quedaron en la nada por impracticables o por falta de consenso en su mérito. No contaban las improvisadas colaboraciones que pudiesen surgir con resultados insólitos, porque no tenían un objetivo previo, o como decía Héctor, a priori. Además, fueron pocas las que ameritaron repetirse como para recibir un nombre. Héctor era el menos entusiasmado por las operaciones riesgosas, pero hacía de campana si era necesario. Daniel y Marcos ya levantaban sospechas por su conducta del año anterior, por lo que tenían que cuidarse de que nadie pudiese probar nada. Mi historial limpio y  mi imagen de estudiante aplicado me daban el margen para absorber el impacto, al menos por un tiempo. Si había que robar algo de preceptoría, yo iba. Si había que distraer al profesor acercándome a su escritorio para tapar su vista de alguna situación, lo hacía.

Una de nuestras mejores guías para el éxito de una operación era el rechazo y la desorientación del otro grupo varón. Eran seis en total, y no tenían parecían tener idea de por qué hacíamos las cosas que hacíamos, ni de por qué nos reíamos tanto realmente. Las confrontaciones no faltaron, y estuvimos cerca de tener enfrentamientos a la salida porque ellos eran un grupo mas o menos unido, pero la verdad es que nunca pasó nada. De alguna manera nos tenían miedo, capaz entendían que estábamos un poco locos, o a lo mejor no sabían de qué eramos capaces y preferían no saberlo. Las amonestaciones por cosas como fumar en el baño o salir del colegio para ir al kiosco de enfrente a comprarlos tenía a la mayoría al borde de la expulsión, eso tampoco los ayudaba.

Muchas cosas que hacíamos estaban orientadas hacia nosotros mismos, como la pirámide de sillas que hacíamos sobre la de Héctor al entrar cada mañana, y que él desarmaba con la paciencia de un trabajo fabril, como la plasticola que a Marcos le gustaba derramar entera adentro de nuestras cartucheras, como las quemaduras en el pelo que Daniel nos hacía con el encendedor si nos agarraba desprevenidos. Como el apodo que me pusieron al estilo dadá y para el que tuve que inventar una historia: Palito. No sentíamos miedo, culpa ni rencor. En vez de eso, nos hundíamos en la fascinación del mal, de que alguien saliese perjudicado en beneficio de risas que hacían doler la panza, incluso si el perjudicado era uno. Cualquier rebeldía en ese sentido era imperdonable para cualquiera de nosotros, castigada de alguna forma que obligaba a aceptar el daño de entrada la vez siguiente.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El polimodal (11)


Daniel, un aparente pibe de familia bien, tenía una propensión al odio que enfocaba ciertos estereotipos, y que sostenía con argumentos y anécdotas. Para Daniel los gordos eran resentidos, las gordas no dejaban coger a sus amigas, las viejas eran conchudas, los pelirrojos eran mufa, los hinchas de independiente eran todos amargos, los tarjeteros eran pelotudos, los hipocondríacos eran simplemente mentirosos, y los chupamedias merecían morir. Su fuerza no estaba en la credibilidad de sus historias, sino en la forma en que las contaba, su habilidad para obligar al que oía a reírse, y al hacerlo, aceptar tácitamente que Daniel tenía algo de razón. El colectivero que seguía de largo y mirando fijo hacia delante siempre era gordo. Si en un partido la cámara enfocaba a un pelirrojo en la hinchada la siguiente jugada contra Racing terminaba en gol. Si una  historia con una chica se frustraba siempre había alguna gorda de por medio. La menstruación en realidad era un mito para atormentar a los hombres. Muchas veces lo escuchaba decir cosas que no tenían sostén alguno y que se imponían por la pura fuerza de su carisma. Esto él lo sabía muy bien, pero lo tomaba como un desafío: no tener razón era una desventaja inicial, nada más. Organizaba constantemente bromas en las que la víctima de un día era el cómplice del siguiente, aminorando el costo de las venganzas en su contra. Los varones fuera de nuestro grupo no lo soportaban, hablaban mal de él a todo el mundo pero les costaba hacerles frente sin quedar en ridículo. Algunas chicas lo veían como a un pibe que se hacía el loco, otras hacían saber sin problemas que “le daban”. Unas pocas lo tomaban en serio (como Fernanda) y lo odiaban. A éstas Daniel siempre sabía hacerlas quedar mal. Y Cada vez que él tornaba las cosas a su favor, con uno de nosotros, con gente del curso o con los profesores, me mostraba la manera en que funcionaba el mundo de verdad.

Con Daniel se sentaba Marcos, morocho y vestido al estilo hardcore. El Chileno era un morboso, gustaba de generar asco con sus comentarios. Sus temas preferidos: fijaciones sexuales enfermizas. La lista de cosas por las que el Chileno había dejado en claro sentirse atraído era muy amplia, y a la vez no podía descartarse ninguna, por lo que cualquier cosa podía tener connotación sexual, y todos tenían que andar con cuidado de lo que decían. Nada ni nadie se salvaba. Los varones del lado de la ventana no querían meterse con él, sabían que era capaz de besarlos en la boca sin aviso. Lo extraño era que el temor a darle algún pie actuaba en hombres y mujeres como una tendencia a quedar mal parados. Una vez Natalia, de pocas luces, dijo que su perra había tenido cachorritos, y cuando el Chileno se le apareció al lado preguntándole si le regalaba uno, se tapó la cara con horror, mientras unos pocos nos reíamos. Otra vez Pamela, la petisa tetona, dijo a la profesora de Inglés que había pasado con el colectivo por al lado del lugar de un accidente, con patrulleros y una ambulancia, y que había visto un cuerpo manchado con sangre, postrado al lado de una moto. El Chileno se paró con urgencia y los ojos bien abiertos, y preguntó donde había sido eso, y preguntó a la profesora si podía salir a hacer algo importante. Si pescaba a alguien mirándolo, le guiñaba el ojo o le sacaba la lengua lascivamente. En los recreos gustaba de tomar elementos de los demás y pasárselos por abajo de los calzoncillos, y en clase esperábamos con ansia el momento en que esa lapicera era llevada a la boca, mordida, chupada. Entonces era imposible no tentarse, no dar y recibir codazos en las costillas, ante la incomprensión del resto.

Héctor era más tranquilo, odiaba los deportes y parecía tener un desprecio por el mundo adolescente en general, como si él fuese un adulto, como si él hubiese estado obligado a serlo desde hace tiempo. Trabajaba en el kiosco de revistas de su padre, íbamos a hacerle compañía de vez en cuando a fuerza de ajedrez, mate y pedirle prestado alguna revista para hojear (nunca para llevar a casa). Su condición de presidente del Centro lo llevaba a ausentarse de clase con frecuencia para atender distintos asuntos, y los profesores no le decían nada porque sus notas siempre iban por encima de lo necesario. Se sorprendió cuando le dije que había leído el Leviatán de Hobbes, y se rió mucho cuando le dije otras cosas que había leído, como Jorge Bucay y Paulo Coelho. Le dije que no tenía mucho para elegir en mi casa, y me ayudó con la bibliotecaria para poder llevarme cosas fuera del colegio. También me pasaba algunos textos sobre política, la mayoría sobre marxismo y anarquismo, pero también sobre filosofía e historia. Le gustaba escucharme sacar conclusiones, por momentos parecía sacarlo de su aburrimiento. A medida que iba ganando su confianza, deslizaba su humor ácido en voz baja, entendía sus pensamientos con miradas o gestos leves de indicación, muchos eran para remarcar las maneras nefastas en que los profesores manejaban el poder que tenían, lo inútiles que eran las clases en sí. Héctor decía aprender más escuchándonos a nosotros que a los profesores, y eso no era necesariamente un elogio para sus amigos. Una vez discutimos porque yo dije que todos somos libres de elegir, siempre. Él decía que en ciertos momentos de la historia fue imposible elegir, como en la dictadura. Yo puse ejemplos como el de William Wallace en Corazón Valiente, y él dijo que películas como esa eran productos del sistema liberal-capitalista para alimentar la ilusión de la libertad ante la injusticia, perpetuando esta última. Yo dije que si me apuntaban con un arma, aún era capaz de elegir, y él dijo que eso era mentira, como si a mí me faltase todavía entender la gravedad de una situación así.

Al principio yo viví de hacer imitaciones improvisadas, pero eso no podía durar mucho tiempo. De Daniel aprendía a estar mas seguro de las cosas que decía, o en todo caso aparentarlo. De Marcos a usar en mi favor el rechazo que pudiese generar alguna actitud mía, transformando equívocos en risas. De Héctor a tratar de mirar siempre un poco mas allá de la escena, de entender el esquema en las situaciones y predecir el siguiente movimiento. Pero mi principal recurso se volvió esperar el momento exacto para rematar situaciones con una frase. Me constaba contar chistes, la presión de que lo último que vaya a decir tenga que ser gracioso me sobrepasaba, pero con mis remates lograba por un momento captar varias cosas a la vez y darles un sentido. Eran actos completamente originales, en el sentido de que no había guión que marcase esa línea a decir, que sin embargo venía de lo más profundo de mí, como un rayo que me obligaba a abrir la boca y recibir las risas, a veces generales, y a veces mas restringidas. Eran momentos dorados, en los que me sentía capaz de todo, en los que me parecía que el destino me tenía reservado para decir esas palabras en ese momento y lugar, para hacer reír. De repente todo tenía sentido para mí, como si el curso fuese una gran comedia y yo estuviese llamado a representar un papel.

Melina tenía el pelo negro, largo y lacio, tapando la mitad de su diminuto torso. Sus rasgos eran una mezcla de árabes con europeos, su ascendencia, como la mía, debía ser portuguesa por su apellido, Castelo. Escuchaba todas nuestras conversaciones, la veía de espaldas encorvar los hombros o tirar la cabeza para atrás al soltar una carcajada, incluso golpear la mesa con fuerza. Cada vez que hacía reír a Melina, me anotaba un punto.  Y cada vez que Melina reía, yo tenía que saber la causa, incorporarla para mis intervenciones. Cada día era un avance en mi conocimiento de lo que a ella le hacía gracia. Tanto los planteos de Daniel, como las salidas del Chileno o mis remates la tentaban, pero mientras que en ellos dos era un efecto entre otros, para mí se fue volviendo cada vez más en una meta precisa. Hubo veces en las que me conformaba con un murmullo solo quebrado por esa risa demoníaca, o con verla sonreir un poco y decirle algo a su compañera de banco, Alejandra. A veces fallaba y percibía su disgusto, y me aseguraba de no repetir el error. Sentía que iba encontrando sus puntos sensibles, calándola, adquiriendo cierta clase de poder sutil sobre ella, poco en comparación al que tenía su risa sobre mí. Nulo, irrisorio al que empezó a tener cuando empezó a voltearse hacia mí al reirse, mirándome. Sus ojos eran oscuros, mucho más que los míos. Me tenía.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El polimodal (10)

Las primeras semanas fueron difíciles. En casa nadie se levantaba a las 7 excepto yo (papá salía de casa a las 6), y apenas desayunaba algo mientras ponía la tele de fondo. Hacía el mismo camino que antes, encogiendo los hombros por el frío de la mañana, con mi cabeza todavía entumecida por el sueño.

Me sentaba solo, adelante, y durante el recreo me quedaba en el salón, dormitando con la cabeza sobre la carpeta. En clase no intervenía, y si los profesores preguntaban algo me contenía, esperando que alguien respondiese en mi lugar. Solo participaba si me lo pedían expresamente. Entonces sentía que todos me miraban, y yo quería desaparecer, no existir para nadie. A la salida me cruzaba con los de la tarde, así me enteré de que todos los varones repitieron menos César. La primera vez que crucé a Patricia, en la escalera de la entrada, se me quedó mirando como a un fantasma, me saludó y no supe que decirle, antes de que la marea de gente se pusiera entre nosotros.

Pasado el mediodía llegaba a casa, si no había cruzado a Fede en el camino lo veía entonces, terminando de cambiarse. Mamá podía no haberse levantado, la otra posibilidad era verla saliendo del baño en camisón, a lo sumo cocinando algo. Con la tarde libre, me dedicaba a leer cualquier cosa que encontrase en casa: en los estantes del living había algunas novelas, en el escritorio de Emiliano había fotocopias de la facultad sobre política y derecho, y en la cajonera de Hernán había una caja de lata llena de cartas de las chicas con que estaba o había estado.

Fue recién pasado un mes que hubo que hacer grupos para trabajos prácticos, y ahí conocí a los pibes. Daniel, un flaco de ojos claros, su voz ya me era familiar por escucharlo putear y hacer chistes a costa de cualquiera (fuese amigo suyo o no). Marcos, alias el Chileno, le gustaba hacer frases morbosas para quedar como un enfermo. Héctor, presidente del Centro de Estudiantes, nunca se exaltaba demasiado y siempre parecía saber más que todos sobre todo: política, música, cine. Juntarme con ellos se hizo costumbre, empecé a sentarme con Héctor. Al principio me aceptaron por mi capacidad de redacción para las respuestas, a mí me encantaba hacerlo porque en ocasiones se trataba de resumir los puntos en común a partir de discusiones acaloradas entre ellos, de a poco iba interviniendo también. A veces los enunciados finales no tenían mucho que ver con lo que la actividad pedía, pero no importaba, era divertido hacerlo así. Para conversar con ellos era necesario tener algo de imaginación, capacidad de réplica instantánea, conocimiento óptimo de los capítulos de los Simpsons, y no estar pendiente de quedar bien con las mujeres. Para ganar una discusión valía cualquier cosa, y tener razón no garantizaba nada.

Solo entonces empecé a mirar de verdad al curso, a sentirme parte de él. Del otro lado del salón se juntaba el grupo de varones mas preocupados por salir a bailar e impresionar a las mujeres, de responder a los profesores con ignorancia y gesto cómplice. Minas lindas había varias, eso lo supe desde el principio, pero ahora mirarlas me ayudaba a olvidar Patricia. Y tal vez no fuese solo eso, porque con cada día que pasaba, y en relación directa a los chistes que hacíamos los pibes, resonaba en mi cabeza la risa de la chica de pelo negro y lacio sentada contra la pared, cerca nuestro. Melina se llamaba.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Vacaciones (Polimodal-9)




 No aparecí para el acto de fin de año, menos todavía para la fiesta que hicieron después. La mitad del verano la pasé en el delta de Entre Ríos, en la casa de la familia de mi madre. Íbamos casi todos los años, siempre había que limpiar la costa de maleza y ventilar la casa. Pescar, limpiar el pescado, hacer leña, remar, machetear. Comiendo a la luz de un farol de querosén. Mirando correr el agua del río, hacia el este de día, bajando. Hacia el oeste de noche, en subida.

 Papá iba los fines de semana, la mayoría del tiempo estábamos solos con mamá. Si el día era soleado mis hermanos y yo nos metíamos al río, intentando piruetas por turnos. De noche hacíamos grandes montañas de ramas secas y las llamas subían varios metros. Nos quedábamos pescando hasta tarde, hablando boludeces , avivando las brasas. Volver a ese lugar era volver a ser chico. Podía estaba triste, apático la mayoría del tiempo, pero también me divertía escuchando las historias de terror que inventaba Hernán, o las anécdotas de peces enormes que contaba Emi. Por algunos días venía algun tío o tía con sus hijos (con quienes podíamos jugar a la escondida), o incluso la abuela, lo que era muy festejado por todos nosotros. En un lugar así, donde por momentos la única salida era escuchar la radio o leer revistas viejas, todo ser familiar era bienvenido, incluso aquellos a quienes nunca iba a visitar si de mí dependía.

 Generalmente a la hora en que todos dormían la siesta o tomaban sol, me ponía a escribir en un cuaderno anillado. Escribía sobre Patricia, sobre los sueños o pesadillas que tenía cada noche, sobre mi creciente ateísmo, sobre  la muerte, sobre el aburrimiento y la pena que por momentos me agarraba, aunque cada vez menos. Hacía algunos intentos de escribir en verso, bastante flojos. También hacía dibujos, bosquejos que en su mayoría no mostraba a nadie, a lo sumo a Fede.

 A veces un viento frío hacía silbar los sauces, y mamá decía “sudestada”. Podía significar simplemente que el agua suba un poco durante el día. Pero si se veía en el horizonte una columna de nubes oscuras avanzando, el viento iba tomando fuerza. Cuando oscurecían el cielo, el viento era capaz de revolear cualquier objeto liviano, incluso de tumbar personas adultas, por lo que había que entrar todo a las corridas y con cuidado de no caerse al río. Los relámpagos y truenos se sentían mucho más fuerte que en la ciudad, y cuando finalmente se largaba la lluvia, sabíamos que duraría hasta el otro día. Esas tormentas siempre habían tenido un halo apocalíptico para mí, las respetaba. Emi siempre decía que en la sudestada andaba el surubí, y se lamentaba de que mamá nunca lo dejara ir a encarnar chicotes y espineles en medio del vendaval. Esa vez quiso aprovechar la distracción de mamá que entraba las cosas con Elena, pero necesitaba alguien que lo acompañe en el bote. Me ofrecí. Mamá nos vió tarde, apenas escuchamos sus gritos desde el otro lado del río. El agua empezó a arreciar a mitad de camino, pero me sentía terriblemente bien. Ya no tenía miedo. Ni a la tormenta, ni al castigo de mamá, ni al fin del mundo. A nada.

 El viaje de vuelta fué de noche, la última semana de febrero. Adoraba viajar en la lancha de noche, sobre todo al cruzar el Paraná en medio de la marejada, antes de que saliera la luna. Cuando llegamos a casa, recuperé todos los lazos con la civilización y la tecnología, prendiendo la tele y subiéndole el volumen, viendo las noticias, prendiendo y apagando las luces frenéticamente, poniendo la cara contra el ventilador, sacando algo frío de la heladera para tomar. Solo entonces sentí la verdadera energía de un nuevo año.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El polimodal (8)


Terminaba septiembre cuando Carina me preguntó que me pasaba.

-Andás raro vos… es por Pato ¿no?
-Parece que acá se sabe todo ¿Ella te dijo?
-¿Querés saber?
-Si.
-No, no fue ella. Pero eso no importa nene, vos estás mal, te veo que estás mal. Esa cara, por favor, dónde quedó el Nico que yo conozco...
-Se quedó en esa esquina, para siempre.
-¡No seas exagerado! ¿Y cómo es eso de que te vas a cambiar de turno?
-Es posta.
-¿Y por qué? No la vas a conquistar así eh.
-No importa.
-¿Cómo que no importa? ¿Y nosotros no te importamos?
-…
-¿Ni un poco?
-Te voy a extrañar Cari.
-Me estás jodiendo.
-Ojalá.
-Forro. ¿Por qué no hablaste conmigo antes?
-Habría sido lo mismo. Si no gusta de mí.
-Ves que no entendés nada. Dale tiempo y vas a ver. Pero cambiándote de turno…
-No puedo esperar. Yo…
-¿No vas a terminar el año con nosotros por lo menos? ¿Ya tiene que ser?
-Pregunté y no hay vacantes, tengo que esperar al año que viene. Seguro repite gente y me hacen el hueco dijeron.
-La verdad… me dejás sin palabras. Pensé que era mentira.
-Perdón Cari. Te voy a extrañar, de verdad.

La miré a los ojos, amagando una sonrisa. Me alejé caminando hacia las escaleras, momentos antes de que sonara el timbre que marcó el final del recreo. La idea de cambiar de curso había sido lo único que me dio cierta sensación de control de la situación. Patricia no podía obligarme a mantenerme cerca de ella después de rechazarme. No pensé mucho en si estaba lastimando a mis amigos. No lo hice porque todos en ese curso, día a día, dejaban de existir para mí.

La semana después de hablar con Carina, Carlos me dio un papel doblado con mi nombre. La letra era de Patricia, sin duda. En esa carta me pedía que por favor no me cambie a la mañana. Decía estar triste porque yo ya no le hablaba, que ni siquiera la saludaba, que cómo podía ser que le hiciese algo así. Decía que no podía estar conmigo en ese momento, pero que más adelante era posible. Decía que lo que yo le había dicho era muy fuerte y que necesitaba tiempo. Decía algunas cosas lindas sobre mí, y me pedía perdón por no poder darme una respuesta segura. Leí esa carta tantas veces que me la aprendí de memoria. Al otro día le escribí. Mi carta decía que si no la había saludado ni le había hablado era para no hacerla sentir incómoda, que quería borrarme de su mapa para que pudiera estudiar tranquila, que no quería obligarla a verme. Le preguntaba qué le impedía estar conmigo, y por qué tenia que ser más adelante y no ahora. Decía que me había costado mucho decirle lo que sentía, y que a lo mejor me habría ido mejor si hubiese ido mas despacio, pero que lo que sentía por ella no me había pasado nunca, y que por momentos no sabía qué hacer. Le decía que era la chica mas linda que había conocido y que verla tan cerca era una tortura para mí. Ella nunca respondió.

Juan reconocía en esa carta el tesoro que era para mí. Juntos la habíamos desmenuzado, aislando ciertas frases, intentando analizarlas, sacando conclusiones. La llevaba siempre conmigo. Juan estaba conmigo el día que a la salida, un tipo que debía tener como mínimo 26 o 28 años, saludó a Patricia con un beso en la boca y se fue por Entre Ríos, caminando con ella de la mano. Juan vió cómo la miré hasta que doblaron en Tucumán camino al Bajo, y no dijo nada cuando saqué la carta del bolsillo de mi pantalón y la rompí, tirando los pedacitos en el tacho de la esquina. Juan supo por mi cara que si antes había dudado de cambiarme, a partir de ese momento supe que iba a hacerlo. Juan era el único que entendia que a veces lo mejor es caminar en silencio.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El polimodal (7)


Lunes al mediodía, en mi cama. No quería levantarme. Un fin de semana en el que pude zafar de ir al banquete familiar en lo de mi abuela, solo para quedarme en casa, mirando por la ventana de mi pieza cómo caía la linea del sol en el paredón, cómo se acercaba lo imposible. Tener que verla de nuevo, esquivarla ¿Cómo? Y solo para evitarle el problema de esquivarme. Ya no podría saludarla, eso seguro. Tampoco podía faltar, en algún momento tendría que ir y sería peor. Tenía que levantarme, tenía que ir. Prendieron la tele en el comedor, era mamá levantándose. Me convenía ocupar el baño antes de que ella pasara. Me levanté.

Llegué tarde, media falta. La clase de Matemáticas ya había empezado. Desde la puerta, en la esquina del fondo del salón, me pegué a la pared para llegar a mi lugar. Tardé media hora hasta subir un poco la vista y verla copiando. “¿No copias nada?” me dijo Carlos. “Ya vimos esto” le dije, glacial. Carlos iba en picada con varias materias, incluyendo matemáticas. Necesitaba de mí más que nunca y yo ya no podía ayudarle. No podía ayudar a nadie.
Hicimos grupo para Geografía, pero mi capacidad ese día era tan nula que César agarró el libro y se puso a buscar las respuestas él mismo. Me limité a aprobar las que propuso, y a copiarlas cuando dictó.

En el recreo quise quedarme en el salón, pero Carlos me insistió para ir al patio.
-¿Qué te pasa pelotudo? Contáme.
-Nada.
-Qué nada, estas con una cara de concha desde hoy. Qué pasó.
-Le dije.
-Qué dijiste. A quién.
-A Pato.
-Qué le dijiste.
-Que estoy enamorado de ella.
-¿No ves que sos un pelotudo? Ahora ya está.
-El qué.
-No viste que la semana pasada la vino a buscar la hermana, va a la 20.
-…
-Zafa. Y dice que te vió y que gusta de vos, pero ahora cagaste todo.
-Y qué tiene si no quiero a la hermana.
-Pero así empezabas a ir a la casa, le dabas celos, entendés, y al final te comías a Pato. Ahora ya fué. No me avisaste encima ¿Por qué no me avisaste?
-No sé.
-Bueno, y qué te dijo ella.
-Que me quiere como amigo.
-Hija de puta. ¡Vos también! ¿Cómo te vas a mandar así de una? Cuándo le dijiste.
-El viernes a la salida.
-Qué hiciste.
-Nada, se iba caminando sola, ya se habían ido todos. Fui y le dije. Le dí un bonobón.
-¡Un bonobón! Jajaja… ¿te lo devolvió?
-No, se lo quedó, se puso así como nerviosa, me dijo eso, me saludó y se fue.
-¿Y ahora que vas a hacer?
-Nada.
-No pensás hacer nada.
-Qué se yo. No iba a venir hoy, pero sino después era peor. Igual me voy a cambiar de turno, a la mañana.
-Dejáte de joder, por una mina…
-No puedo estar ahí con ella, no puedo… me viste hoy, no puedo estar así.
-Sí, así es Juan. Te andas juntando con él, mirá donde estás ahora.
-…
-Tranquilo Nico, no hablés con nadie y dejame hacer a mí.
-¿Qué vas a hacer? No quiero que hables nada eh.
-¿Qué te pensás, que Carina no sabe? Fija que ya sabe. Dejáme a mí.
-No, dejalo así…  No quiero molestar a Pato, al pedo.
-Bueno ¿Le dijiste a alguien más de esto?
-A nadie.
-Listo, no le cuentes a nadie entonces. Y si vas a hacer algo así de nuevo avisáme, no seas boludo.

A la salida Juan me acompañó a casa, se dio cuenta de que había pasado algo y me preguntó. Cuando le dije, esperaba que tuviese alguna expresión de regocijo, de “bienvenido al club”, pero lo vi muy serio, escuchando todos los detalles que yo necesitaba contar para graficar el momento. Se sorprendió cuando le dije que quería cambiarme al turno mañana. Le dije que no podía soportar verla todos los días, tan cerca mío, sabiendo que nunca iba a ser mi novia. Le dije que era demasiado para mí. “Soy débil, Juan” le dije. “No, Nico –dijo-. Ya entendiste que es mejor olvidarla. Yo soy débil”. No le respondí. Caminamos en silencio el resto del camino.

Con cada día se repitió lo mismo. Despertar era sentir que iba a tener que verla de nuevo. Caminar hacia el colegio era acercarme a ella. Llegaba tarde casi siempre, a veces la portera me dejaba pasar sin avisar a la secretaria y llegaba al aula antes de que pasaran lista. Me daba mucha vergüenza que Patricia pudiese sentirse incómoda por mi presencia, entonces intentaba pasar desapercibido. Hablaba mucho menos, casi no hacía chistes, y era difícil reírme. Si lo hacía, me paraba en la mitad, como un enfermo que olvida por un momento su dolencia, intentando levantarse, para sentir un dolor en el pecho y volver a reposar. Sentía la necesidad de estar solo, de cerrarle las puertas a todo el mundo. Si mis amigos se juntaban en el fin de semana, buscaba excusas para no ir.

Cuando caminaba solo hacia mi casa lloraba, y entonces me quedaba un rato en la esquina, hasta sentir que mis ojos no estaban hinchados. En casa también, cuando estaba solo y sentía que el aire no podía entrar, que nada tenía sentido, que cómo era posible sentir algo así por alguien y no ser correspondido. Cómo podía ser que todas las películas, toda la música se la pasaran hablando del amor, repitiendo siempre el mensaje de “hacé lo que sientas”, de “no esperes más, decíselo ¿Y si ella está esperando que lo hagas?”. Me sentía enfermo si ponían la radio, cada estribillo de los temas de moda me parecía peor que un vómito. Sentía tristeza, pero por momentos sentía odio. Cómo podía ser que nadie me hubiese avisado que el amor podía ser así. Me sentía víctima de una trampa, de un mundo  alimentándome día a día de esperanza para después no avisarme que había un paredón infinitamente alto. Y cuando intentaba negarle lugar a mis sentimientos por Patricia, la recordaba de perfil, escribiendo en la carpeta. No podía no amarla.

Me ocupaba mucho menos de las tareas que hacía para ayudar a mamá, y los domingos de limpieza general me volví intratable. A veces faltaba al colegio y me quedaba mirando la tele en el fondo de casa, mientras mamá miraba la del living o se ocupaba de la ropa en el lavadero. A veces discutíamos y yo terminaba barriendo el patio. A veces subía a la terraza y caminaba por el borde, haciendo equilibrio, o me quedaba sentado, con las piernas colgando, mirando pasar los coches. A veces agarraba la bici de Hernán y salía a dar vueltas, y algunas de esas veces me encontré casi sin darme cuenta cerca del Bajo de Pacheco, peligrosamente cerca de la casa de Patricia. Incluso una vez paré a una pareja mayor y le pregunté si conocía la casa de la familia Van Hess, pero no tenían idea. A veces ponía el disco de solos de piano de Emi, para escuchar Moonlight Sonata de Beethoveen, mientras hilaba los momentos felices antes de mi sincericidio con lo que vino después. Cuando terminaba lo volvía a poner. Una y otra vez.

El polimodal (6)

 Incluso cuando me levantaba pensando en que ese sería el día, siempre encontraba una excusa para posponerlo. Podía ser que la ropa que quería ponerme no estuviese limpia, que mi pelo se pusiese inmanejable o que durante la clase Patricia se mostrase inusualmente seria. Varias veces a la salida dejé ir a mis amigos, diciendo que necesitaba sacar libros en la biblioteca, para salir un minuto después y detenerme en la esquina, sintiendo que era el momento, y sin poder dar un paso más, mientras la veía alejarse. Otras lograba caminar hacia ella, pero de repente creía percibir una mala señal: una paloma que se posaba inesperadamente sobre una rama, un gato que no lograba saltar un paredón, o una ráfaga de viento que pegaba de costado, llevándome de vuelta por Jujuy. Si Juan venía conmigo ese día, me esperaba a mitad de cuadra, sin decir palabra.

No siempre, pero a veces podía saludarla con un beso de mejilla, más que nada cuando estaba en grupo. Entonces podía dárselo como a una chica entre varias, sin miedo a quedar en evidencia. A la salida podía pasar también, en la esquina que siempre nos dividía. Parecía mentira estar así de cerca de darle un beso de verdad,  y recogía un placer tan impune en ese instante, que por miedo a que se diera cuenta resignaba muchas ocasiones de hacerlo.

A veces me enojaba con ella, me mostraba molesto con todos en clase y salía solo, directo hacia mi casa, a despecho de cualquier posible iniciativa que ella pudiese tener. No podía evitar pensarla caminando detrás de mí, apurándose para tomarme del brazo y preguntarme qué me pasaba. Posibilidad que se hacía absurda cuando hacía una cuadra, llegando a la plaza. En vano me detenía un momento en la esquina, aprovechando el bebedero de la heladería.

Cesar gustaba de Débora, aplicada y cortante, por momentos agresiva, tenía un peinado que (especulábamos) la madre debía hacerle todas las mañanas. Sus chances no parecían mayores a las mías. Sole ignoraba completamente a Juan, una vez incluso se rió en voz alta cuando Natalia lo mencionó en una conversación. Carlos y Ezequiel la zafaban, siempre parecía irles bien y nunca se enganchaban con nadie. “Lo que pasa es que vos pensás demasiado” me decían. Pero estar en el colegio era muy distinto a ir a bailar.

En un boliche el alcohol anula la capacidad de pensar bien, entonces la cabeza agarra el primer salvavidas que encuentra, las decisiones son rápidas, actuar por impulso se vuelve lo mas lógico. La música está tan alta que reduce las conversaciones al mínimo, todo tiende a resolverse con miradas, alguna frase, un gesto, bailar un tema o dos. La oscuridad y la cantidad de gente hacen que uno pueda enfrentar muchos fracasos como si fueran el primero, incluso a pocos metros de distancia (algunos se dedican a tocar los culos de todas las que pasan en fila). Pero la oscuridad, también hace que las personas se vean mejores de lo que son.

La tarde del viernes 31 de agosto de 2001, en la esquina de Jujuy y Entre Ríos, no tenía oscuridad, ni música, ni un tumulto de gente donde esconderse en caso de una derrota. Salimos temprano, había faltado la profesora de inglés. Todos se habían ido, y Patricia se quedó hablando conmigo en la esquina. No había sol, mala señal, pero reíamos. En mi cuaderno de comunicados yo había puesto “Sres padres: la profe faltó por borracha que es, nos vamos a la mierda…” y la preceptora como nunca leía nada lo había firmado igual. Y entonces se lo dije. Todo.